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Cuando desapareció la pequeña Mari Luz Cortés, la comunidad evangélica -muy presente en la sociedad gitana- se hizo visible en todo el país en concentraciones llenas de esperanza primero, de angustia después y de indignación al final, cuando se supo que la niña estaba muerta, que su asesino debería haber estado en la cárcel, y que el responsable del desastre quedaría impune, con un par de puñetas.
La realidad es fea, es bizca, tiene las orejas grandes y la cara llena de granos: por eso es mejor que no se vuelva a saber nada del tema, que la pequeña Mari Luz está muerta y el juez Tirado muy vivo, y en la tele queda mucho mejor el palmito de la Igartiburu que la cara de desconsuelo del personal cuando se percata de, una vez más, la beautiful people se ha salido con la suya.

Foto: Peio García
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