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OPINIÓN POR POLO FUERTES
Perandones o una obsesión: Astorga
Conocí a Juan José Alonso Perandones, actual alcalde de Astorga, en el verano de 1987...,
31/03/2009
CON VENTANAS A LA CALLE
...cuando alguien tuvo la peregrina idea de mandarme unos meses a la capital maragata como corresponsal de la Crónica de León, a pesar de mi condición de bañezano (siempre se ha supuesto una rivalidad entre las dos ciudades, algo que yo nunca palpé en los más de 20 años que duró aquella ‘interinidad’). Cuando la ciudad era aún coto de militares y curas, amordazada en su burguesía conservadora.

Por aquel entonces, Alonso Perandones acababa de ganar las elecciones municipales de su ciudad, aunque no la Alcaldía por un puñado de votos. Y con ello, perdió también el timón de contramaestre (teniente alcalde) del Ayuntamiento astorgano que había manejado durante los cuatro años precedentes. Eran tiempos en los que Juanjo se lamía las heridas electorales, tras ser relegado su grupo, el Partido Socialista, a la oposición, de la mano de un contubernio cuatripartito que completaban los nueve votos, los nueve concejales de la mayoría absoluta.

Fueron 18 meses en los que vio como se desmoronaban muchos de los proyectos que, entre 1983 y 1987, habían quedado empezados, presupuestados, cuantificados y subvencionados. Cuatro años en los que, de la mano de un pacto con el Partido Falangista de Recaredo Bautista (“más falangista que José Antonio y más socialista que Felipe González”, decía entonces aquel campechano alcalde camionero y ‘Canalla’), Perandones fue poniendo los cimientos de su obsesión, la modernización de Astorga.

18 meses tardó en convencer a la representante de UCD en el cuatripartito, Rosa de Todos Los Santos Fernández González para poder interponer una moción de censura que hizo realidad su ascenso a la Alcaldía, un 29 de marzo de 1989. Allí estuvo todo el socialismo leonés, crítico con su secretario provincial, José Luís Rodríguez Zapatero (hacía unos meses que había ascendido a su cargo en la provincia tras un rocambolesco pacto que bautizamos los de La Crónica como ‘Pacto de la mantecada’, por haberse generado y rubricado en la capital maragata, frente al ventanuco de las ‘emparedadas’), para apoyar a Alonso Perandones. Mientras que el hoy presidente del Gobierno quedaba relegado en un rincón del consistorio en funciones, aplaudiendo al nuevo alcalde “con las manos en los bolsillos”, según escribí yo en una larga crónica del acto. 

A partir de aquí, han pasado 20 años en los que Juanjo Perandones ha ido poniendo, piedra a piedra, ese edificio de su extensa gestión, con la que ha dado la vuelta a la imagen de la Ciudad Bimilenaria, a base de un trabajo constante, serio y sin pausa que los astorganos premian cada cuatro años renovando mayorías absolutas o pactando (aunque sea con el diablo) en las mayorías simples, para poder manejar el timón de un Ayuntamiento complicado, como lo es el de todas las ciudades pequeñas, en las que los servicios se multiplican y las recaudaciones escasean.

Con mayor incidencia en Astorga que, al apelativo de ciudad pequeña, se une una carga patrimonial, histórica y cultural que hace más difícil este cargo municipal. Ahí quedan obras como el complejo polideportivo, la reforma del Ayuntamiento, el Eje Monumental, la Ruta Romana, el esperado proyecto Lyda, la adquisición del patrimonio de la familia Panero y su restauración o la defensa a ultranza de la Vía de la Plata entre Mérida y Astorga, por decir los más importantes para mí.

En mi larga trayectoria profesional he tratado con cientos de concejales y alcaldes de los partidos judiciales de Astorga y La Bañeza, de todas las opciones políticas. Me sobran de los dedos de una mano para contar aquellos con los que, en un principio, quedé a mal. Otros me recuerdan con añoranza y unos pocos seguimos inmersos en una amistad duradera. Entre ellos, Juanjo Perandones.

Todos se llevaron su cera correspondiente de crítica periodística cada vez que, más que por meter la pata, perseveraban en el error (“cuyus bis hominis es errare, nullius nisi insipientarum in errore perseverare”, que decía Cicerón). Muchos han dejado su puesto con dignidad, otros rabiando de lo lindo y otros siguen en sus puestos de mando. Con los buenos amigos hablo por teléfono, los visito, charlamos alrededor de algún café. Pero ya como periodista emérito al que me han relegado los años y el júbilo de mi pase a la reserva.

Hoy, con un poco de tardanza, quiero traer a esta columna a un buen amigo que, por ende, es alcalde de Astorga, después de 20 años en el sillón. Un puesto que ha eclipsado cualquier aspiración política de altura que, desde León, desde Valladolid y desde Madrid, le han ofrecido en vano. Juanjo sigue amarrado al timón de su nave, de su obsesión: Astorga. Porque, como dice en las entrevistas que el Diario y La Crónica han publicado estos días, “queda todo por hacer”. Menos lobos, “corregidor”, que diría don Luís Alonso Luengo. A ver si ahora va a ser que has estado tocando el arpa como buen romano que eres, al menos una vez al año. Por eso, hoy quiero acabar esta crónica con los versos de Espronceda, después de haber estado toda la columna haciendo referencia al timón y al barco: “Que es mi barco mi tesoro, / que es mi Dios la libertad, / mi ley la fuerza y el viento, / mi única patria, el mar”, léase Astorga, amigo Juanjo.

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