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'Todos los buenos soldados'
Una magnífica obra del escritor y columnista David Torres, amalgama perfecta entre la novela negra y la novela histórica, y cuyo conjunto final es mucho más que la suma de ambas
Todos los buenos soldados.
Todos los buenos soldados.
leonoticias.com
03/01/2014 (10:11 horas)
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Nochevieja de 1957. Artistas españoles viajan a Sidi Ifni para animar a las tropas sitiadas y el cómico Miguel Gila acaba involucrado en un crimen, una sórdida trama de venganzas, sexo y tráfico de kif que implica a un joven alférez enamorado, a la hija de un héroe de guerra, a un viejo legionario y a un desertor estadounidense que practica surf. Gila reconocerá allí el mismo humor negro de sus monólogos bélicos, ese olor a pólvora del absurdo que es también el aroma de la derrota y de la guerra civil.

Más allá de los géneros, David Torres se adentra en el desierto de las emociones humanas, en las encrucijadas del salvajismo y la civilización, con una novela que sorprenderá a quien la lea. Una historia de gran potencia narrativa, en la que ningún cabo queda suelto ni nada sucede porque sí. Tras una serie de enigmático asesinatos en serie, la resolución del misterio supondrá una traca final que dejará al lector con el sabor de haber leído algo formidable, inteligente y redondo.

La historia

Sidi Ifni, nochevieja de 1957. A una ciudad en estado de sitio, que ha resistido la insurrección armada del Sahara español el 23 de noviembre, llegan un grupo de artistas españoles para animar a las tropas. Entre ellos, la cantante Carmen Sevilla y el cómico Miguel Gila, quien muy pronto se encuentra inmerso en una historia que parece sacada de uno de sus desquicidados monólogos telefónicos. La guerra parece una guerra de broma a la que la prensa nacional, amordazada por el régimen, apenas le concede el rango de incidente fronterizo. Sin embargo, los militares son conscientes de una verdad incómoda: que ganen o pierdan la guerra, antes o después, tendrán que abandonar ese pedazo de tierra.

Entre los militares destinados en Sidi Ifni, el alférez Alonso Díaz de Castro es un universitario descendiente de una larga estirpe de militares. Deseoso de entrar en combate, Alonso es hijo de un padre que murió en la batalla del Ebro, pero a pesar de todo, es evidente que no encaja en la Legión, ni por gustos, ni por carácter. Un día, en el zoco de Sidi Ifini, se topa con Adela, hija del veterano comandante Manuel Ochoa, un héroe de la guerra civil. Alonso se enamora de ella, aunque la mujer es objeto de burla entre la tropa a causa de su conducta excéntrica. El padre ve con muy buenos ojos una posible relación entre ambos y se encarga de favorecerla.

El inexperto capitán Ripoll tampoco parece responder al prototipo de legionario. Joven procedente de la burguesía catalana, comete la temeridad de dedicarse a lanzar frecuentes pullas a su subordinado el sargento Armendáriz, un militar veterano, de carácter hosco, muy temido por sus propios compañeros. Por este motivo, Armendáriz se la tiene jugada al capitán. Un día no aguanta más sus sarcasmos y le humilla brutalmente delante de otros subordinados.

Cuando Armendáriz se entera del número de Gila ("¿Es el enemigo? Que se ponga") lo considera una burla al ejército y decide vengarse mediante una broma macabra: un simulacro de fusilamiento que le recuerda a Gila el fusilamiento real al que sobrevivió durante un oscuro episodio de la guerra civil. Unas horas después, el incidente llega a oídos del coronel Ledesma, quien cita a Gila. Él acude convencido de que le quieren presionar para que no denuncie a Armendáriz, pero su sorpresa es grande cuando Ledesma le anuncia que han encontrado al sargento muerto con un tiro en la nuca. Gila demuestra que difícilmente podía estar en el lugar de los hechos. A pesar de la remota posibilidad de que sea culpable, no le dejan marchar y el cómico queda retenido contra su voluntad: no podrá volver a la Península hasta que se encuentre al asesino.

Poco después, en un bar de la zona, una camarera intenta dar celos al brigada Piñero con un forastero que no es otro que Miguel Gila. Ante la cólera de Piñero, Gila intenta explicarle en vano que sus celos son totalmente infundados. Aquel le reta a una pelea fuera del establecimiento y Gila accede. El comandante Ochoa llega en un momento crítico, les separa y se lleva de allí al cómico, al tiempo que le explica que Piñero era muy amigo de Armendáriz y que por todo el cuartel corre la voz de que él es el principal sospechoso del asesinato.

El teniente Luis Esnaola, de la fiscalía militar de Canarias, es enviado a Sidi Ifni para descubrir al asesino de Armendáriz. Está convencido de que se trata de Ripoll, por lo que lo aísla en un calabozo para que confiese su crimen. Esnaola tiene prisa por cerrar el caso, convencido de que solo de esta manera conseguirá un ascenso que ya había sido postergado anteriormente y el deseado regreso a la Península. Solo es cuestión de encontrar el arma.

Pero un nuevo asesinato complica las cosas. Piñero aparece muerto en una playa, cerca del lugar donde vive Gordon, un americano, desertor del ejército de Patton, que mantiene relaciones con jovencitos y que se dedica al estraperlo a gran escala. A las preguntas de Esnaola, Gordon revela la homosexualidad del capitán Ripoll. Pero añade que él no es el único, numerosos legionarios van a su casa de la playa para asistir a orgías homosexuales. Esta es una verdad que los mandos no quieren oír y, mucho menos, hacer pública.

Pronto, una nueva víctima se sumará a la lista. Esta vez no se tratará de un asesinato, sino de un suicidio. Los hechos se precipitarán a partir de este momento. Gordon, el coronel Ledesma, el comandante Ochoa, Esnaola y el propio Gila vivirán una serie de hechos inesperados –secuestros, muertes, desapariciones- en los que pocas cosas serán lo que parecen, y tras los cuales ya nada volverá a ser como antes. Alonso y Adela no se verán libres de este torbellino de sucesos.

Años después, el reencuentro de Gila con uno de los protagonistas de la historia, terminará de desvelar su desenlace, encajando las piezas de un puzzle que se revelará lleno de sorpresas.

Los personales

La presente no es una novela de “buenos” y “malos”; en ella, bondad y maldad suelen convivir en la misma persona, y a menudo, las apariencias engañan. Pese a que la mayoría de los personajes parecen insensibles y endurecidos por la vida, un ser tan depravado como Gordon, un fuera de la ley dedicado al tráfico de kif, en realidad es un héroe de guerra que salvó a dos compañeros de un tanque en llamas. Por el contrario, los “buenos” tampoco lo son siempre tanto, y ello deparará verdaderas sorpresas en esta historia.

La presencia femenina es mínima, como corresponde a la época y al medio en el que se desenvuelve la novela. Sin embargo, el personaje de Adela (que está muy lejos de ser una mujer convencional, en contraste con los escasos personajes secundarios femeninos) se erige en el símbolo de una época donde la mujer era una víctima, humillada y relegada, incapaz de contar su propia historia y de vivir su propia vida.

Obsérvese, por último, la diversidad geográfica de los apellidos de los militares –Ripoll, Cazorla, Armendáriz, Díaz de Castro-, como sucede realmente en el ejército. Este es uno de los muchos detalles que contribuyen a la verosimilitud absoluta del relato. Es de destacar, asimismo, la magnífica ambientación de los escenarios, muy bien descrita y, en muchos casos, de existencia real, como es el caso de “La Suerte Loca”, el hotel donde se aloja Gila.

Alonso Díaz de Castro
Alférez procedente de una estirpe de militares que se remontaba a los tercios de Flandes y que había combatido en tres continentes. Hijo único, huérfano de padre, se había metido en el ejército para colmar el vacío de su padre muerto en la guerra civil. Universitario, le gusta la poesía y es un muchacho sensible, idealista e ingenuo. Se enamora de Adela, frecuente objeto de burlas entre sus compañeros, a quien defiende incondicionalmente. Tras comprometerse con ella, descubrirá un secreto que reabrirá de nuevo las heridas de la guerra civil.

Manuel Ochoa
Comandante y héroe de guerra muy considerado y condecorado dentro del ejército. Viudo, padre de una única hija, Adela. Hombre culto, civilizado y con una biblioteca de temas militares. Aparentemente comedido, razonable, y de educación exquisita, hace frente con serenidad y firmeza a la conducta trastornada de su hija.

Adela
Mujer extraña, de conducta excéntrica cercana a la locura, que parece esconder un enigma. Le falta el dedo de una mano, a pesar de lo cual se afana en tocar el piano. Su sonrisa inmaculada es lo primero que enamora a Alonso. Para él, Adela es la Helena de Troya de la guerra, por la que él ha ido a pelear, pero en realidad ella es la clave de toda la historia.

Sargento Armendáriz
Bebedor y fumador empedernido, de salud precaria, gran veterano del ejército, temido por su carácter fuerte, agresivo e indisciplinado. Someterá a una deshonrosa humillación a su superior, el capitán Ripoll, delante de otros subordinados de este. No será el único incidente, ya que también dará a Gila un escarmiento por lo que él considera una burla a la Legión.

Capitán Ripoll
Hijo de una familia de la burguesía catalana. Su padre le protege en la distancia, lo cual no evita que finalmente entre en un grave conflicto con Armendáriz.

Teniente Esnaola
Pertenece a la fiscalía Militar de Canarias y llega a Sidi Ifni para encargarse del caso del asesinato de Armendáriz. Su ascenso había sido congelado por un incidente de contrabando en el que había intervenido tiempo atrás.

Coronel Ledesma y Capitán Romea
Los dos son hombres duros, curtidos, que defienden a la Legión con contundencia. Trabajan juntos, y juntos tratan de hacer frente a los extraños acontecimientos que empiezan a producirse. Ledesma es amigo de Armendáriz. También lo es de Piñero. Tanto uno como el otro habían servido bajo el mando de Ledesma desde el año 33, y lo habían dado todo por la Legión.

Gordon
Ex-sargento artillero y desertor de guerra. Durante la 2ª Guerra Mundial había salvado a dos compañeros de morir abrasados en un tanque en la batalla de El Guetar. Vive en una casa en la playa y se dedica al estraperlo y a organizar orgías homosexuales.

Sargento Fox
Personaje extraño, duro, misterioso, poco convencional. De edad indefinida, antiguo seminarista renegado, combatiente en la guerra civil. Muchos le creen un doble espía. En la historia será el ejecutor de un trabajo sucio.

Miguel Gila
Es el único personaje real de la novela, aunque los hechos en los que está inmerso son imaginarios, excepto el viaje a Sidi Ifni, junto con Carmen Sevilla y otros artistas, para actuar ante las tropas. En la novela, se ve involucrado en una serie de sucesos inesperados que le dejarán un extraño recuerdo. El peso de su personaje es considerable a lo largo de todo el relato, y aporta un interesante contraste entre la vida civil y la vida militar, con la genialidad añadida de que se trata de un cómico que adquirió su fama, entre otras cosas, precisamente por sus chistes sobre militares. Algunos de sus más célebres sketches son reproducidos en la novela, así como toda clase de incidentes privados de su biografía.

Los temas

Más allá del universo castrense, la novela toca una variedad considerable de cuestiones.
Históricas: la historia del derrumbe final del imperio español, las condiciones y la moral de los soldados que lo sostenían, la guerra con Marruecos; el ejército, su estructura, sus gentes.

Políticos: la manipulación de la guerra en los medios nacionales, el trauma de la guerra civil casi veinte años después.

Sociales: el desgaste moral y físico de una tropa olvidada a su suerte en el desierto, la mentalidad de la época, las relaciones con los moros, la vida militar en las colonias.

Morales: la violencia y la crueldad como norma de conducta, la ausencia de ética, el maltrato a los animales; pero también el amor a contracorriente, la lealtad, la amistad, los ideales.

Y el humor: Está presente a través del cómico Gila, aunque más que como recurso narrativo, como forma de vida, como manera de supervivencia, como punto de reflexión y como liberación.

La vida de los cómicos, el arte sublime de los payasos, el mundo del espectáculo y la poesía también son, asimismo, algunos de los asuntos presentes.

La novela

Todos los buenos soldados es una amalgama perfecta entre la novela negra y la novela histórica, pero el conjunto es mucho más que la suma de ambas. Como ya se ha visto, tiene como tema la Legión y el complejo universo del ejército. La cadena de asesinatos y los lejanos sucesos sobre los que estos se forjan, van mostrando una historia sorprendente, de gran potencia narrativa, en la que ningún cabo queda suelto ni nada sucede porque sí. La resolución del misterio muestra de nuevo el trauma de la guerra civil y el peso de los crímenes impunes al cabo de los años: un tema de absoluta actualidad en la sociedad española actual.

La historia está perfectamente “encajada” en las circunstancias históricas, políticas y sociales existentes entonces: la guerra de Marruecos, la política española en las colonias, la Legión. Pero el autor consigue hacer algo más con todo ello: desde la mentalidad de la época y el lugar de los hechos, muestra la naturaleza del ser humano en sus dos perpetuos polos: su dimensión más sublime –amor incondicional, amistad, idealismo- junto a la más depravada –violencia, odio, crueldad. Se trata, pues, de una novela redonda, justamente ambiciosa, que trasciende con mucho la historia que narra.

En ella hay, además, otros recursos que la hacen atractiva y fascinante, como es el contraste entre el “feísmo” deliberado de algunos de sus pasajes y el espléndido impacto de la obra en quien la lee, secreto en el que reside, precisamente, su belleza. Los enigmáticos asesinatos en serie, el mundo duro, casi siempre sórdido, de la Legión, o los inquietantes recovecos de una tierra inhóspita y ajena, tienen como contrapunto el amor sublime, platónico, incondicional; el idealismo y la pureza de sentimientos.

El estilo es ágil y cada frase es un dardo que va directo al centro:
“El toque de diana sorprendió al sargento Armendáriz rascándose los huevos. No había mucho que rascar después de medio siglo de madrugones con resaca. Tosió, gargajeó y blasfemó, por ese orden, hasta dar con el tabaco al lado de la almohada. Extrajo un cigarrillo a tientas y acertó a clavarlo en la boca antes incluso de abrir los ojos. Luego parpadeó con esfuerzo, gargajeó un poco más, se sentó en el borde de la cama y exhaló el saludo ritual de todas las mañanas:
-Me cago en mi puta vida.”

En su conjunto se trata de una obra muy literaria, rica en acertados recursos estilísticos. El realismo de la historia convive con algunos resquicios por los que se cuela la ensoñación, como en este pasaje a medio camino entre la realidad y el ensueño, en el que se da cuenta del efecto que ejerce un cigarrillo de kif:
“De repente [Gila] supo por qué se movía el mar, por qué se dedicaba al humor, por qué había guerras, por qué las habría siempre. Por un instante todas las piezas encajaron en un esqueleto nítido y perfecto: las balas, las nucas, las medallas, los cigarrillos, el piano roto y constipado donde Adela destrozaba a Albéniz. Era tan sencillo, tan simple, que le entraron ganas de reír. Luego todo se borró de un manotazo, la verdad se disipó como humo, como una de esas construcciones lógicas que se disuelven justo en el momento en que llega el sueño.”

Este otro fragmento, en el que se describe una plaga de langosta, recuerda vagamente las greguerías de Ramón Gómez de la Serna:
“En la entrada al aeródromo, un camión se averió con el motor ahogado y la rejilla repleta de insectos. Los helicópteros permanecían inertes sobre la pista de tierra, las aspas vencidas, infestados de pequeños congéneres, como si hubieran dado a luz en una sola noche miles de criaturas aladas.”

Otra de las señas de la novela es la profusión de diálogos de todo tipo -amistosos, chispeantes, hostiles, introspectivos, evocadores o apasionados-, a través de los cuales también se teje esa extraordinaria red de historias interrelacionadas que forman la novela.

Todos los buenos soldados toma su título de una ensalada a cuatro voces atribuida a Mateo Flecha el Viejo, compositor catalán del siglo XVI, que figura al principio de la novela y que dice así: “Todos los buenos soldados/que asentaren a esta guerra/ no traigan nada en la tierra/si quieren ir descansados./ Si volvieren con victoria/ la paga que les darán/será que siempre tendrán/ en el cielo eterna gloria. Una declaración que sugiere que algunas cosas no han cambiado casi medio milenio después.

En cualquier caso, se trata de una novela formidable, inteligente, redonda, que rescata una guerra y un tiempo olvidados, que nos acerca a un mundo ya inexistente, aunque aún cercano en el tiempo, ignoto para las generaciones que no han conocido la vida militar ni siquiera a través de la “mili”, como fue el caso de generaciones precedentes; y que se sirve de la ficción para contar algo muy real: cómo ha sido el pasado inmediato de nuestros padres y de nuestros abuelos. Es decir, nuestro pasado inmediato. Y cómo la Historia destruye a las personas.

El autor

David Torres nació en Madrid en diciembre de 1966. Es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid. Antes de dedicarse a la literatura y el periodismo ejerció diversos oficios, como el de cobrador de recibos y otros, según él mismo cuenta, “de esos que aparecen en las biografías de los escritores estadounidenses”. En 1999 Manu Leguineche leyó su primer libro, Nanga Parbat, y así empezó a trabajar para su agencia Faxpress.

Como periodista, ha trabajado además en el diario ABC de Madrid, ha hecho colaboraciones en El País Semanal y en diversas revistas literarias. En 2004 empezó a colaborar en El Mundo como columnista. Fue también guionista del programa de televisión Al filo de lo imposible.

Como autor, ha recibido numerosos premios y es uno de los autores más valorados del panorama nacional. Su primera novela es la citada Nanga Parbat (Desnivel 1999), un gran éxito de ventas que fue traducido al francés, al polaco y al italiano y por la cual recibiría el premio Desnivel. Pocos días después era también galardonado con el SIAL de Narrativa con el relato Donde no irán los navegantes. Al año siguiente publicó Los huesos de Mallory, que escribió en colaboración con Rafael Conde. Luego vinieron el libro de relatos Cuidado con el perro (La Guantera – La Bolsa de Pipas, 2002), un libro de poemas, Londres, (Calima Ediciones, 2003), El gran silencio (Destino 2003), con el que fue finalista del premio Nadal, El mar en ruinas (Ediciones Destino 2005), Robando tiempo a la muerte, (Pearson Educación 2006), que fue Premio del IV Certamen del Libro Deportivo Marca, La sangre y el ámbar (Ediciones B, 2006), Bellas y bestias, retratos del natural (Sloper, 2008), Niños de tiza (Algaida Editores, Sevilla 2008), por el que recibió el premio Hammett de la Semana Negra de Gijón y el premio Tigre Juan, y Punto de Fisión (Algaida, 2012), por el que obtuvo el Premio Logroño de novela.

David Torres publica un blog en Público.es, que toma el título de su penúltimo libro, Punto de fisión, e imparte diversos cursos de escritura en la escuela literaria Hotel Kafka, donde también tiene alojado su blog Tropezando con melones.

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