Ella

Llegaron a decir que, con la independencia, los catalanes vivirían más años y mejor atendidos, sic.

Fernando Jáuregui
FERNANDO JÁUREGUI

Pocas veces he visto una clase política más incompetente que la instalada en el poder catalán hasta que fue relevada a golpe de artículo 155 por el Gobierno central.

Puigdemont, sin duda el peor de entre todos los malos presidentes de la Generalitat, colocó a Cataluña en una situación imposible, más allá de las locas tesis independentistas llenas de mentiras a la ciudadanía -por ejemplo, el apoyo europeo, que ya hemos visto cómo ha funcionado con la Agencia del Medicamento--.

Llegaron a decir que, con la independencia, los catalanes vivirían más años y mejor atendidos, sic. La cosa no podía seguir así meramente desde un punto de vista técnico: no se puede renegar del Estado y conar en él para que te solucione, vía FLA, los problemas económicos.

No se puede escupir al Tribunal Constitucional y, al tiempo, recurrir a él para que 'arregle' tus propios conictos 'con Madrit'.

Parecían insuperables la indolencia, la falta de realismo, la chapuza jurídica constante. Admito que me gustó poco ver a unos encarcelados y a otros, fugitivos: se deberían haber agotado, a mi juicio, las vías políticas, aunque reconozco que no siempre es fácil dialogar con quien se resiste a ello desde posiciones que tantas veces han bordeado lo cerril o el desplante despectivo con la ley.

El rumbo tomado por un Puigdemont que a última hora quiso negociar la convocatoria de las elecciones, pero que se asustó ante los fanáticos que le llamaban 'traidor' por ello, y por un Junqueras que quiso hacer buena la armación de que Esquerra ha sido siempre la principal culpable de los males de Cataluña desde hace un siglo, era, pues, imposible.

Y conste que no quiero, ni debo, silenciar los errores, silencios y tardanzas del Gobierno central, que no es, en absoluto, en todo caso, el principal culpable de la desgracia política en la que nos hallamos sumidos.

Increíble: se podía hacer peor, y tanto Puigdemont con su lamentable campaña antiespañola de adolescente en Bruselas, como Junqueras desde la prisión de Estremera lo han logrado: el golpe maestro que denitivamente ha convertido en farsa lo que podría haber sido una tragedia ha sido colocar 'a dedo' a la posible, urnas mediante, heredera de la presidencia de la Generalitat.

Ella. La secretaria general de ERC, Marta Rovira. Sobre ella circula por las redes un vídeo, en el que una periodista francesa le pregunta cómo harán frente a la situación económica de Cataluña tras la independencia. Prefiero ahorrarles la descripción de la respuesta, balbuceante, infantil, ignorante.

Al margen de su patente fanatismo excluyente de quienes no piensan como ella, dejando a un lado su escasa trayectoria política, esa señora no puede presidir una institución para mí tan respetable como la Generalitat, y creo que Junqueras lo sabe.

Que, al margen de toda transparencia o de cualquier elección interna en el partido, haya decidido 'catapultarla' a la cúpula, indica hasta qué punto el astuto Oriol trata de situarla como títere y evidencia hasta dónde hemos llegado. Ella es el fin. Si los electores catalanes no saben verlo, merecerán entonces su destino.

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