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OPINIÓN POR POLO FUERTES
Ni martes 13 ni viernes 23
Estaba vacunado contra la gripe A...
07/04/2010
CON VENTANAS A LA CALLE
... contra la gripe B, contra la gripe analógica, contra la TDT, contra las tifoideas, contra casi todo. Todo…, menos contra los virus y sus consecuencias de mi ordenador. Alguna mala persona, alguna mala pécora (o pécoro) puso la molécula, el paludismo informático a trabajar, me mandó un correo electrónico podrido de virulencia y descerrajó un tiro cruzado en toda la gama de antivirus que el bueno, el ya anciano (tiene dos años y medio y su artrosis comienza a ser galopante) ordenata de jubilado ha tenido que entrar en la unidad de cuidados intensivos de mi vecino y amigo Carlos, para poder volver a la vida de la recuperación.

¿Hasta cuando…? Quién lo sabe.

Y además, en todo el mes de marzo no había habido ni una martes 13 ni un viernes 23 (cosa que en este de abril coinciden los dos). Bueno, yo no creo en agüeros ni dioses falsos. Pero haberlos, háilos. Lo cierto es que a lo largo de toda la Semana Santa, con inclusión del Viernes de Dolores, que fue cuando ocurrió el semideceso informático, he tenido que silbar y ponerme al día de las procesiones semanasanteras de mi pueblo, La Bañeza, a pesar de no ser santos, pasos, imágenes, cofrades y cofradías de mi devoción.

Perdona tu pueblo, Señor, perdónalo, Señor.

Bandas (tres de casa y un par de ellas de fuera) de cornetas y tambores han puesto a prueba mis trompas de Eustaquio, a pesar de que en mi niñez (diez tiernos años tenía), pertenecí a la primera de esas bandas que tocó en La Bañeza. Y rezos. Que uno, en su ramalazo de anticlericalismo rampante, vive la Pasión y Muerte de Cristo a su manera (y casi toda, en latín). Aunque sin tanta parafernalia ni redoble trompetil.

No voy a opinar de los espectáculos procesionales, porque siempre he respetado las devociones y creencias de los demás. Faltaría más. Agarrado de las manos de mis nietas mayores (diez y siete años respectivamente) vimos pasar los cortejos con compostura, seriedad y una pizca de devoción, aunque luego comentáramos los pros y los muchos contras de alguna de las procesiones. A la vez que las obras de la Plaza Mayor trastocaron muchas veces nuestras atalayas, porque nadie tuvo la delicadeza de marcar los nuevos derroteros, confundiendo con los programas de mano a aquellos que queríamos participar de videntes, oyentes y helados de fríos y vientos. Tendrá que ser así.

Asistimos a la procesión del Santo Potejero y vimos conformarse la cola de ‘pobres’ esperando el potaje. Aunque fueron pocos los cantores del “Santo Potajero, lléname el puchero, llénamelo más, que está por la mitad”. Y es que ahora, los ‘pobres’ potajeriles están un tanto fartucos (hartos) y no famélicos, como aquellos chavales de la posguerra, hace sesenta años, cuando la cazuela de barro y la cuchara de madera hacían de percusión, a la espera de que la señora Angélica y Teresa la ‘Curina’ dieran la orden del reparto a la chavalería del barrio, para poder llenar la barriga de garbanzos con arroz y sabor a bacalao. Que Dios se lo haya pagado a las dos.

Han sido días de pasión y penitencia (incluida la informática, sin que tuvieran que ver los inexistentes martes 13 o viernes 23, que dicen ser días en los que hay movimiento de virus) para este escribidor de pueblo y no voy ahora a estropearlo todo con las patas de atrás. Por ello, que las tres cofradías bañezanas tengan mi felicitación, con sus correspondientes timbales y cornetines. Y que si alguien lo tiene a mano, declare Bien de Interés Regional nuestra Semana Santa. O, al menos, que rompa el silencio administrativo a las peticiones que se llevan hechas y digan, si tienen salero, por qué no se concede esta petición.

No estés eternamente enojado, perdónalo, Señor.

Al fin y al cabo, estamos ya en la Semana de la Resurrección, Semana de Pascua. Quizá lo que más me gusta de la Semana Santa, de toda la liturgia católica, camino del Domingo in Albis, para que la Junta de Castilla y León no nos deje en idem por más tiempo. Si lo merecemos, porque nos lo merecemos. Y sino, que digan en que se falla. Vamos, digo yo.

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