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Después de que nos hayamos acostumbrado a ver desde nuestro estado del bienestar, tan precario él, cómo el futuro, o el mal presente, de millones de seres humanos, ciudadanos de cientos de países, son marcados por entes tales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y/o su Corporación Financiera Inernacional cuyas políticas nos condicionan a todos e ignoro a quién representan, en virtud de qué intereses se establecen y a cuales sirven; nos toca ahora lidiar una crisis -al parecer generada por nosotros mismos en nuestros ratos muertos o de ocio pasivo- que según parece resolverá un ser aún más elevado, y ya tan él mismo, que prescinde de loables, o más bien camuflantes, adjetivos -libertad, quien te vio y quien te ve- para enseñorearse, eso sí, por él mismo, el mercado, puto y duro como en esencia es.
Del mercado -dudo si escribirlo con mayúscula, como tal deidad se merecería- podría decirse aquello que se dice de dios, que él es el que es. Pero preguntarse a estas alturas quién o qué es el mercado que nos putea, con perdón, pero sin permiso, día sí y día también sería cosa de locos. Bástenos con seguir como hasta hoy, hablando de él, tal que de un nuevo dios, como si unos y otros supiésemos lo suficiente de él, no ya para humanizarlo, sino para afirmarlo o negarlo con toda rotundidad.
Ante tal estado de cosas, vemos como nuestras democracias, nuestros gobiernos, aquellos a quienes hemos confiado la gobernación de nuestros asuntos públicos e intereses políticos, cual aplicados párvulos, copian dictados y recitan las fórmulas que por el todopoderoso le son reveladas, incluidos los consabidos bis bis al estribillo, sin cuestionamiento alguno, sin la mínima autocrítica, al margen y sin pudor alguno por más que contradigan y perjudiquen los intereses de aquellos por quienes han sido elegidos y a quienes, supuesta o ilusoriamente, se deben.
Elegidos por nosotros, pobres parias ignorantes, pasan a ser, mediante la revelación, sumos sacerdotes de quien les revela la verdad del mundo y de la vida, el nuevo dios, el mercado. Y si te opones o no les rindes los amenes, tal es el caso, confiesas tu desconcierto y desorientación, entonces es que te automarginas, que no entiendes nada y que te estás haciendo un resentido social.

Por si fuera poco esta pérdida de confianza en nuestros representantes, sumos sacerdotes de varia competencia y mando en diversa plaza, va y se destapa el lío de sus quehaceres y los de sus más altos funcionarios de libre designación: embajadores y diplomáticos de varia graduación. Porque ahora se sabe de los usos y costumbres del gran referente del occidente mundial, de los que dibujan los nuevos, viejos escenarios, de los que generan las sinergias que tarde o temprano todo el mundo imita, pero a saber qué hacen las aristocracias públicas de la plantilla europea, o la nacional. Me da que más o menos lo mismo, con mayor grado de acierto o de chapuza. No mantengo duda, ni razonable, al respecto.
No obstante todo ello, lo que más me sorprende es el escándalo que se monta contra la filtración de las informaciones (secretas ya desclasificadas, a saber lo que aún es top secret). Ni uno sólo de los retratados por su comportamiento o por su connivencia entona una disculpa. Para qué, a lo sumo, se rasgan las vestiduras. Habla la administración norteamericana de ataque a la comunidad internacional, algunos congresistas pretenden convertir a Wikileaks en organización territorista, como una Hamás, Hezbolá o Al Qaeda cualquiera, y, aquí, en el solar patrio, gobierno y oposición, salvo honrosa excepción, ponen cara, sin vergüenzas, de paisaje, de aquí no pasa nada con las presiones y las connivencias, y, para colmo, les hace la ola doña Leire afirmando rauda que se tomarán las medidas necesarias para que no se produzcan más filtraciones de Wikileaks, para añadir a continuación -no se tiene noticia de rubor alguno- que la diplomacia internacional debe estar al servicio de las personas y no te otro tipo de intereses.
A resultas de lo cual, yo me pregunto, ¿como ciudadano de este universo mundo, después de tal afirmación -que me viene a parecer cínica y descarada- qué soy yo, persona u otro tipo de interés? Porque si soy otro tipo de interés, me lo certifique, por favor, que me lo bajo por lo liberal.
Ver para creer. Quizá sea el frío, pero mi corazón y mi mente como que se reviran hacia babor, lejos de estas nuevas castas conversas a su propio bienestar cuyo cinismo es cada día más difícil de soportar. ¿Cuando comprenderán que hasta para ser cínico hace falta un mínimo de inteligencia, que si no, nos la insultan a todos los paganini, los ciudadanos que, según ellos, mejor permanecemos en la ignorancia de los usos y abusos de la nueva aristocracia política y diplomática a la que se han subido, con mi personal voto para mayor inri?
No desespero, siempre habrá un mayo por venir con su flores y...
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