Opinión
OPINIÓN POR LUIS ARTIGUE
Lo que mueve el mundo es el amor
Fue Dante Alighieri, mientras poetizaba el cielo y el infierno y la existencia en medio...
04/02/2015
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LA NOTICIA ILUMINADA DEL DIA
...como encrucijada –convirtiendo asimismo su poesía de expresión total de La Divina Comedia en una encrucijada entre dos épocas- quien primero se refirió al amor como “lo que mueve el mundo”.

Desde entonces el amor es una correlato del movimiento, y una metáfora del viaje, y un pretexto para el impulso exterior viajero y el impulso interior creativo...
Fue Dante el primero y ahora es Benjamín Prado.

Benjamín Prado (Madrid, 1961), que en su dilatada trayectoria poética comenzó con un lirismo claramente adscrito a la poesía de la experiencia en su libro Un caso sencillo (Ed. Maillot Amarillo, 1985), apostató pronto de la idea experiencial de que “la originalidad es una superstición romántica” para singularizarse líricamente y pasar así a labrar lo que ya es una de las obras más audazmente reconocibles de la contemporaneidad poética.

Pero su disidencia estética no sólo se centró en empezar a crear una poesía que sí creía en la originalidad, sino que además se apoyó en un canon no sólo hispánico, no sólo figurativo y no sólo métrica y musicalmente exacto, amén de ir forjando un corpus metafórico que bebía no sólo de Gil de Biedma y la Generación del 50 sino también de la poesía del rock, y las vanguardias irracionalistas, y Auden, y Octavio Paz, y la claridad oscura de Rafael Alberti, empeñándose felizmente así en componer poemas con escenografía viajera y personajes invitados en los cuales los versos decantados y cristalinos convivían con los de hechura imaginativamente hermética.

Puede decirse sin temor a equivocarse, al volver a leer poemas como Las calles de Copenhague, Asomado al balcón que soy porque te amo o el Tercer canto a Teresa, que el mundo poético con sello de Benjamín Prado se inauguró en el libro El corazón azul del alumbrado (Ed. Libertarias 1991), y se consolidó por completo en el poemario inolvidablemente mitómano y repleto de hallazgos Cobijo contra la tormenta (Ed. Hiperion, 1995), y en el poemario culturalista, con brillante estructura interna posmodernista, Todos nosotros (Ed. Hiperion, 1998).

A partir de ahí, y siendo ya dueño de un mundo cosmopolita y rico en versos con vocación de cita literaria, y en referencias metaficcionales, y en un implícito sentido de la finura ideológica así como de un lenguaje en perpetua búsqueda de la brillantez expresiva –y por eso profuso en artificios retóricos pero sin duda magnético por repleto de audacia, y de metáforas casi cercanas a las greguerías salvo por la ausencia de humor, y desde luego repleto de mucho poder aforístico expresado con gusto por la anáfora y la enumeración- ha ido intensificando su poesía a un tiempo clara y misteriosa, como bien se puede comprobar globalmente en la recopilación titulada Ecuador. Poesía 1986-2001(Ed. Hiperion, 2002).

Pero en los últimos años, y ya desde el poemario Iceberg (Ed. Visor, 2002) –buen ejemplo es la conmovedora elegía dedicada a la muerte del padre y titulada De qué me sirve ahora-, a todos los componentes ya citados de su poesía se ha incorporado una mayor atención al yo biográfico y al impacto emocional derivado del confesionalismo.

Estos dos componentes estaban ya cada vez más presentes en la obra de nuestro autor en no pocos de los poemas de desamor de su libro Marea humana (Ed. Visor, 2007), el cual, a pesar de ser un libro que en apariencia sólo tipificaba psicológicamente modelos humanos por momentos más que un desahogo biográfico parecía un acto de desnudez extrema, y vuelven a ser parte troncal del libro de poemas de amor y de viajes y de pinceladas lírico-sociales y de revelaciones emocionantes que nuestro autor acaba de publicar, y que lleva el optimista título de Ya no es tarde (Ed. Visor, 2014).

Ya no es tarde, en la intemporal tradición de libros que aúnan el viaje interior y el exterior inaugurada por Homero y revitalizada de modo genial por Dante, es un poemario vitalista, elegíaco por momentos, en el que se da cuenta de los destellos y fulgores de un amor tardío, a la vez que se mira desde la atalaya del sentir al yo interior y al cosmos así, como descollándose al presentar en este mundo actual en decadencia algo insólito, casi inaudito: la felicidad personal y transferible.
Dante, ya se sabe, presentó en su obra maestra una poética –la cual incluía un pensar poético- aguijoneado y embridado al mismo tiempo por los grandes modelos antiguos (Virgilio, Ovidio, Estacio), y del mismo modo Benjamín Prado, a la hora de hablar poéticamente de su nueva Beatriz, no deja de lado los paradigmas que conforman, por así decir, su libro de familia (Ángel González, Edgar Allan Poe, Anna Ajmátova, W. H. Auden, J. R. Jiménez, Borges, etc) para realizar el viaje interior y exterior sin perder de vista a sus celebrados paradigmas.

Se debe también a ese intento totalizador y trascendente de aunar el viaje exterior y el interior esa métrica de BP desbordada, acusadamente anafórica en el primer y último poema de Ya no es tarde, y también esos poemas realistas pero con impregnaciones irracionales constantes que parecen querer decirnos sin decirlo que la felicidad es de por sí eso: un poema en el que el contenido casi desborda a la forma.

Sin embargo, a pesar del lenguaje espectacular, el eterno femenino que aparece en este poemario, representado y encarnado por María (la segunda persona del singular a quien van dirigidos los poemas), se aleja por completo del concepto antiguo y patrístico de la belleza de orden cósmico y del idealizado compendio de belleza y virtud que aparecía en la obra de Dante, para presentarnos ahora un amor inesperado y fermentado y real y maduro hacia una mujer que, lejos de ser un mero símbolo o una alegoría, es una realidad tangible y humanizada que llena de verdad y altura este magnífico libro sin licencia para mentir.

Resulta igualmente destacable el hecho de que, como la Beatriz de Dante promueve en el poeta una forma de mirar que rebasa lo real e impele al viaje, Benjamín Prado mira a María como un modo de mirarse de forma renovada a sí mismo y al mundo, pues la amada no le cierra la visión de sí mismo y de ella sino que le abre al cosmos (a pesar de que en el amor hay tantas veces una tentación de limitarse exclusivamente al ser amado), regalándonos así mediante su poesía una mirada renovada, y totalizante, y lúcidamente celebratoria que añade al conjunto de la obra lírica de BP un componente más que sumar a la elaborada poética del autor, a saber: el elegíaco sentido del poema como himno.

Y decimos que este amor no es exclusivo sino panteísta en el sentido gnóstico porque, de hecho, si Dante persigue a su amada hasta los mismos infiernos, Benjamín Prado, sin embargo, celebra su amor siempre desde el ahora y desde el lado de la vida, y se reencuentra incluso con su otro finado amor, su madre, yendo a ella hasta la muerte en efecto, a pesar de la epatante conmoción existencial, pero también desde el lado de la vida (esto sucede en el que, sin duda es el más vigoroso y mejor poema del libro si se pone en valor la ausencia de teatralidad ficcional y lo espectacularmente bien unida que está la relación expresiva entre el fondo profundo del ser del poeta con la forma que adquiere su brillante autodicción)... Oh, sí, compartir el dolor es también un humanizante acto de amor... Gracias.

Luis Artigue
www.luisartigue.es 

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