Jueves 09 de febrero de 2012 | Actualizado a las 15:49 h.
Enamorados
«Galletas de San Valentín, un dulce perfecto para el 14 de febrero»
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Entonces La Coruña era La Coruña, el no va más, la ciudad preciosa, culta, cosmopolita, señorial, con las casas mirando al mar desde sus amplias galerías cerradas con cristales; con calles muy cuidadas y bien iluminadas; con plazas fabulosas como la de María Pita, que tanta gracia y asombro infantil nos producía: ¿María qué…? María Pita, sí hijo, sí, María Pita. ¿Cómo va a ser pita, papá, si pita es gallina, plaza de María gallina…?
La Coruña era un sueño. El «La» la convertía en algo especial, en oropel de lujo, de calidad, que la distinguía y la ensalzaba. Mi padre nos decía: «¿A ver si encontráis una ciudad en España que tenga un nombre tan distinguido, con ese “La” delante…?» Mi hermana y yo venga a buscar, a repasar de memoria, pero sólo nos salía Las Palmas de Gran Canaria, y él exclamaba: «¡Muy bien, muy bien!, pero eso está muy lejos…, y La Coruña está aquí, aquí cerca». En este punto solía intervenir mi madre, animándome a “falar galego”, a cantar aquella canción que tanto nos gustaba: «Mariñeiros de Galicia non choreis nin teñais pena…»
Ahora, La Coruña es A Coruña, aunque hay “moita xente” que la quiere antigua, como antes. Entre ellos, quizá esté Paco Vázquez, el exalcalde que tanto la mejoró y es ahora Embajador en El Vaticano, viviendo –según dicen- entre los cardenales como la amapola entre los trigales, a sus anchas. A él, seguramente, no le hará mucha gracia esa ocurrencia sin sustancia a la que algunos escopeteros se apuntan (con la mirilla desviada), que se anuncia así: «Cambio tesoros del Vaticano por comida para África». Parece ser que no quieren entender el pasado y sus enseñanzas, con aquella funesta y fatal desamortización de Mendizabal. Si son dañinos por naturaleza los radicales libres, imaginemos la maldad que pueden llegar a atesorar, otra vez, algunos anticlericales, libres también, pero con poca sustancia gris en el cerebro…, y no digo más…
A “monseñor” Vázquez, que es católico practicante, le supongo a favor de Galicia bilingüe, y estará sin duda en contra de esos despistadillos que en vez de manifestarse “hartos de la crisis”, dicen estar hartos de “oír hablar de ella”.
A doscientos cincuenta y dos millones de euros asciende la impresionante cifra que los católicos hemos aportado a la Iglesia, vía IRPF. Este récord de solidaridad lo hemos alcanzado en el pasado año, con la declaración de 2008, donde más de nueve millones de declarantes pusimos la cruz donde debíamos.
En fin señores: «Nunca entenderé el progreso si no aumenta la calidad y baja el precio».
Lo escribo con toda burbialidad, como siempre.

