Siria: Occidente pone límites

Siria: Occidente pone límites
ANTONIO PAPELL

Los Estados Unidos, secundados por Francia y el Reino Unido, han cumplido su promesa de castigar militarmente al régimen de Bashar el Asad, que había osado utilizar de nuevo armas químicas contra sus adversarios, un crimen de lesa humanidad que constituye una violación flagrante y gravísima de las reglas de la guerra, de la Convención de Ginebra y de los convenios internacionales sobre derechos humanos. La operación militar, muy potente y efectuada mediante misiles, ha tenido exquisito cuidado en no afectar a la población civil. De hecho, los aliados habían avisado a Moscú de las operaciones para que pudieran ser evacuadas las instalaciones militares atacadas, en las que presumiblemente se fabricaban o almacenaban armas prohibidas.

La pertinacia el régimen sirio en el recurso a las armas químicas es inaceptable. Como se recordará, tras el comienzo de la guerra civil siria en 2011, Al Asad usó gas sarín en 2013 en Guta Oriental con un saldo de centenares de víctimas. Washington forzó en toces a Al Asad a destruir sus arsenales químicos, pero las matanzas continuaron: en 2014, en Kafr Zita; en 2015 en Sarmín; en 2016 en Alepo; en 2017, en Jan Sheijún… Hasta cincuenta incidentes macabros de esta naturaleza se han producido desde el estallido de la guerra. El pasado año, otro bombardeo norteamericano se limitó a destruir la base de Sheyrat, como respuesta a otro ataque con armas químicas. Esta pasada noche, el ataque ha sido mucho más contundente, y se han destruido al menos tres centros neurálgicos del arsenal químico además de varios cuarteles de fuerzas de elite y de la Guardia Republicana siria. En su comparecencia televisada, Trump ha anunciado que esta ofensiva será «sostenida», por lo que podrían producirse nuevos ataques.

Este hecho bélico ha tenido lugar en medio de una tensión creciente entre Rusia y Occidente, que recuerda cada vez más el clima de la guerra fría. La actuación de Moscú en Ucrania y la anexión unilateral de Crimea fueron el pistoletazo de salida de una confrontación que se ha agravado por las injerencias rusas en el sistema mediático occidental -a través de las redes sociales y de diversos medios en las elecciones americanas y en el referéndum del 'Brexit'- y que han tenido un punto álgido en el intento de asesinato de un exespía ruso, Sergei Skripal, y de su hija con agente nervioso en Londres. El Reino Unido ha encontrado como es lógico la cálida solidaridad de Occidente, de Unión Europea y de la OTAN.

La posición de Moscú es tan absurda como rígida: el embajador ruso en Washingt6on, Anatoli Antónov, ha sostenido la risible tesis de que el uso de armas químicas del sábado pasado contra la ciudad siria de Duma, en el bastión opositor de Guta Oriental, fue un montaje dirigido por el Reino Unido para culpar al Kremlin y al régimen de Damasco. Semejantes delirios conspiratorios pueden ser utilizados por el Kremlin para consumo interno, pero en Occidente suscitan simplemente una sonrisa de conmiseración. Y sin duda reafirman a la comunidad occidental en la tesis de que no se le puede permitir al ambicioso Putin medrar a costa de vulnerar la legalidad internacional ni de interferir en los asuntos internos de otros países.

La partida de la que forma parte este bombardeo se juega en el tablero sirio, en el que han sido vencidos y expulsados los radicales del Estado Islámico pero no se ha resuelto ni de lejos el fondo de conflicto, que no es otro que la existencia de una oposición potente que desea el derrocamiento del sátrapa Bashar el Asad, cabeza de un régimen apoyado por Irán y Rusia. La lucha permanente de la vecina Turquía, miembro de la OTAN, contra el independentismo de los kurdos, que han sido asimismo un bastión frente al islamismo radical, termina de conformar un rompecabezas que será muy difícil llevar al terreno del acuerdo y de la paz, sobre todo mientras Bashar el Asad siga siendo el hombre fuerte de rusos e iraníes. La afirmación de Putin de que esta agresión ayuda a los terroristas tampoco tiene consistencia alguna.

El riesgo de una extensión incontrolada del conflicto existe, y quizá por ello los Estados Unidos han realizado una operación militar con tiralíneas, que ha afectado tan sólo a los objetivos perseguidos. El bombardeo de los objetivos militares sirios ha sido un aviso a navegantes que expresa la determinación de Occidente ante cualquier transgresión de determinados límites. La señal es inequívoca, si bien lo que no es ni mucho menos seguro es que sirva de barrera de contención a nuevos excesos.

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