Opinión
OPINIÓN POR LUIS ARTIGUE
Modesto Llamas Gil toda la vida
Cuando te conocí –se pareció al momento en el que, en la novela de Herman Hesse, Demian conoce a Sinclair- no sentí nada especial y ahora me lo reprocho: es lacerante darte cuenta de que una revolución sucede a tu lado sin que te des cuenta. Vengo a resarcirme.
06/11/2013
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LA NOTICIA ILUMINADA DEL DIA

Y es que ahora, mientras permanezco apoyado en un báculo de serenidad y sinceridad para que la emoción me sostenga, pienso en que esta semana se inaugura la exposición de tu vida, una de las propuestas culturales más influyentes y provocadoras de cuantas han tenido lugar en León en la última década (no exagero, lo he vivido, lo sé). Y sin embargo al respecto las magnéticas palabras –ya sabes que cuando escribo llevo el corazón en la mano y tengo miedo a que se me caiga porque mis manos tiemblan demasiado- no empiezan a hablar del virtuosismo de tu pintura, sino que se me escapan en la dirección del sentimiento…

Quiero darte las gracias por los momentos, los cafés, los años, las risas, los museos, las conversaciones y, también, por lo mucho que no sabes que me has dado.

En efecto me refiero a que mi padre es mi estrella polar, pero decir eso es un reduccionismo: uno tiene muchos padres, algunos vivos y otros muertos, y todos ellos son mi estrella polar.

Asimismo uno sabe gracias a ellos que hacer repaso es humillar al tiempo: se empieza desde ahí, desde la memoria, a producir conciencia…

De entre todos los impagables presentes que la vida ha venido regalándome uno de los más hermosos, lo sé desde hace años y soy un cabrón por no haberlo dicho antes, es mi amistad hermosa, prolongada e impagable contigo, Modesto, protagonista de mi primera novela, de mi primera vida...

Tú me enseñaste a apreciar el anhelo de representación triunfal de la pintura. 

Tú me abriste las puertas de un mundo.

Por eso ahora casi ni sé que decir sobre la mirada transitiva de un artista al margen cuya macerada madurez después de ochenta años rebosa más que nunca de estilo, impacto, sutileza, fuerza y magnetismo irradiador… 

Y es que hay cosas que suceden para ser recordadas. 

Por ejemplo las tres veces que has querido retratarme. Lo recordaré siempre. Lo recuerdo. Todo es ahora. Tú mirándome. La vivaz asimetría de mi rostro. El alma resumida en el brillo de los ojos (eres un domador de colores salvajes, porque no renuncias a tu gusto por la inventiva al pintar figura viva, y sé bien que, más allá de toda evidencia impuesta por el realismo, en el lienzo me estás reengendrando: rehaces en conjunto mi semblante sin hacer justicia a mi humana finitud). Oh, sí, es el soplo de la vida en cada gesto de pincel. Un retrato en el que no parece que el estado de ánimo del representador se haya evaporado. Crear, como amar, es extralimitarse. Sí, en la conciliación de los elementos plásticos estoy ya discerniendo cierto amor distributivo que emana de la mirada artística. En el retrato la faz y su interioridad. Un cosmos biológico cifrado en colores. Pero de pronto, tras rebasar las polaridades de la apariencia, te atrapa el estremecimiento cuando, traduciendo el idioma de la piel, logras conectar con mi abismo personal. 

No es frecuente una amistad entre personas de generaciones tan distantes, pero tú en tu obra siempre has sido joven.

Quiero darte las gracias, ya te digo, por algo que comprobará todo el que vaya a ver tu exposición: ¡Que tienes el don de hacer sentir a la gente!

Y acabo quitándome ante tus cuadros el sombrero, ese sombrero negro de terciopelo amable que jamás he llevado, amigo.

Luis Artigue

www.luisartigue.es

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