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En un mundo plagado de malas noticias, donde los populismos crecen como la espuma, Colombia iba a ser la excepción, el país ejemplar que rompería una racha de acontecimientos desconcertantes y mostraría que al menos en esa esquina de América Latina, después de cinco décadas de guerra, los votantes iban a tomar una decisión política de enorme trascendencia con cabeza fría. Pero los resultados del plebiscito por la paz del domingo han desmentido esa ilusión. No solamente porque un ‘sí’ que llegó a las urnas con el respaldado de Estados Unidos, la ONU y la prensa más influyente del mundo hubiera perdido, sino porque el 62,59% de colombianos con derecho al voto se quedó en casa, intimidados por las lluvias que soliviantó el huracán Matthew, o porque no se sintieron concernidos con la cita electoral más importante de sus vidas.

Fueron escasamente 60.000 votos los que le dieron el triunfo al ‘no’, un margen estrechísimo del que se pueden extraer, al menos, dos conclusiones. La primera, que los plebiscitos son el equivalente a una tanda de penaltis en la que decisiones de suma importancia, por lo general irreversibles, quedan a expensas de la exaltación de las redes sociales y del alarmismo populista de último minuto. La segunda, que Colombia ha quedado fuertemente dividida, y que ahora, con suma urgencia, lo fundamental es cerrar la fractura que se ha hecho evidente entre los votantes del ‘sí’ y los del ‘no’.

Importa para ello diferenciar los muchos ‘noes’ que se manifestaron en la jornada electoral. Hay un ‘no’ que viene de zonas muy afectadas por el secuestro, la extorción y el enfrentamiento entre paramilitares y guerrilla, como el norte de Santander, en la frontera con Venezuela, donde el rechazo a los acuerdos de La Habana fue mayoritario. También hay un ‘no’ ético, de personas que, ante la dura ecuación que ponía sobre la mesa el referéndum -elegir entre paz o justicia-, han preferido negar la posibilidad de representación política a los culpables de crímenes de lesa humanidad. Y hay también un ‘no’ emotivo, resultado de campañas populistas -como las vallas publicitarias que equiparaban el apoyo a los acuerdos de paz con el deseo de ver a Timochenko de presidente, o el mantra omnipresente según el cual se le estaba entregando el país a las FARC- que movilizaron las bajas pasiones de los votantes.

Los dos primeros ‘noes’ son comprensibles y legítimos; el tercero es fruto del engaño. Los tres, inevitablemente, conducen al mismo lugar: Álvaro Uribe Vélez, el rostro visible de quien ha sabido capitalizar el miedo y el descontento y triunfar en el plebiscito. Ése es el mensaje más rotundo que dejan las votaciones. La paz no va a poder firmarse sin la participación de Uribe y de la corriente de opinión que sigue fielmente sus dictados. Y aquí un paréntesis: si en España hay frustración por la poca valoración de sus líderes políticos, siempre caricaturizables, siempre mediocres y falibles ante la opinión pública, bien les vale ver los riesgos que trae la identificación mesiánica de un líder con su seguidores.

Ahora bien: el resultado es el que es y, como el ‘Brexit’, hay que asumirlo sin perder la calma ni sumirse en la desesperación de las primeras horas. Un buen indicio de que no todo está perdido es que tanto el Gobierno como las FARC y el Centro Democrático, el partido de Uribe, han hablado desde la sensatez en sus primeras declaraciones, defendiendo el anhelo de la paz. El presidente Santos no se da por vencido e insiste en que el resto de su mandato lo dedicará a ratificar los acuerdos; las FARC han dado a entender que su compromiso sigue vigente; y Uribe ha dicho en que, aunque con premisas distintas, las negociaciones deben continuar.

Ojalá sea posible, aunque lo cierto es que Colombia ha quedado en medio de la incertidumbre. A falta de un plan B, nadie sabe muy bien qué hacer. ¿Volver a La Habana? ¿Renegociar qué punto del acuerdo? ¿Incluir a Uribe en la mesa? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Manteniendo el cese al fuego bilateral? Antes de promover cualquier salida, lo más importante es desligar del proceso de paz la pugna por el poder político entre Santos y Uribe -porque detrás de todos los discursos hay mucho de eso-, y exigirles altura de miras para que el intento más serio jamás realizado para ponerle punto final al último conflicto latinoamericano heredado de la Guerra Fría no naufrague.

El error de haber sometido estos diálogos a la refrendación en un plebiscito ha servido, sin embargo, para retratar al país. Las FARC son sólo 7.000 combatientes, rechazados por el 90% de la población y combatidos tanto por uribistas como santistas. Lo que tanta crispación está mostrando es otra cosa: el problema no son sólo las FARC. El problema está en el fanatismo, la falta de pluralidad y el odio ciego hacia quien piensa distinto. Es el reto que tienen por delante Santos, Uribe y Timochenko, estar por encima de las mezquindades y rencores para conseguir, de una vez por todas, lo que con empeño se ha estado esperando desde hace cincuenta años.