Pilar González Hidalgo mantiene que “la paciencia es, sin duda, la gran virtud en los recechos de corzos”. Además, hay que situarse en un sitio elevado, ya que de esta forma se dispondrá “de una observación mayor de la superficie posible del cazadero”, porque, junto a un desarrollado olfato, estos cérvidos de cuernas pequeñas poseen una vista excelente.
Licenciada en Biología, esta leonesa que esconde sus ojos tras unas gafas negras de sol, desgrana las pautas que utiliza para acechar al duende del bosque. Lo explica con esa naturalidad y cadencia en la voz que envuelve a quien conoce de lo que habla. “Lo más complicado –asegura- es el acercamiento, lo que llamamos la entrada”, porque el corzo es un animal esquivo, que permanece quieto en el mismo lugar poco tiempo. “Por tanto, lo primero a lo que tendremos que estar atentos es a la dirección del aire y procurar quedar fuera de su vista”, remacha imprimiendo seguridad a sus palabras. Está acostumbrada a ser ella la que marca las pautas en su trabajo y a decir con determinación: “¡Dispara!”
Su compañera Susana Bayón asiente. Acaba de llegar de Horcadas, en la Reserva Regional de Caza de Riaño. Se incorpora a la conversación contenta, porque después de tres días de rececho, el cazador ha conseguido abatir un venado. “No es un macho medallable, pero se nos ha dado bien y él ha quedado satisfecho”.
Ambas son celadoras medioambientales en León. Pilar tiene su cuartel en Mampodre, Susana, en el sur de Riaño, al límite con la presa. Se conocieron hace más de doce años, cuando aprobaron los exámenes a este puesto de la Administración y las destinaron a la misma zona. Incluso, durante una primera etapa compartieron casa en Valdeluguero, cerca del Puerto de Vegarada: “Había que ayudarse y nos acompañamos en las penas y alegrías, porque, bruscamente, sufrimos una inmersión en un ambiente tremendamente machista”.
Pilar y Susana son las únicas mujeres “guardas de caza” en la provincia de León. La tercera ejerce su cometido en la Reserva Regional de la Batuecas, en Salamanca. Otras dos llevan tareas administrativas o de investigación. Se trata de una cifra sólo testimonial en un colectivo que supera los 120 profesionales en Castilla y León, dependientes de la Consejería de Medio Ambiente.
Ninguna es aficionada a los deportes cinegéticos, ni llevan rifle en su trabajo. “Lo que nos gusta es el monte, el contacto con la naturaleza, realizar censos, hacer seguimiento de las especies que viven en nuestros cuarteles y llevar a cabo tareas de educación ambiental”, proclaman al unísono. Eso sí, son conscientes de ser unas “intrusas”, en una actividad tradicionalmente exclusiva del género masculino y asociada a la virilidad. Siempre ha sido así, hasta en la Edad Media su enseñanza y práctica se convirtió en uno de los pilares principales en la educación de cualquier caballero o joven príncipe. Fallar un disparo delante de una mujer, para más de uno se convierte en una humillación. “Todo son excusas, si me resbalé, la mira andaba mal…”
Coto de hombres
Tras doce años como celadoras de caza, Pilar y Susana guardan mil y una anécdotas que contar. Si ya los propios compañeros las veían como una cosa rara, cuando se incorporaron a sus puestos, “más los cazadores”, explica una de ellas, porque quien dirige la cacería es el celador. “Imagina en esta actividad, atávica y tan exclusiva de los hombres, la cara de sorpresa y a veces de indignación de algún cazador cuando le tienes que ordenar por dónde deber caminar, cuándo hay que parar, otear y, para colmo, eres tú, una mujer, quien autoriza y decides el momento en el que ya puede disparar a la pieza”. En más de una ocasión han tenido que tragar saliva al saber que un cazador solicitó otro celador, al leer en el permiso que figuraba el nombre de una mujer como guía en el rececho. “Esos comportamientos te duelen mucho”, lamenta Susana. Alguno, incluso, lo consiguió. Pero, lo cierto, es que, al final, “en el monte se ve la pericia de cada uno y, normalmente, no surgen problemas”.

Pilar y Susana celadoras de caza en Riaño y Mampodre con una cabeza de venado. (Foto: Eduardo Margareto)
No lo dicen explícitamente, pero de sus palabras se deduce que, a diferencia de sus compañeros, ellas tienen que esforzarse más para demostrar que disponen, al menos, de los mismos conocimientos que el resto de los guardas. “De hecho, a nosotras, nos llegan a indicar por qué no vamos por un determinado camino”, indica Pilar, que añade indignada “si les acompañase un celador, no se les ocurriría sugerir nada”.
Otro de esos momentos de resquemor, lo vivió Susana en sus primeros años en Valdelugueros. Llevaba varias semanas controlando el movimiento de un corzo. “Era un ejemplar muy bonito y de buenas cuernas, fuimos al rececho dos compañeros más y el cazador”. Los otros dos celadores no sabían los hábitos de la pieza. “Yo les llevé y, cuando llegamos al lugar, les comenté el comportamiento del animal, indicando donde se paraba y en qué riachuelo bebía periódicamente”. Esperaron y, tal y como había indicado Susana, el corzo se acercó a ese paraje y el cazador lo abatió, “todo perfecto”, hasta que el usuario sacó su cámara de fotos y dijo: “Susana, sácanos una foto a los guardas y a mí con el bicho”. “Me sentó fatal, cuando era yo la que había realizado el seguimiento”, recuerda esta mujer treinteañera, sin ocultar que tiene un empleo muy duro, con unos horarios difíciles de compatibilizar con otras actividades sociales y familiares. “Casi no puedes relacionarte con nadie y menos con otras mujeres, porque nosotras estamos libres sólo al medio día”.
Madrugones
Las condiciones laborales en las reservas de caza no suelen dar excesivas alegrías a quienes trabajan en ellas. Se levantan antes del amanecer, da igual que llueva, nieve o haga sol, tienen que acompañar al cazador en busca del mejor trofeo posible. Descansan a mediodía y regresan al monte al caer la tarde. No siempre la relación es agradable, pero es la obligación. “Si no surge la conversación, pues vas toda la jornada en silencio”. ¿Una virtud del buen celador?, “sin duda la paciencia, porque después de varias horas de camino, puede ocurrir que el cazador yerre en su disparo y hay que comenzar de nuevo”.
También, hay que aguantar los caprichos, inexperiencia y limitaciones de muchos monteros, “los hay que parecen salidos del escaparate de una armería”, ríe Pilar recordando algunas esperas, porque “la caza, cada vez más, es una actividad social que prestigia a quien la realiza”. No en vano, por abatir un rebeco se pueden pagar más de 2.000 euros, 1.000 por un corzo o un ciervo y hasta 18.000 por un macho de cabra montés, como ocurrió, en 2006, en la subasta celebrada en Riaño.

La celadora de caza Pilar guarda el venado cazado por Luis en Riaño. (Foto: Eduardo Margareto)
Al año, en la Reserva Regional de Caza de Riaño, los celadores participan, de media, en 91 cacerías. No es mala cifra, “porque en cada uno de los recechos se puede invertir hasta tres días”, aclara Susana, que mantiene que “apenas te queda tiempo para la vigilancia”.
Con este ritmo de trabajo, ¿ser madre?, imposible: “¿A quién dejas el bebé a las cinco de la mañana, que es la hora de salir al monte?”, se pregunta una de ellas, además, “ni tan siquiera existe un vestuario de premamá”. Aunque aspiran a disponer de un horario laboral más racional, después de 12 años de servicio en la Administración regional, consideran que ya es hora de que la Junta les dote de pantalones y camisas con hechuras de mujer. “El respeto ya nos lo hemos ganado; ahora queda mejorar, al menos, la imagen exterior y que parezcamos lo que somos: mujeres celadoras medioambientales”.