Opinión
OPINIÓN POR LUIS ARTIGUE
 Villalobar entonces
Villalobar, mi primer mundo, entonces era un pueblo con tamaño de novela de Antonio Pereira cuyos atardeceres poseían tonalidades que recordaban al trigo...
03/04/2013
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LA NOTICIA ILUMINADA DEL DIA
...Un rincón terroso, agreste, con labradores jóvenes, alguaciles que salen en los poemas de Machado, guardias civiles sin dinero pero con pretensiones, gentes de orgullo plegado a lo municipal y, parece que lo estoy viendo, un albañil alto, delgado, grave y de mirada descreída: un obrero  sin orgullo de clase hecho todo él de pausas y tabaco, de fiestas de guardar bien desobedecidas y una ley personal que ponderaba la familia, el trabajo, los amigos y los sueños modestos...

El republicanismo del abuelo Juaco Artigue consistía en no ir a misa y por eso lo fueron a buscar los falangistas y lo cosieron a tiros como a un Lorca sin versos.

A mí me contaban una y otra vez su historia no para que odiara pero sí para que recordara y para que supiera pues, como solía decir la abuela Margarita,“mientras más sepas, menos te mandarán”.

He imaginado tantas veces aquel pueblo guerracivilero, surrealista y sin tiempo que era el refugio bronco y cálido de rojos y de azules vagando juntos por los días de frío y niebla, todos ellos igualmente acorralados por la vida, todos en el fondo creyendo lo mismo porque en Villalobar entonces y ahora toda innovación y toda clarividencia, esclarecedora o no, era indeseada.

Oh, sí, Villalobar era un lugar donde se enlagunaba el tiempo y por eso los vecinos se sentaban en la plaza o a la puerta de sus casas para ver lo que había cuando cerraba el estanco de Félix, y las tiendas de Dorina y Flori, y la carnicería de Pin, y hasta los bares: no había nada. Cuando se cerraba todo no había nada salvo las bodegas.

La Guerra Civil, excesiva como toda guerra, en los pueblos no era nada más que eso: pura reyerta de borrachos poco duchos en el arte de exprimir la vida.

Yo, como crecí en un bar de pueblo donde lo que se contaba era más importante que lo que sucedía, he escuchado mil historias sobre la Guerra Civil contadas en primera persona, y he aprendido de ellas cual es mi camino y cuales mis cimientos. Pero he de decir con franqueza que no son historias que invitan a odiar, sino historias que curan. 

Pienso en esto porque en estos días se va a presentar en el Hostal de San Marcos un libro sobre la represión durante la Guerra Civil en León promovido por AERLE, y en esas páginas terribles y necesarias sale, está, el abuelo Juaco.

Oh, más allá de dogmatismos y lateralizaciones, un libro, una historia familiar sobre la Guerra Civil contada en primera persona –una que te toca cerca y hondo- quiere ser precisamente el aviso de que, a pesar del chabolismo moral y la indignidad del mundo que te circunda, tú debes, como un lisiado bíblico, levantarte y andar. Tal vez haya quien prefiera quedarse en su enfermedad, en su odio, en su nosotros y ellos o su vencedores y vencidos pues las simplificaciones son fáciles y parecen por eso mentalmente más confortables, sí, pero ésa es la posición de quien no ha entendido el libro; el símbolo; es la posición de quien no ha entendido su Historia y la merece. 

Hace unos años, en Jabares de los Oteros, se colocó una escultura de Pombo con dos cilindros enhiestos como bandos enfrentados y una placa necesaria con el nombre de los muertos sin culpa: en la emocionante placa, junto al marido de Fanía y el de doña Sión, el señor Daniel, Baltasar, Baltasarín, Severino y algunos otros, figura también el nombre del abuelo Juaco Artigue para que ahora no sólo yo le recuerde; recordemos... 

Recientemente he visitado de forma íntima y trascendente ese lugar y me ha dado por pensar que, en este mundo frívolo en el que todos queremos morir como pasajeros del Titanic –esto es, morir cuando mejor lo estamos pasando-, bien está también acordarse de los dignos fusilados que murieron de pie igual que mueren los veleros.

La abuela guardó los zapatos del abuelo Juaco muerto en una urna y, así, se convirtieron para nosotros en un símbolo.

Abuelo Juaco: aún camino.

Luis Artigue

www.luisartigue.es

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