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Yo leí las «Novelas ejemplares» de Cervantes a los doce años, en una edición del año 1876, que conservo. También empecé a saborear «El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra novísima edición con notas históricas, críticas y gramaticales, de la academia española, Pellicer, Arrieta, Clemencín, Cuesta, Janer, etc. etc. aumentada con El Buscapié, anotado por D. Adolfo de Castro, adornada con 300 grabados intercalados, láminas sueltas, y el retrato del autor grabado en acero, Madrid. Agustín Jubera, editor, calle Campomanes, 10, año 1887».
Me encantó «El Quijote», este segundo «Quijote» de mi vida, que vivía en un gran libro de muchas páginas y de tapas duras, pues, el primero había sido «Las mejores Aventuras de Don Quijote de la Mancha» en un Álbum, una colección de 144 cromos, que «Es una exclusiva de Arte Comercial Nervión, precio 4 pesetas». ¿Cuánto me gastaría en los cromos, con tantos repetidos, sin apenas posibilidad de intercambio con “otros chavales” para completarla…? Conservo este Álbum en bastante buen estado, a pesar de lo mucho que lo vi., lo leí, y lo utilicé, pero me falta el cromo número 49, el que dice: «Allí a muy poco vieron lo que era, porque descubrieron hasta veinte encamisados, todos a caballo, con sus hachas encendidas en las manos; detrás de los encamisados venía una litera cubierta de luto. Esta extraña visión, a tales horas y en tal despoblado, bien bastaba para poner miedo en el corazón de Sancho, y aun en el de su amo».
En mi biblioteca hay muchos «Quijotes», muchas Obras Completas. Está Wenceslao Fernández Florez, Blasco Ibáñez, Benito Pérez Galdós…, y mucha, mucha poesía, poesía a borbotones porque, como dijo Andrés Trapiello: «La verdadera lengua de la poesía está en el corazón. La emoción es privilegio de la verdad, de los hombres más fuertes. El que llora sabe más del mundo que el que nunca conoció las lágrimas».
Por esto, quizá, yo tengo una querencia vieja, desde niño, por los escritores gallegos, desde la melancólica Rosalía al agudo Castelao, pasando por Celso Emilio Ferreiro, Curros Enríquez, Álvaro Cunqueiro…
Sin embargo, con tantos libros leídos desde pequeño, hay veces que me entristece mucho mi gran ignorancia: ¡Qué poco sé…! Por cada cosa que sé hay al menos un millón que ignoro. ¿Será verdad eso que yo mismo he escrito, ese aforismo que dice: «El principio de la sabiduría es el final»? (continuará, si Dios quiere).
