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OPINIÓN POR POLO FUERTES
Latines y versos para rezos laicos
La sanidad, ese monstruo descabezado que se encarga de la salud de los españolitos, hay que utilizarla cuando llega el caso...
21/07/2008
CON VENTANAS A LA CALLE
... Hay que disfrutarla entre dolores y risas y hay que padecerla irremediablemente, porque los pacientes nunca seremos personas de carne y alma, sino simples números que bailan en las filas de los ordenadores.

Hace unos días he sufrido una intervención quirúrgica de cierta importancia. ¡Jesús, qué cruz! Tuve la gran suerte de ser derivado desde la sanidad pública a la privada, en un afán de reducir, como sea, las listas de espera. Y digo suerte, porque elegí, sin saberlo, una de las clínicas más importantes de la capital leonesa, la Clínica San Francisco.

A partir de aquí y, una vez completada la primera acción de utilizar la sanidad cuando se presenta la necesidad, me permitió disfrutarla en trato y profesionalidad en el referido sanatorio, a pesar de los consabidos estados de dolor que, en solitario, hay que afrontar. La maestría de los doctores Gutiérrez y Mulero al frente de su equipo de traumatología me encasquillaron de nuevo la cadera derecha. A la vez que una pléyade de sanitarias y sanitarios estuvieron pendientes de mí durante diez días.

De mis desvaríos recuerdo los nombres de Consuelo, Marisa, Patricia, Desi, Ana… Y claro, al volver de nuevo a las garras públicas hube de padecer los consabidos atracones burocráticos y saber lo que es una ambulancia compartida, a toda velocidad, por caminos vecinales cuajados de baches.

Y también me acordé de Dios. Uno, en su anticlericalismo inducido por el Opus Dei, es católico y sobre todo cristiano. Cuando el Vaticano II estaba aún en carnetas, la Obra de Dios me empujó fuera de la iglesia (con minúscula) para mis prácticas religiosas. Y en esas sigo. Por eso, en mis horas solitarias de dolor postoperatorio hube de rezar en latín, recordando mis años de Humanidades en Salamanca y combinar estos rezos preconciliares con versos sueltos de poesías que desde mi tierna infancia han sido siempre uno de los consuelos solitarios, no traumáticos. Como rezos laicos de primera generación.

Me enseñaron a declamar versos y creo ser un consumado lector de toda clase poesía, la que entiendo y la que no entiendo. Como la Música. Por eso, en las largas noches de la Clínica San Francisco, los Pater noster, Ave Maria, Salve Regina, etc., siempre tenían un sitio para recuerdos de Campoamor ("Ese vago clamor de rasga el viento, / es la voz funeral de una campana, / vano remedo del postrer lamento / de un cadáver sombrío y macilento / que en sucio polvo dormirá mañana"), a la muerte de Larra. O unos versos de cuyo autor no tengo ahora noticia, describiendo una cena ("En Jaén, donde resido, / vive Don Lope de Sosa / y direte Inés la cosa / más brava de él que has oído. / tiene este caballero / un criado portugués… / Pero cenemos Inés / si te parece primero. / La mesa tenemos puesta, / lo que se ha cenar junto, / las tazas del vino a punto: / falta comenzar la fiesta…). Y así seguía añorando mis recuerdos de aquel festín gastronómico.

Otras veces los Credo in Unum Deo se entrelazaban con parte de soliloquio de Segismundo de La vida es sueño de Calderón de la Barca: ("Yo sueño que estoy aquí / de estas prisiones cargado / y soñé que en otro estado / más lisonjero me vi. / ¿Qué es la vida?, un frenesí. / ¿Qué es la vida?, una ilusión, / una sobra, una ficción, / donde el mayor bien es pequeño, / que toda la vida es sueño / y los sueños, sueños son").

Pero, como decía más arriba, la sanidad pública también se padece, se sufre. Por mi delicado estado se precisó la presencia de una ambulancia para mi traslado a casa, en La Bañeza. La espera de esta primera intervención motorizada se alargó más de seis horas. Había que compartir vehículo y unos terminaban a una hora y otros a otra.

La experiencia es digna de un ensayo largo y concluyente. La llegada del camillero se notaba por su intenso olor a sudor-cebolla. En vez de meter la ambulancia, sacó la camilla y hubo de subirse la rampa de salida a toda velocidad (con Polo encima) para no perder el impulso, saltando entre los cudraditos antideslizantes. El interior de la ambulancia olía a orines de pa allá de Valladolid. No pude ver a mis compañeros de viaje, porque era el último de la fila, echado, con la exigencia de ser atado, porque no veía muy claro ni seguro mi traslado.

El resto, fue un viaje infernal, con entrada a Antimio (no sé si de arriba o de abajo), por un camino de cabras que hacía vibrar los interiores de la carrocería y sus circunstancias. La ruta siguió hasta Ardoncino por idénticos andurriales, con el mismo temor, y a Bercianos del Páramo. Cuando ya salimos a la C-622, mi rezo laico se fue a unos versos de Blas de Otero (Juicio final) que hace unos años recité en un homenaje a los represaliados del franquismo: "Yo, pecador, artista del pecado, / comido por el ansia hasta los tuétanos, / yo, tropel de esperanza y de fracasos, / estatua del dolor, firma del viento. / Yo, pecador, en fin, desesperado / de sombras y de sueños: me confieso / que soy un hombre en situación de hablaros / de la vida. Pequé. No me arrepiento. / Nací para narrar con estos labios / que barrerá la muerte un día de estos, / espléndidas caídas en picado / del bello avión, aquel de carne y hueso".

La ambulancia que me tenía que trasladar otra vez a León, aún espero su confirmación de hora de salida, después de solicitarla con diez días de antelación. Al final, prefiero versos y latines para andar el camino de la laicidad.

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