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Everest da salida a su maquinaria y al stock de 11 millones de libros y cierra así una historia de 60 años

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Imagen de archivo de la editorial Everest a pleno rendimiento.

  • Los 19 trabajadores se afanan en dar salida al mobiliario y a los últimos libros que se almacenan tras la compra de casi 4 millones por un saldista catalán | Las rotativas fueron adquiridas por Edelvives y una imprenta italiana

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En 1961 con la publicación del diccionario de la lengua española Everest daba los primeros pasos de una historia estrechamente ligada a León. Una aventura en un pequeño taller que poco a poco se fue consolidando hasta convertirse en una de las empresas señeras de la provincia, convertida en un referente cultural en España.

Años de actividad frenética, donde las rotativas a pleno rendimiento y el ir y venir de libros marcaban el pulso diario de esta empresa que llegó a contar con más de 400 trabajadores en su plantilla, haciendo de los libros infantiles y juveniles uno de sus principales pilares. Medio siglo después, Everest es tan solo un recuerdo.

En la planta situada del polígono de Trobajo del Camino apenas quedan indicios de que allí se asentase una de las editoriales más importantes del país. Ni un resto de las rotativas, la totalidad de la maquinaría ya ha sido vendido en su mayoría a la planta de Edelvives en Zaragoza, a una imprenta en Bolognia (Italina) así como para África.

Y los libros tienen los días contados. Desde que el pasado 2 de julio de 2015 se iniciara el proceso de liquidación, ha sido constante el goteo de libros a los que se ha dado salida de los más de 11 millones de que conformaban el stock de Everest. Así, hasta llegar a los cerca de cuatro millones, adquiridos recientemente por un saldista catalán.

Lo mismo ocurre con el inmobiliario. Las lámparas, sillas o estanterías salen cada día de esta planta que poco a poco se está quedando completamente diáfana. Al fin de cuentas su venta se traducirá en dinero y en consecuencia en el cobro de parte de la deuda que la empresa mantenía con sus trabajadores.

Asimismo y en paralelo al desmantelamiento de la planta, los 19 trabajadores -14 de Everest Ediciones y Distribución y 5 de Editorial Everest- aún en plantilla se encuentran inmersos en el proceso de reclamación de todas aquellas facturas pendientes de pago con la previsión, según remarcó Carlos Gutiérrez Ortiz, representante sindical, de cobrar una cuantía que rondaría el medio millón de euros.

Una tarea complicada la de estos trabajadores que enmudecen al entrar en la planta de Everest a la que miran casi como un extraño, sin reconocer la gran editorial de la que un día formaron parte, conscientes además de que “tenemos los días contados. Seguramente en este primer trimestre nos manden a casa”.

El principio del fin de Everest

Fue en el 2013 cuando la crisis del papel llamaba a la puerta de otra empresa emblemática de la provincia de León. Tras aplicar un ERE de reducción de jornada para la totalidad de su plantilla, en septiembre anunciaba un expediente de extinción para el 25% de su actual plantilla.

Concretamente, la editorial planteaba el despido colectivo de 92 de sus 370 trabajadores ante el descenso del 27% de las ventas en lo que iba de año que se sumaban a las pérdidas acumuladas en los últimos años, que situaba a la empresa en una situación “delicada”.

Un ERE que inicialmente plantaron cara los trabajadores en la calle con tímidas protestas ante la factoría en la que planteaban como alternativa un plan de jubilación para los mayores de 58 años y optimizar recursos para ahorrar los tres millones de euros que reclama la empresa.

Un planteamiento que no quiso ni escuchar la dirección de la empresa que se negó en banda a estudiar la posibilidad de ampliar el ERTE a toda la plantilla. No obstante, a lo largo de las negociaciones la dirección planteó la reducción de los despidos en un 25% a cambio de una rebaja salarial del 10% para el conjunto de la plantilla.

Sin embargo, era el principio del fin de Everest. Un año después de que se hiciera efectivo el despido del 30% de la plantilla, a primeros del 2015 la dirección de la editorial ponía encima de la mesa el que sería el cuarto ERE en apenas dos años, un expediente de suspensión temporal hasta el 31 de marzo que afectaría a la mayoría de sus 320 trabajadores.

Una carrera a contrarreloj

A partir de ahí, la plantilla inició un frente común para intentar frenar lo que hoy ya es una realidad. A principios del mes de marzo, iniciaron una huelga de carácter indefinida que se conjugó con numerosos encuentros y reuniones en busca de una alternativa de futuro.

Un conflicto que llegó a llevo a la Junta de Castilla y León a comprometerse, siguiendo los mismos pasos que en su día hizo con Antibióticos, a trabajar a tres bandas con el comité de empresa y el administrador concursal para buscar una solución para la editorial leonesa.

Sin embargo, un mes más tarde, en marzo, Everest inició el desmantelamiento de su factoría en León con la disolución y liquidación de Evergráficas (taller de artes gráficas) y la extinción del “cien por cien” de los 80 puestos de trabajo. Un cierre que pronto se hizo extensible al conjunto de esta emblemática editorial que en cuestión de semanas escribirá el final de una historia de 56 años de historia.

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