Jueves 24 de mayo de 2012 | Actualizado a las 19:42 h.
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Cuando era pequeño yo solía pasear por la calle a un ritmo pausado, ni muy rápido ni muy deprisa, de modo que podía ver todo aquello que me rodeaba: los parques, el perro de un vecino ladrando a otros por quién sabe qué, la pelota de los que estaban jugando al futbol rodar…
Pero eso termina cuando una hermana, a la cual también le han transmitido la velocidad de la vida, te lo transmite. Iba con ella a muchos lugares y mientras yo daba un paso, ella daba cuatro. Era evidente: o andaba más deprisa o me quedaría atrás.
Desde aquello mi paso al andar es acelerado, de ahí que algunas amigas me pregunten si tengo prisa. Evidentemente no la tengo, es solo que estoy acostumbrado a ir a este ritmo y es difícil para mí ir más despacio. Pero esto no puede seguir así, no contemplo la ciudad, ni sus ciudadanos, no contemplo los rayos de sol ni los pasos de un niño.
Soy el primero que debe de empezar a ser un caracol y dejar de ser la liebre, de comenzar a disfrutar de aquello que tenemos a nuestro alrededor. Tampoco debo ser el último, la sociedad entera está como yo (ya no imaginemos Nueva York…) y ello deriva en estrés, algo que no es muy recomendable si queremos seguir en esta tierra.
¿Cómo es posible que mientras esté leyendo un libro mueva la pierna como si de un conejo fuera? No lo entiendo, intento pararlo y me doy cuenta de ello, pero al instante, mientras estoy concentrado en la lectura, ese nerviosismo vuelve. ¿Quién me lo ha pegado? Aunque no lo haya notado directamente ha sido la sociedad: internet, la escuela misma (¿saben lo que es la selectividad?), los amigos…
Todo ha contribuido para que impere en mí las ansias de acción, de movimiento, aunque no duran bastante ya que lo intento controlar.
Poco a poco espero ir eliminando este chute de velocidad que se me inyectado en la mente sin que me percatara lo más mínimo. Mientras, relajémonos…
