Entre arena y olvido

La leonesa Pilar de la Fuente viajó al campo de refugiados saharauis de Rabuni, Argelia para colaborar en un proyecto de cooperación internacional

Pilar de la Fuente atiende a un paciente en el campo de refugiados saharauis de Rabuni. /
Pilar de la Fuente atiende a un paciente en el campo de refugiados saharauis de Rabuni.
MARINA ESCUDERO León

Jeringuillas, gasas, tensiómetros, glocómetros, insulina... y cerrar la maleta. Así comenzó el viaje que la leonesa Pilar de la Fuente Laso emprendió hasta territorios argelinos para pasar diez días colaborando en un proyecto de cooperación internacional de la ONG Médicos del Mundo, sobre tratamiento y seguimiento de enfermedades crónicas. Los refugiados saharauis fueron sus pacientes y su misión tratar e impartir formación a enfermos de diabetes, de hipertensión o de cuestiones relacionadas con la patología tiroidea.

De la Fuente, que está terminando su tercer año de residencia en la especialidad de médico de familia en Gijón, formó parte de una de las comisiones de la organización que cada tres meses visitan el campo de refugiados de Rabuni, cerca de Tinduf, en Argelia en el que viven alrededor de 150.000 personas.

“Lo difícil fue escoger el momento para embarcarme” confiesa la leonesa. “Cuando vine a Asturias comencé a ser voluntaria en proyectos locales, aunque siempre me había llamado la atención la cooperación internacional. Pero creo que para hacerlo tienes que tener experiencia y formación médica, vas a tratar con personas que se merecen el mismo trato que en España y no todo vale por estar en un contexto de subdesarrollo. La cooperación no es ir de vacaciones”, destaca.

Tras los años de experiencia y después de informarse sobre el contexto para favorecer la adaptación, Pilar se lanzó a colaborar con un proyecto que sentía de una forma muy especial, ya que la joven de 27 años padece diabetes de tipo 1, una enfermedad crónica que, de no ser tratada puede dejar secuelas graves. “Verte en un contexto en el que empatizas tanto con alguien fue enriquecedor, pude darme cuenta de las diferencias que hay entre personas con diabetes como yo, por haber nacido en otro punto del mundo y eso, como persona y como médico, fue un golpe de realidad”, apunta.

Actuaciones médicas

Médicos del Mundo arrancó el programa de seguimiento y ajuste de tratamiento a enfermos crónicos en 1995. Desde entonces, periódicamente grupos de médicos, enfermeros y endocrinos se desplazan hasta la zona para organizar jornadas de formación y comprobar la evolución de los pacientes.

“Trabajamos en dos equipos repartidos en los centros de salud, Wilayas, de cinco poblaciones y algunos días íbamos a ayudar al hospital de la zona, donde solamente trabaja un médico”. Un médico para un número muy elevado de población supone una carga de trabajo “inasumible”, que provoca una atención “deficiente” a los pacientes a la que hay que sumar las condiciones “precarias” de atención y tratamiento.

Además, la leonesa explica que existe un importante problema de ‘fuga de cerebros’ entre los sanitarios locales, que no suelen regresar después de formarse en el extranjero. “Un médico saharaui no tiene un sueldo real, cobra a base de incentivos de 50 euros al mes, concentrado en dos pagas al año. Es lógico que prefieran ejercer su profesión en un lugar más beneficioso. Los que vuelven, lo hacen porque realmente sienten amor por su pueblo y no quieren abandonarlo a la desesperanza, se sienten responsables de garantizarles una sanidad”.

Sin embargo, el programa no consiste sólo en tratamiento sino que la formación tiene un papel protagonista. En esta línea, la ONG organiza jornadas para formar al personal local en cuestiones de la prevención y también para acercar la enfermedad a los pacientes. “A parte de no tener material, el mayor problema es la desinformación de qué es y por qué tienen esa enfermedad. Por eso, hicimos talleres de educación para la diabetes para subsanar el desconocimiento sobre una afección que van a tener para toda la vida y que puede dejar secuelas graves. La información supone entender una patología con la que viven constantemente y que tiene consecuencias en su calidad de vida”.

A raíz de este taller, comenzó el contacto entre los miembros del colectivo que empezaban a comprender y a compartir sus experiencias. La relación ha acabado por materializarse en la creación de una asociación de diabéticos, un ejemplo de cómo la labor humanitaria puede desembocar en una actividad estable y sostenible.

Pero a pesar del trabajo y de los buenos resultados, la sanitaria expresa el sentimiento de “rabia” ante la idea de que la situación de los saharauis no va a resolverse en un futuro próximo, ya que, a su juicio, se debe a un problema “político” de un pueblo que es víctima de la vulneración de los Derechos Humanos y de resoluciones de Naciones Unidas incumplidas. “Es muy frustrante ver que probablemente nunca disfrutarán de un sistema sanitario como el español. No es solamente la falta de medios, sino también la de educación para la salud, la falta de profesional cualificado... te hace sentir esa injusticia y desesperación por ver la dificultad de que se logre un desarrollo”.

Refugio permanente

A pesar de llamarse campo de refugiados, Rabuni es un territorio donde viven desde hace más de 40 años miles de saharauis que abandonaron su tierra endógena ante la entrada de Marruecos. El campo se divide en pueblos que llevan los mismos nombres que los municipios originales actualmente ocupados en tierras del Sáhara occidental. “Son asentamientos muy estables. Ya hay generaciones que han pasado toda su vida en estas condiciones, no conocen otra cosa. Aquí se han creado infraestructuras básicas para la vida, aunque las condiciones son complicadas”, precisa de la Fuente.

El entorno desértico y la dureza del clima, que en verano supera los 50 grados, dificultan la obtención de unas condiciones de vida dignas que se complican debido a la dependencia de la ayuda humanitaria internacional. “Son absolutamente dependientes, no tienen apenas recursos porque es muy difícil que el cultivo y la agricultura prosperen. Viven de una ayuda que se alarga en el tiempo, pero que sigue siendo necesaria”.

La seguridad entre la arena y las casas de adobe que se deshacen después de cada tormenta es una de las tónicas en las que insiste la cooperante. “Es cierto que vivíamos bajo las normas de un protocolo, pero en ningún momento sentí inseguridad ni vi manifestaciones de violencia, ni hacia los cooperantes ni entre la población”.

Olvido y unidad

El olvido es otro de los graves problemas a los que, según de La Fuente, se enfrentan los saharauis. La sanitaria insiste en que la crisis del Sáhara es un problema olvidado por los políticos y por los medios de comunicación, debido a que su continuidad en el tiempo ha provocado una cierta estabilidad en el conflicto.

“Llevan más de 40 años viviendo en una situación de desarraigo. El tiempo pasa y no se celebra el referéndum prometido, ni son capaces de volver a su tierra. Se sienten olvidados por todo el mundo y para ellos es fundamental sentir el apoyo y el contacto internacional, que les permita mantener la ilusión de que algún día volverán a sus asentamientos”, manifiesta la cooperante “¡Ni siquiera están reconocidos por la gran mayoría de los estados!”,exclama.

A pesar de todo, la esperanza por volver es lo que mantiene la unidad del pueblo. “Van pasando los años y, a pesar de que su situación está estancada, no tienen una motivación por mejorar sus condiciones de vida en territorios argelinos porque lo que esperan de verdad es volver a su hogar. Eso es lo mantiene unido al pueblo, la esperanza de la recuperación”.

En relación con el ámbito sanitario, el nomadismo y el desarraigo, provocan además numerosos problemas en torno al ‘duelo migratorio’, entendido como el conjunto de emociones, representaciones mentales y conductas vinculadas con la pérdida, la frustración o el dolor, que afectan cada vez a un número más elevado de población.

Vacaciones en paz

La crisis del Sáhara tiene desde hace años una vinculación y atención especial en España. Cada año, cientos de niños saharauis son acogidos para pasar el verano con familias españolas, a través de la iniciativa ‘Vacaciones en paz’. Más allá de la atención médica y las condiciones en las que viven los niños durante tres meses, el programa fomenta un aprendizaje del idioma que posibilita el acceso a mejores oportunidades para los pequeños.

“Puede parecer duro convivir tres meses con un niño o niña y que después tenga que volver, pero es tremendamente útil para ellos. Aprenden otro idioma y el viaje les abre los ojos. Crean lazos afectivos con familias españolas y esto es positivo, tanto para ellos como para nosotros”, expresa Pilar.

Sin embargo, con la crisis económica esta ayuda también se ha visto reducida. “Las aportaciones han disminuido constantemente, tanto la económica como el acogimiento. El pueblo saharaui se ve cada vez más condenado a un olvido generalizado e injusto difícil de desbloquear.”

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