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Pero… Pero dice mi augur de cabecera, Policarpo Navarro Sánchez, que se le están poniendo malos los ojos a la yegua. “Joder, Carpo, qué eso de los ojos malos a la yegua ni qué niño muerto”. El bueno de Navarro Sánchez me los explica: “Dícese de un feriante que llevó una yegua enferma al mercado y cuando ya casi la tenía vendida, llegó corriendo uno de sus hijos y le dijo, papá, papá, parece que se le están poniendo malos los ojos a la yegua. Y tan malos, cuando llegaron vendedor y comprador, el equino había palmado”, contó mi amigo Policarpo Navarro Sánchez.
“¿Y que tiene que ver la yegua de los ojos malos con estas elecciones?”, pregunté al sociólogo de cabecera.
La disquisición fue larga y contundente. Por ello, voy a intentar resumirla, porque su teoría es clavada al cuento. Lo cierto es que se le están poniendo malos los ojos a la yegua. Léase ayuntamientos, diputaciones, comunidades autónomas y ya no te digo nada el Estado soberano. La crisis los ha dejados (nos ha dejado) a todos para el arrastre. Y la imaginación se ha hecho emigrante y ha viajado a tierras de doña Merkel, Ángela para los amigos, el ángel de las finanzas y la maquinista del tren europeo que va dejando vagones por las cunetas de las vías ferroviarias (Grecia, Irlanda, Portugal…).
Entschuldigen sie mich, mein frau. Perdóneme usted, mi querida señora Ángela Merkel. Pero tenemos la yegua de la crisis en el suelo con los ojos que se le están poniendo malos, muy malos y los candidatos de la campaña electoral recién iniciada, están como locos por hacerse con los gobiernos de los ayuntamientos, de las diputaciones, de las comunidades autónomas. Bueno, de algunas. Y todo ello con las arcas oficiales y particulares secas de euros y céntimos.
Los que entren, los que ganen los comicios el 22 de este mes lo tienen crudo, muy difícil, por no decir imposible. Porque se le están poniendo malos los ojos a la yegua. Tan difícil que aquellos que estén pensando en cosas raras para dar algún pelotazo de tintes corruptivos se van a encontrar con la escoba tras la puerta para cantar aquello de ‘si yo tuviera una escoba’. Y los que vayan de buena fe, con el espíritu de servir a sus convecinos (eso lo dicen todos) no les ha quedado en las bolsas presupuestarias ni para mandar tocar a un ciego y repartir después las coplas por el mercado de las simplezas.
Es lo que hay, amigos. Yo no voy a echar culpas a nadie. Pero es lo que hay. Así que seguid vuestra trayectoria de insultos y paridas al contrario que el que gane sólo le va a quedar la cinta de la inauguración de la salida, para correr a toda pastilla.
O a lo mejor, si vuelve la imaginación del extranjero, de la gran Alemania y la saben camelar suficientemente, vendarle los ojos a la yegua, a lo mejor digo, podemos empezar otra vez. Volver a empezar, todos juntos, sin insultos, sin idealismos caducos, sin trasnochados bandazos de izquierdas y derechas, sin contumelias de la vida de pipas y caramelos. Pero siempre siguiendo el pendón, la bandera de la imaginación al poder, como se dijo un mes de mayo en Paris, hace ahora 43 años.
Entonces, a lo mejor, la yegua vuelve a tener los ojos buenos y se cumple el milagro de aquel feriante que contaba el bueno de Policarpo Navarro Sánchez, para poder darle una patada en el culo a la crisis.
El cinismo también es propio de periodistas y sociólogos de cabecera, no sólo los políticos van a dar ruedas de prensa sin preguntas. No te joroba…
