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El pasado miércoles, llegó, salvífico, a esclarecer mi conciencia y, por ende, mi criterio, Aurelio Arteta. Fue con su artículo En boca cerrada. Lo hizo salvífico, pues me sentí atañido, como simple ciudadano, por él aun cuando su artículo va dirigido más bien a sus compañeros de Academia, en el más amplio sentido del término: a esas tantas personas a quienes les sobra el saber preciso para enriquecer la opinión pública y desdeñan esa tarea.
Entre los posibles motivos que da el autor para explicar dicho silencio, cita uno que no he de negar que también a mi más de una vez se me hace presente e igualmente siento, y no ensoñadamente, sino de forma vívida; se refiere el autor al riesgo de que los tuyos de toda la vida comiencen a mirarte con recelo, aumentando tu sentimiento de orfandad y desorientación, lo que no es poca cosa, pues, y esto es una ventura o suerte, dicho recelo no se ve compensado con una equivalente confianza por parte de los ajenos o no tuyos, ni falta que hace.
Pero aún más tocado me sentí por su artículo cuando se refiriere a esa legión de historiadores, sociólogos, filólogos o antropólogos locales que se han prestado a lo largo de todo este tiempo de nacionalismo obligatorio a recuperar las señas de identidad de sus respectivas regiones o directamente a su construcción nacional y frente a los cuales siempre me situé públicamente desde mi cada día más solitaria posición cívica o política.
Mas, no hay mal que por bien no venga, pues así, otra suerte, me ha hecho ver que no he estado, ni estoy, entre los que temen que su carrera profesional y hasta su sosiego personal salgan malparados en cuanto asomen la nariz fuera de su propio ámbito con sus opiniones escritas y rubricadas.
Y no se entienda esto como soberbia o chulería, ni tan siquiera como reivindicación de valentía alguna, sino como simple y reiterada declaración de que no hay mejor manera de defender los derechos -y es uno de ellos el de opinión al margen de la propia profesión- que ejerciéndolos y porque mi personal desasosiego quizás venga de que tal vez mi destino sea eternamente ser contable y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza, y esto, poniéndome ligero, que quizás fuese más serio confesar que hay amarguras íntimas que no (sé) sabemos distinguir, por lo que contienen de sutil e infiltrado, si son del alma o del cuerpo... como bien dejó dicho Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego de Bernardo Soares.
Y si andaba yo en estas consolaciones cuestionándome mi silencio, he aquí que llega a escribir de él, el silencio, Vicente Verdú, afirmando que la palabra está llena de éxitos y fracasos... pero el silencio es divino, pues Dios es aquel que es gracias a su extremo silencio.
No hay modo de arrancarle una palabra y de eso se deduce que lo posee y lo sabe todo..., como sucede con el puñado de elementos nucleares que componen el mundo ahora conocido, el silencio se encuentra entre los de corazón más disolvente, inteligente y duro. Más fácil y justo me hubiese resultado inteligir el uso del adjetivo sagaz en vez del de inteligente como atributo de tales corazones.
Obviamente, no puedo coincidir con Vicente Verdú en su afirmación de que el silencio es la base radical de cualquier otro sonido, ya que más bien lo tengo por la negación o renuncia al uso del logos, palabra y razón, eso que nos hace hombres: la capacidad de poseer un lenguaje, de razonar, de hacer uso, humano, social, de la razón.
Por último, vino a despabilarme de mis dudas el silencio ensordecedor y cómplice de tantos y tantos ante el general estado de las humanas cosas.
Por ello, romperé el silencio, seguirán mi boca y mi mano hablando, escribiendo de aquello que les parezca sapo intragable, aun a riesgo de por no tener la boca cerrada llegar a tragarme alguna mosca bien centrada, o instalada, desde la diestra o desde la siniestra.
No es para tanto, siempre podrán ejercer el sagrado derecho a no leerme.

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