Opinión
OPINIÓN POR LUIS ARTIGUE
Lo escribí hace diez años y no lo publiqué entonces… ¿Tiene sentido ahora?
El confeti macabro de las bombas cuando estallan. El pánico ya en flor. Los trenes devenidos en amasijo de hierros y esos cuerpos dispersos con los rostros desenchufados porque ha explotado la vida diaria.
12/03/2014
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LA NOTICIA ILUMINADA DEL DIA

Todo horror deja eco metafórico en la memoria. 

Escucho los teléfonos móviles de los asesinados sonando sin parar. Pies, brazos, manos que algunos voluntarios han ido recogiendo como una madre triste juntaría los trozos de la muñeca que rompió con saña su caprichosa hija... 

Un hito monstruoso quiere manchar de nuevo esas paredes blancas de nuestros hospitales y conciencias pero aún hay enfermeras, médicos, donantes y gente puesta en pie con la mirada rota y las manos dispuestas de nuestros corazones…

Claro que resistimos pero no olvidaremos porque todos los muertos se han vuelto cicatrices del cuerpo colectivo; de la vida global. Mis gafas lloran solas ante el televisor y escribo este poema atormentado como añadiendo así también mi nombre a la lista de heridos. No he apagado la luz por miedo a que la rabia pudiera escabullirse o sólo camuflarse entre mis emociones. Reniego de los libros en los que un día leí que la última estación de tren, la de la muerte, sólo era una metáfora. Salgo a la calle. Callo. Grito. Entiendo –hoy que llueve en León como llovió en Madrid y así unifica la congoja del cielo todas las manifestaciones- que estar vivo, ese agravio comparativo cruel, hoy me duele y me obliga. 

¡Más de doscientos muertos no enterrables que, como una lámpara al final del pasillo, ya embellecen la nada! 

Qué descansen en paz. Nosotros no.

Luis Artigue

www.luisartigue.es

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