Opinión
OPINIÓN POR LUIS ARTIGUE
Tres, dos, uno… ¡Jazz!
Querido amigo: la enfermedad, como el desamor, como el poema, es un acto de desnudez extrema. Por eso resulta ahora casi natural contarte que a principios de los años 90, a causa de un accidente cerebro-vascular, entré en coma y llegar hasta aquí no ha sido fácil ni imposible.
03/09/2014
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LA NOTICIA ILUMINADA DEL DIA
Muchas veces, sobre todo últimamente, he querido regresar a entonces para dar amparo y hablar al oído a aquel que fui y otras, por el contrario, he creído que el convaleciente y antiguo yo venía a mí para contrastar el diagnóstico mientras me hacía entrega de advertencias y recetas vitales. Sea como fuere, por lo mismo que en este turbulento mundo nuestro se hace ya imprescindible la memoria histórica, resulta conveniente no rehuir nuestra propia historia.

¡Hace –creo a veces- tanto tiempo de todo! Oh, apenas conservo fragmentos. Por ejemplo recuerdo la experiencia del coma parecida a quedarse dormido en un bosque de cara a las estrellas... ¡Las pesadillas no tenían paredes! Como un invierno en el que a la noche le sigue la niebla, al coma le siguió el estado de shock. Y tuve que reconocer mi indefensión apocalíptica. Y caí en picado como un avión herido. Y me apoyé firmemente en la poesía. 

Desde aquel tiempo entiendo cierta poesía, la basada en experiencias demasiado hondas como para no ser compartidas, como un hallazgo emocional y como un triunfo interno. Dicho hallazgo me llevó a convertir la enfermedad en un desafío: asumí mi propio deterioro como una prueba de fuego, baremo, escalera, oportunidad radical que me daba la vida para demostrarme a mí mismo quién era y de qué era capaz. Comenzó entonces la restauración anímica mientras, sin olvidar nunca que tenía una meta, me hablaba a mí mismo sobre la épica de la voluntad. Oh, la voluntad de quien no se resigna; de quien mira a las ruinas sin conformarse… Así entré, desnudo pero armado, en la rehabilitación.

Desplomado en una silla de ruedas y tan solo con la mano derecha empecé por aquel tiempo a escribir la primera versión de un libro de poemas, pero sólo años después me atreví a publicarlo con el título de Tres, dos, uno…Jazz. Por eso ciertamente hoy comparto contigo mi estrategia de supervivencia impulsado por una suerte de empatía profunda. Y lo hago también para decirte que acaso la enfermedad sea la oportunidad que te da la vida para demostrarte a ti mismo quién eres, de qué eres capaz, en qué crees realmente y de qué clase de personas estás verdaderamente rodeado.

Viene el deterioro físico a recordarnos que somos mortales, frágiles, simples hojas que el viento agita y arranca de los árboles. Pero, como escribió Nietzsche, lo que no mata hace más fuerte. Existen las cicatrices. Sí, la enfermedad, ese concurso-oposición, ama y mata como una mantis religiosa. La enfermedad duele y forja como la voz de Billie Holliday.  La debilidad es vencible.

De hecho no hay espejo mejor que la enfermedad, pues en ella se ve reflejada la verdadera imagen de uno mismo; la capacidad real. Y por eso conviene pensar que ese episodio, como un buen poema, puede ser el aviso que nos reconduzca la existencia… Las grandes putadas son lo bueno de estar vivo cuando existe la palabra después. 

Así las cosas yo sólo quería decirte que tienes derecho a atascarte pero es mejor luchar; luchar con uñas y con dientes. He aquí tu momento en el que se te hace preciso gritar “aquí estoy yo”. Y tienes que hacerlo racialmente, selváticamente: tienes que gritar como una vocalista de jazz.

Hay quien llega a la cúspide y se le sube a la cabeza. Pero hay también quien se pone de pie tras el huracán, quien a la enfermedad la rebasa por el arcén, quien la sabe un episodio superable e inolvidable igual que un gran amor. 

Ese individuo que lo consigue; quien cayó y se levantó no porque lo levantaran sino porque se creyó capaz de resucitarse a sí mismo, sí que es digno de admiración.

Por eso, ahora que has llegado a un punto extremo de fragilidad, sé bien que lo fácil es asustarse y desanimarse, pero la grandiosidad radica en enfrentarse con coraje y sin excusas... 

Querido amigo: échale cojones.

Luis Artigue

www.luisartigue.es                    

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