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Totó no contestó, bastante tenia él ya con dejarse caer sin quebranto sobre las losas de pizarra de la escalera de acceso a la cocina. Suspiró, eso sí, con profundidad mayestática y con ruido, como si quisiera pedir clemencia. Mi madre y yo nos hicimos rápidamente cargo de la delicada situación de los desfallecidos intrépidos hombres de río y, en vez de ironizar con eso de: «que os den de cenar donde estuvisteis trabajando», asumimos con agrado y diligencia la “terapia recuperadora” de los “héroes de la caña”, tan celosamente tratados en este lance por las juguetonas y a veces alocadas ninfas del Burbia, que en aquellas horas de la siesta, vete tú a saber en qué estarían, en qué lujuriosos asuntos tal vez, pues el abundante y resbaladizo “moco de rana” de la “vada”, tenía toda la pinta de ser cosa suya.
Bajé a la bodega por el mejor vino del país, el de casa, y, mi madre, María Pol Rodríguez, tan servicial como siempre, no tardó nada en poner a calentar la “gran olla” de rico caldo del bierzo sobre el fuego rápido de la cocina cara de butano (digo cara para distinguirla de la tradicional económica, ¿vale?). Antes de que empezara a rugir el maravilloso condumio vegetal que tan buenas mozas y mozos crió (como Germán Valcarcel, Fernando de la Torre, Marcelino B. Tabeada, e incluso la joven Fátima López Placer, y los “pipiolos” Amparo Vidal y Santiago Macías), ya estaba la enorme mesa camilla del comedor debidamente “surtida y adornada” con fuente de bacalao al estilo taberna; fuente de huevos cocidos (no pongo duros porque es cursi y feo) bien rociados de pimentón de La Vera y aceite fino de oliva; fuente con pimientos asados recién sacados del bote; fuente con chorizos cocidos y algunas otras menudencias de los “más limpios de la cuadra”; buena hogaza de pan mezcla de trigo y de centeno y, sobre todo, en el centro, una gran ensalada de lechuga rizada de cogollo, bien tierniña y sazonada: sólo faltaba una buena “cachelada” con un exquisito sofrito de cebolla y tocino de panceta, pero no había tiempo…
Al olor de la comida y a la vista del panorama los “desfallecidos” empezaron a resucitar, y bien que se les notaba. Mi padre, en la mesa, tenía un excelente saque; el de Totó y el de Rapa eran de asombro, cosa insuperable. Si lo llegamos a saber antes —aunque lo suponíamos— tal vez los hubiéramos mandado a cenar a su casa…, pero no, el destino tiene estas cosas, y nos maneja a su antojo, como bien se ve, pues la tan prometida cena que iba a correr por cuenta de Totó, acabó corriendo por cuenta de mi padre, de mi madre, y del que esto escribe, o sea yo, que al menos saqué en limpio la “inspiración” para componer este cuento, tan verdadero.
Cuando se come bien y se bebe —si cabe— aun mejor, los corazones sanos y generosos lo agradecen, alcanzan la armonía y la dicha terrenal. La sobremesa fue una de las más agradables tertulias que he disfrutado, digna de figurar entre los mejores recuerdos de juventud. La amena charla, el contraste de pareceres, la discusión serena, sosegada, respetuosa e inteligente, alcanzó límites estratosféricos (que se decía antes), y, dejando en paz lo divino, por excelso, y lo humano, por vulgar, buscamos la virtud práctica y operativa del conocimiento filosófico y matemático aplicado al mundo de la pesca con caña en el río. Aquella noche me di cuenta de lo muy ignorante que yo era y, desde entonces, cada vez que tengo ocasión, “pincho” a cierta gente interesante para que hable y suelte lo mucho que sabe. Es ahora, después de muchos años practicando, cuando de verdad creo tener desarrolladas mis cualidades de observación, armas de doble filo que pueden darme lo mejor y lo peor, pero que merecen la pena.
Aquella noche memorable con los geniales “desfallecidos”, conocí la razón científica por la cual las finas truchas del amado Burbia, cuando pican, sólo lo hacen a mosquito y cebo natural como la “miruca” y la gusarapa…, y también supe la explicación filosófica que lleva a algunas locas, despistadas, a dejarse enganchar a cucharilla…Don Alfredo Cela, aunque tardó lo suyo, había logrado entrar, con buena nota, en la carismática y prestigiosa Orden de Pescadores de la Buena Vista, creada y presidida por el sin igual Mon Cagaleta, genial pensador y gran maestro pescador, que habiendo estudiado en profundidad y con mucho detalle todos los dimes y diretes, oídos y no oídos, del arte de la pesca, había logrado desarrollar su propia teoría y ya contaba por aquel entonces con un selecto y fiel “grupeto” (así lo llamaba él) de seguidores, afanados en poner en práctica y comprobar in situ sus operativos resultados. Yo, como es lógico y evidente, estoy muy al tanto y al corriente de todo, conozco su secreto, pero no sé si acabaré contándolo aquí otro día… (¿Continuará…?)
