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Teníamos suerte porque no nos lo impidieron ya que la tierra no era de nadie, era de todos. Al cabo de un tiempo mi instituto creo un pequeño bosque.
El echo se dio a conocer por los medios de comunicación y pronto todos los institutos de la ciudad comenzaron a aplicar el mismo método. Además las redes sociales propiciaron su difusión.
Lo peor de todo es que aquel mismo año tuve que marcharme de la ciudad y trasladarme a otra ciudad por motivos de trabajo de mi padre. Intentaba seguir el movimiento ecologista que se había iniciado en mi ciudad, pero en muchas ocasiones no podía. Me seguí formando hasta que acabe la carrera.
Para entonces había hecho tal número de actos ecologistas que ya no me acordaba ni de los primeros que hice. Recibí mi primer trabajo en Greenpeace y muy orgulloso de ello. Tendría la oportunidad de cambiar las cosas con más fuerza.
Con todos los proyectos dentro de Greenpeace, aquel pequeño movimiento ecologista que inicié en mi ciudad se me fue olvidando. El trabajo era duro, pero la recompensa aun mayor. Sin embargo el destino, Dios o la misma casualidad me llevo a una ciudad con motivo de una conferencia política-ecologista.
Resultó que en aquella ciudad estaban hablando de los minibosques y su preservación ya que un constructora quería hacer unas residencias allí. De repente nombraron mi ciudad como cuna de nacimiento de los minibosques. La chispa del recuerdo vino a mi memoria. Todos los demás pensamientos se fueron difuminando y solo quedo aquel movimiento ecologista. ¿Como es posible que se me hubiera olvidado con todo lo que ha supuesto?
Fui inmediatamente al hotel en el que me residía, preparé la maleta y cogí el primer vuelo a la ciudad donde se inició todo.
Llegue a la hora de comer y me dirigí rápidamente a la casa de mis padres, la casa que me vio crecer. Comí allí y después de comer y hablar con mi familia, rebusque en mi habitación para encontrar aquella hoja que me dio la idea de lo que ahora llamaban minibosque.
Pedí permiso al responsable del minibosque para colocar aquel folio junto a un árbol y me concedieron el permiso. Pasee por él durante casi dos horas hasta encontrar el árbol que lo inicio todo, el árbol que yo planté. Lo miré, lo observé, lo abracé y lo sentí. Fue magnifico. Era como reencontrarse con un viejo amigo. Coloque junto a él una vitrina con la hoja de papel que inició aquel movimiento ecologista extendido hacia otras ciudades.
Pase unos días más allí y luego marché, pero esta vez marchaba con un sentimiento impregnado en mi corazón y proveniente de uno de los seres vivos más extraordinarios de este mundo.
Allí, junto a aquel árbol, quedaría la hoja de papel que iniciaba el Discurso del método de Descartes y que decía así: El buen sentido es lo que mejor repartido está entre todo el mundo, pues cada cual piensa que posee tan buena provisión de él, que aun los más descontentadizos respecto a cualquier otra cosa, no suelen apetecer más del que ya tienen.
