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REPORTAJE 
Un hombre de palabra
El almeriense Antonio Asensio camina descalzo hasta Compostela para agradecer la 'curación' de su madre a la que diagnosticaron por error un cáncer de huesos
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J. G. Trevín       15/04/2012
Cuando a su madre le detectaron en un chequeo médico la metástasis de un cáncer de huesos que amenazaba con ser irremediable, Antonio Asensio prometió que si ella recuperaba la salud, caminaría los 1.420 kilómetros que separan su casa en Aguadulce (Almería) de la Catedral de Santiago de Compostela. Como no era la primera vez que hacía el Camino jacobeo, se autoimpuso una gesta aún más épica. Daría gracias por la curación realizando el recorrido completamente descalzo, “porque hacerlo con botas era poca sacrificio si se me concedía lo que pedía”. Y su madre sanó.

El origen de la proeza radica en un diagnóstico erróneo al confundir la huella de una importante descalcificación con la de las secuelas del avance de un proceso tumoral. Después del enorme susto “estaba en la obligación de cumplir lo prometido”, afirma. Antonio no tiene dudas sobre la validez de una promesa y empezó a entrenar para cumplir la suya. La primera vez que este empresario de 39 años acudió al gimnasio, hace más de un año, la báscula marcaba 152 kilogramos. Cuando salió de su pueblo el pasado 5 de marzo, estaba en 114 y en estos 41 días de recorrido ha perdido ya otros siete kilos. 45 en total que le han servido para viajar más ligero pero que no le libran del tormento diario de enfrentarse a caminos pedregosos, barro y asfalto con la única protección de unos calcetines que comenzaron enteros la aventura y hoy, ya raídos, apenas le tapan una mínima parte de las plantas de los pies, la parte más vulnerable y machacada del cuerpo.

Durante casi mes y medio, los hematomas se han ido sucediendo. La dureza del reto, al menos, le ha llegado a insensibilizar los pies de tal forma, dice, que apenas nota ya lo que para cualquiera sería un suplicio. Cada noche intenta reflejar a través del blog http://2millonesdepasos.blogspot.com.es/ lo que ve, siente y padece. No hace demasiados días parecía estar a punto de darse por vencido. “La Vía de la Plata está siendo más dura de lo que pensaba y ya son muchos días caminando demasiados kilómetros […] Tengo los tobillos fatal y cada paso que doy significa sufrir. En el pie derecho tengo como una piedra encima de la almohadilla y el izquierdo está amoratado. Los dos dedos siguen dormidos y los tendones de Aquiles tampoco van bien”. Sólo imaginárselo da miedo, y más si se echa un vistazo a la bitácora donde alguna foto de los pies de Antonio es para echarse a temblar. Sin embargo, ha sacado fuerzas de flaqueza para no parar a pesar de que por momentos, como cuenta en el blog, ha pensado que había elegido la ruta equivocada.

Asensio camina descalzo a Santiago de Compostela para agradecer la 'curación' de su madre. (Foto: Ical)

Admiración

Pese a las adversidades, relata lo que le ha ido pasando sin perder la sonrisa y la mantiene cuando los días se complican sin perder de vista el origen de una idea que la mayoría de los peregrinos con los que se cruza ven completamente descabellada. Mientras que los alemanes, asegura, le llaman loco, los españoles ensalzan su valor y los peregrinos franceses le miran con asombro y admiración. La misma que palpó durante los primeros días de viaje, aún en su tierra, cuando la gente le paraba para hacerse una foto con “el peregrino ese que sale en la tele”, merced a la publicidad que de su gesta se hizo en los medios de comunicación locales.

Jamás hasta llegar a Salamanca había tenido que hacer frente a la lluvia. En las proximidades de la capital, sin embargo, se ha enfrentado a una complicada etapa de caminos enrevesados, lluvia, granizo y un viento helador. Es el primer día que pasa verdadero frío pero su amigo Mario logra añadir calidez al trayecto. Se conocieron hace tres años haciendo el Camino y han forjado una amistad inquebrantable. Por eso, este fin de semana compartirá con él 50 kilómetros entre risas, complicidad y alguna que otra confidencia.

“Cada nuevo día me pregunto cómo se me habrá ocurrido algo así”, reconoce Antonio sin dejar de dar pasos. Los tiene calculados. 1.462 por kilómetro. El resultado de la multiplicación es demoledor pero, empeñado en encontrar a todo el lado bueno, ha impulsado la realización de un documental en el que se cuenta su historia y al que da título el resultado. ‘2.000.000 millones de pasos. Historia de una promesa’, contará las vicisitudes de este hombre durante los 68 días que, si se cumplen las previsiones, durará su historia. Los responsables de la productora almeriense Digital Master, obligados a ir y volver desde Andalucía periódicamente por motivos presupuestarios, han puesto además en manos de este peculiar peregrino una pequeña cámara que, colgada del cuello y bien sujeta, registra todo lo que a Antonio le va llamando la atención. El trabajo audiovisual, que sigue buscando plataforma de exhibición y ayuda financiera, durará en torno a una hora “aunque a estas alturas ya hay material para hacer una miniserie”, explica Nicolás Fernández, responsable de la productora al que Antonio se abraza como a un hermano tras varios días sin verse.

Confusiones y carreras

Cuesta ver serio a este peregrino pero el rictus sí se le endurece cuando asegura que a lo largo del Camino haya indicaciones que confunden deliberadamente “para que pases por ciertos pueblos y te dejes dos duros allí”. Él, que siempre va al limite solo espera que la ruta sea “lo más corta posible” para que no le hagan dar rodeos “porque si”. Además, considera “una pena” que la ruta se haya convertido “en una carrera por lograr una cama”. La experiencia, matiza, le está demostrando que muchos peregrinos “no disfrutan de nada” porque desde antes del amanecer se lanzan a la ruta para ser los primeros en lograr alojamiento. Son ya varias las ocasiones en las que Antonio se ha visto sin hueco para descansar. Debe ser muy duro dormir al raso tras toda una jornada, a veces de más e 40 kilómetros, mirando casi constantemente al suelo para evitar percances. El más peligroso hasta ahora sucedió cuando se vio obligado a vadear un río que le cubría por la cintura y, al salir, tuvo que regresar al Camino escalando unas rocas. Manos y piernas llenas de arañazos. Tan doloroso como los pinchos que, asegura, le destrozaron en un durísimo tramo de monte en el que empleó casi dos horas para avanzar poco más de un kilómetro. Un auténtico martirio.

A medida que devora kilómetros, Antonio se aleja cada vez más de su vida, de su negocio y hasta de su pareja, que compartió dos semanas de trayecto con él y, por primera vez confiesa que está deseando llegar a Santiago. Cuando en ocasiones anteriores pisaba la Plaza del Obradoiro le invadía una sensación agridulce porque suponía el final de algo agradable. Lo de ahora es diferente. Cuando abrace al Santo el próximo 11 de mayo habrá terminado una epopeya que sólo se justifica por el inquebrantable amor de un hijo hacia su madre.

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