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Cierto es que no todos los abuelos son igual de majos y maravillosos, pues hay por ahí algunos de los que es mejor no hablar, pero, en líneas generales, los “padres de los padres” acumulamos experiencia y sabiduría que siempre estamos deseando compartir, no imponer, haciendo honor a la máxima de Bouza Pol que dice: «Enseñar es amar. Aprender es corresponder».
Esto es especialmente cierto y significativo en los que, a mucha honra y orgullo, somos de pueblo, y más aún si hemos sido engendrados, nacidos, y crecidos en las cercanías de las labores del campo: «Los hijos, los nietos de los campesinos, de los agricultores-ganaderos, de los labradores de antes, sabemos hacer de todo». Yo, por ejemplo, por mi cuenta, sin subvenciones, he descubierto a su debido tiempo que comprando un paquete de doce maquinillas de afeitar, de las más baratas, me dan el mismo resultado que las caras o carísimas.
En una docenita de las de doble hoja, de usar y tirar, siempre me salen cinco que no sirven para nada, que no cortan; cuatro son regulares que valen para un par de afeitados; y tres son y salen tan súper-buenas que con cada una me afeito varias veces, y con toda delicadeza…
Solucionado pues el primer problema, el del afeitado, diré que he padecido también otros dos tan “tremendos” o más: los botines deportivos y los calcetines en general. Mis “todoterreno”, los de andar por el campo, eran demasiado caros y tenían poca vida; además de ponerse rematadamente sucios en la primera caminata. Resolví el desastre usando una marca y un modelo muy español (no digo el nombre para que no corráis todos a comprarlos y se dispare el precio y agoten las existencias), extraordinariamente bueno, cómodo, elegante, sufrido, seguro, llevadero, discreto, combinable, y barato. Cada vez que me los calzo me alegro, y cuando me los quito hasta me aplaudo al comprobar lo bien que quitan el frío en invierno, y lo ligeros y frescos que son en verano, sin que me suden los pies…
Sin embargo, a pesar de la experiencia, de la sabiduría acumulada, todavía sigo padeciendo una gran frustración por culpa de los calcetines: todos los calcetines me salen malos. Da igual que sean caros, carísimos o súper-caros, de algodón, de lana, de estambre, de hilo, de fibra, de verano, de invierno, de entretiempo…, pues todos quedan hechos una pena a la segunda “puesta”, al empezar a clarear por los talones y los calcaños. Sólo se salvan del desastre los deportivos de color gris que compro en un supermercado (que tampoco digo, para fastidiar, y evitar que los suban de precio).
Con lo que no he tenido nunca problemas es con las cremas: yo soy de Nivea. A Nivea le hago publicidad porque es alemana, y Alemania me dio un buen trabajo durante muchos años.
Además, a Nivea le tengo cariño desde niño, cuando mi querida madre me advertía y convencía cariñosamente de que tenía que durar mucho…, y yo me debatía entre cumplir con el deber o dejarme llevar por el consumo y las ganas de acabarla cuanto antes, para poder emplear la bonita y práctica caja azul como cofre donde guardar los anzuelos, los plomos, la tanza, los corchos, las boyas, la “navajina” y los demás tesoros… Ahora, cada vez que se acaba una caja, azul, o blanca, me cuesta gran esfuerzo tirarla; y siento que algo se rompe en mi interior; que quizá me haya convertido ya en un viejo derrochador…, sin remedio…
Y me acuerdo también de otra máxima que escribí, que casi es una súplica: «No me tengáis por anciano, que sólo soy víctima de la experiencia…»
Lo escribo con toda burbialidad, como siempre.
Feliz Feria del Libro, y animaros a disfrutar con mi fabulosa novela 'La Diosa del Cúa'.
