Martes 07 de febrero de 2012 | Actualizado a las 09:01 h.
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Leonard Cohen no sólo puso en pie a cuatro mil almas en el León Arena. Las puso a sus pies. Cuatro mil personas no pueden estar calladas todas, sólo cuando Cohen habla, cuando recita, cuando se quita su sombrero. El de este viernes era el primer concierto en España de una gira que este astro ha llevado por todo el mundo y que continuará después de León. Probablemente, la última vez que en el pequeño cielo artificial de un escenario se vuelva a ver su luz.
A sus casi 75 años hizo una esperada aparición dando una carrera escaleras arriba hacia el escenario y, desde lo alto, hasta el centro de la plataforma para saludar a los leoneses y a los cientos de personas que se desplazaron a la orilla del Bernesga desde fuera de la ciudad, de la provincia, de la Comunidad, del país.
Vigoroso. Simpático a su modo. Un poco enclenque. Con una imagen de fragilidad física contradictoria con un espíritu eminentemente sentimental. Hizo suya la música en el concierto de León, la tornó sentimiento y se la lanzó a un público ansioso de Cohen, consciente de que esa podría ser la última vez que iban a escuchar la grave voz del artista.
Esa vez final, iba a ser hace tiempo. Pero a este poeta canadiense de cultura judía y convertido a la filosofía zen, icono norteamericano de una bohemia clásica de sombrero y corbata, las deudas le empujaron a regresar a un escenario que domina igual que domina la palabra. Pero no hay deudas cuando Cohen canta, porque su sentimiento no es del infortunado.
Dando saltitos por el escenario, impropios de su edad y de su apariencia de lasitud, hincó la rodilla al suelo en la Plaza de Toros de León para enfrentarse, cara a cara, a una guitarra, y torear un ‘Dance me to the end of love’, una de sus canciones más populares, y poner a la grada en vilo en un espectáculo de más de dos horas y media de duración.
No defraudó el diestro, que dejó sobre el escenario lo más destacado de la naturaleza de un galán, de un señor, de un caballero. La clase de Leonard Cohen enamoró a quienes no le conocían y asistieron al concierto, y terminó de consagrar en sus corazones a los fans más fieles.

Leonard Cohen, en un momento del concierto del León Arena. (Campillo)
Cohen también sabe quitarse el sombrero
Pocos como él son capaces de reverenciar a sus músicos, excelentes artistas, sombrero en mano. Una leyenda cualquiera de la literatura y de la música no es capaz de abandonar un escenario sin dejar de estar presente, de nuevo sombrero en mano, escuchando con atención los solos de órgano, saxo o guitarra de sus compañeros de escena, ni las apabullantes voces femeninas que le acompañan, en los momentos en los que el turno era de ellas. Y agradeciendo, con una reverencia de ‘gentelman’, la colaboración de sus camaradas. Casi siempre estuvo sobre el escenario. Protagonista a veces, otras no. Pero sólo se quedó vacío cuando él se fue.
A la hora de concierto, una pausa de quince minutos dejó al público a las puertas de lo mejor. De aquella ya habían sonado varias de sus mejores canciones. Pero aún quedaba, por ejemplo, ‘Suzanne’. O ‘Hallelujah’, que puso en pie por enésima vez a una plaza que escuchó de cabo a rabo esa canción sin murmurar, ensimismados. La ovación del respetable duró, incluso, hasta que la siguiente canción había comenzado ya a sonar.
Y García Lorca y el ‘Take this Waltz’ y sorpresa tras sorpresa de un cantante único, de una persona que derrocha una clase que pocos conservan ya. Como él mismo dijo, “sincerely, Leonard Cohen”.

El artista ofreció uno de los conciertos más memorables del coso leonés. (Campillo)
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