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Y así lo he visto durante días. Y en alguno de ellos aún peor, pues vino a hacerse lugar propicio donde comprobar el poco respeto que mantenemos a veces por nuestros convecinos y, por ello también, en lugar donde añorar aquellas enseñanzas que tal parece sólo algunos recibimos de padres y maestros y que no eran otras cosas que mínimas, pero esenciales, normas de educación —la que se dice que después pues fue básica y hasta general, pero parece pasada a la reserva, cuando no jubilada del todo— o urbanidad, nunca mejor dicho que en este caso puesto que precisa se hace en medio de la urbe.
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Eso de esperar a que ya que tú estas en parte angosta llegues al ensanchamiento para él, o ella, acometer el tramo, tararí que te vi; o tú no existes, o ellos están solos en el mundo, o, lo que es peor, existes pero eres transparente; con lo cual, acometen marciales el angosto paso y tú, que ya estabas a punto de superarlo, o te perfilas bien y prieto o serás arrollado por el apesadumbrado congénere cuyo destino es mucho más importante para el devenir, o debe ir, de la patria. ¡Ah!, y si acaso hubiera o hubiese un “disculpe”, unas “gracias”, en qué alegría convertirías la acometida. Mas no, a lo sumo, se te lanza una mirada que te solidariza con el andamio, te adhiere a él, quiero decir, te reduce a pieza, vamos, que te cosifica.
Pero también es verdad que cuando te encuentras con alguien bien educado o cortés, y recuerdas el evangélico pasaje de Mateo, 22, 14 (que para algo es el patrón de mi pueblo, perdón, ciudad, capital de principado) o cualquiera de las siempre bienvenidas elecciones democráticas por aquello de “porque muchos son llamados, mas pocos los escogidos”, la alegría, y hasta una cierta esperanza y fe en la humanidad, se multiplica al constatar lo poco que cuesta ser medianamente amable en lo social, un simple cruce en una calle, y cómo se agradece, vamos que en vez de emputecer el ambiente callejero, le hace a uno recordar —y esto sin broma— que aún se nota en la vecindad la cortesía que debió caracterizar la ciudad cuando fuere capital, y supongo corte, del viejo reino.
Es por todo ello que sugiero al siempre poco loado ayuntamiento que en casos similares al presente, en que la normal circulación, tanto peatonal como motorizada, se vea afectada por obras que, de habitual, sirven para el mejoramiento de la ciudad; además de colocar el usual —no en es este el caso— “perdonen las molestias” se tenga a bien recomendar la colocación de otro complementario que rece “esmere su educación y cortesía” y, si se quiere, aunque sea en tipo menor ponga también: “sus convecinos no tienen la culpa”. Lo digo por ver de contrariar a los maestros Karl Kraus (no leer Marx) en su frase: “Educación es algo que reciben los más, que muchos transmiten y que pocos tienen” y Groucho Marx (aquí sí leer Marx) en su “disculpen si les llamo caballeros (y señoras, añado), pero es que no les conozco muy bien”. En fin, que no deberíamos olvidar el embellecedor régimen civil de: “Educación y cortesía, todos los días”. Su carencia es un sapo intragable.
