|
|

En ese intermedio dubitativo, mis hermanos me colocaron un peto y una chaqueta de plexiglás y supe lo que era estar muchas horas con las manos mojadas, dándole a la manguera, la esponja, las bayetas y la gamuza para que los coches y los camiones salieran pulcros de aquel viejo garaje en la calle Tejedores de La Bañeza. Al menos, hasta que pisaran otra vez el barro endémico que, por aquel entonces, enfangaba la mencionada calle bañezana y sus cunetas.
Teníamos por aquel entonces un asiduo cliente semanal de gran solera, como era el marqués de Estébanez de las Delicias, Don Eduardo Autrán, popularmente conocido en la comarca como marqués de Hinojo (una extensa dehesa entre el río Órbigo y la Cerrajera, con lindes en los municipios de Villazala, Soto de la Vega, Regueras de Arriba y Valdefuentes del Páramo. Un hombre campechano y encantador que cada sábado acercaba su coche al servicio de lavado y engrase. Al bajar, preguntaba por uno de mis hermanos o por mí y su frase era siempre la misma: "Oye, Polito, lávame el coche como vosotros sabéis, que te voy a dar una propina que te van a temblar las piernas". Y a fe que era cierto. Ya que a los cinco duros que valía el servicio, añadía otros cinco para cada uno de los tres hermanos. Y si se terciaba, para otros familiares que se acercaban a la cola de la propina.
Me vino esta anécdota a la memoria para describir las dádivas del ahora marqués de Zapatero, Don José Luís que, a pesar de la crisis por la que está pasando su extensa dehesa (algo mayor que la de Don Eduardo) y la recesión que nos espera (Paco con la rebaja), forma de vez en cuando colas propineras que pretenden hacer temblar las piernas de los receptores. Una especie de templar gaitas con el palo de la escoba.
Sin ton ni son, saca de cuando en vez propinas del calibre de los 2.400 euros a los nuevos españolitos, los 400 del ala para los contribuyentes que hacen declaración de la renta (no a las menores rentas, que son los que las necesitaban), el par de bombillas de bajo consumo a todas las viviendas de España… O las propinas de mayor densidad que en los viajes a realizar por el propio marques zapateril o sus ministros, entregan millones de euros para obras de caridad (perdón, de solidaridad). Sin contar la pasta gansa destinada para bancos y cajas de ahorro que, al final no encuentran la tubería adecuada para repartirla, en forma de préstamos, entre las pequeñas empresas y las familias.
Amén de las propinas que, en forma de promesas, sigue esparciendo con su horca propinera entre parados (de corta duración, cuando se acaba el período oficial, a cascarla por los pueblos que dan pan y uvas), jubilados o ayuntamientos en obras de reactivación del empleo (previa colocación del cartel anunciador del donante de la propina, o séase, el señor marqués de Zapatero), dádivas y aumentos pensioniles. Me cagüen la puta, marqués de ZP. Que me ha llegado ya la subida de lo que voy a cobrar en mi jubilación en este año que comienza y aquella milonga que anunció a bombo y platillo del seis por ciento se quedó en un doscomacuatro y, gracias. Que con retenciones, macanas y demás zarandajas, el líquido cobrable es menor que el del pasado año. Como para reactivar el consumo. Siempre igual, oiga. Se le calienta la boca en los mítines y después, si te he visto ni me acuerdo.
Y es que las propinas del marqués de Zapatero, Don José Luís, no tienen nada que ver con las del marqués de Hinojo, en los años 50 y 60 del pasado siglo. Don Eduardo Autrán se desvivía por dejar contento al personal. Y si prometía una propina de temblar las piernas, no paraba hasta verlas temblar con sus propios ojos. Otras veces llegaba detrás de su hermano y preguntaba: "Oye, Polito, ¿cuánta propina te ha dado mi hermano?". Tras conocer la cuantía, aseguraba que él iba a superar con creces aquella cantidad. Y vaya que la superaba.
Y no tiraba con pólvora del Rey, como el marqués de Zapatero, que está dejando las arcas del dinero público temblando como una vara verde. Era con su propio patrimonio que, por cierto, a última hora corrió un serio deterioro. Pero gracias, señor marqués, por aquellas suculentas propinas en el lavacoches de mi padre. Don Eduardo no habría valido para político de esta época, en la que el engaño oficial es moneda de curso legal. ¡Joder, que tropa!
