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No habrá nuevo referéndum de confirmación -o rechazo, como sucedió el dos de octubre por menos de medio punto- del referéndum con que los colombianos debían ratificar el acuerdo alcanzado por el gobierno y las FARC ("Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia"), de modo que la firma hoy del nuevo texto carecerá del brillo histórico universalmente atribuido al primero. Hoy lo signarán en Bogotá el presidente Santos y el jefe guerrillero, Rodrigo Londoño ('Timochenko').

Podrá ser refrendado, eventualmente, por el parlamento, donde se presume (o se presumía) la acción favorable al acuerdo de una mayoría multipartidaria, pero el arreglo no precisa formalmente de ningún aval plebiscitario. El tiempo probará si, como dicen las FARC, sus militantes han renunciado a las armas y el gobierno se acomodará a esta nueva y extraordinaria situación de hecho. Pero es muy inquietante la endeblez de este escenario, que sigue dejando sin resolver el problema central de cómo cancelar el periodo de la Violencia, así con mayúsculas como lo escriben los historiadores locales.

La cuestión no depende de las FARC -si se puede dar por segura su determinación, reiterada ayer solemnemente, de que han dejado las armas para siempre- ni del gobierno, que controla a los militares, sino de un grupo de ultra-derecha nacionalista y terrorista, las "Autodefensas Unidas de Colombia", que ya han hecho saber su oposición al arreglo matando en la última semana a dos soldados y tres insurgentes. No hace falta decir que durante años han sido obvias las conexiones de las ACU con la contrainsurgencia oficiosa financiada por viejos intereses ganaderos vinculados con la vieja oligarquía.

El inusual marco político-social creado con la entrada en vigor de un acuerdo que jurídicamente no exigía un referéndum de convalidación pero lo aconsejaba en términos sociales carece de precedentes y es un misterio cómo resistirá asumiendo que se da por seguro el auto-control de las FARC, pero no del sedicente "Ejército de Liberación Nacional". El ELN no está concernido por el acuerdo y es mucho menos relevante que las FARC, pero tiene estructura suficiente para perturbar el escenario, y hay que contar también con la guerrilla de ultraderecha mencionada. Si se produce un naufragio general y se vuelve al viejo statu-quo, el proceso pacificador habrá fracasado y la situación será tal vez un vertiginoso camino hacia un abismo nacional.

Hay, sin embargo, una posibilidad intermedia: que la observancia del acuerdo por las FARC sea tan riguroso y didáctico que su conversión en el partido que se proponen constituir, reordene del todo el escenario político-electoral del país, hoy un erial subsiguiente a la liquidación física en su día de la antigua izquierda parlamentaria y ex-guerrillera, un crimen aún merecedor de una reconsideración reparadora que, de hecho, parece estar en el acuerdo ahora en peligro. La responsabilidad en tal diseño del expresidente Uribe, activo, inteligente y exitoso adversario del acuerdo, es enorme. Y él, que está volviendo con fuerza al escenario con su exitoso partido "Centro Democrático", lo sabe. Como sabe que, pese al traspiés del dos de octubre, el acuerdo no es impopular...