Opinión
OPINIÓN POR LUIS ARTIGUE
La Policía Nacional de San Andrés del Rabanedo me ha hecho sentir vergüenza cívica
De Torrente el brazo tonto de la ley uno se ríe con ganas...
28/01/2015
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LA NOTICIA ILUMINADA DEL DIA
...no impelido por las neuronas pero sí desde el estómago porque se trata de ficción, mera ficción para masas descerebradas, o circunstancialmente descerebradas, pero pocas veces reparamos en cuanto hay en ese cine de desolador espejo de la realidad.

En este sentido, y si es cuestión de confesar, confieso que mi primera experiencia con la policía fue con Scotland Yard gracias a Agatha Christie y sus novelas sobre los casos del flemático detective Hercules Poirot, y mi primera experiencia, más cercana, con la guardia civil, aparte de lo que vieron estos mis ojos en la calle de las trotamundos de alterne de Villalobar, fue gracias a las novelas abarrotadas de tipismo de Manuel Vázquez Montalban protagonizadas por Pepe Carvalho, pero mi epatante primera experiencia con la policía nacional de la comisaría de San Andrés del Rabanedo (León) fue ayer, debido a que dos adolescentes me robaron el cochecito de bebé de mi hija mientras ésta jugaba en el parque infantil del centro de Trobajo del Camino (sepa el respetable que desde hace unos años, a falta de una comisaría, en el municipio de San Andrés del Rabanedo tenemos dos, policía municipal y policía nacional, y, según suele comentarse por aquí, tal reduplicación quienes más la han notado no son los delincuentes sino los camareros de los bares).

Este relato empieza cuando llamamos por teléfono a la policía.

En efecto telefoneamos a la policía nacional para informar del robo pretendiendo que persiguieran a las dos amigas de lo ajeno, pero hete aquí que el agente que le coge el teléfono a mi anonadada pero paciente mujer –es psicóloga y está acostumbrada a bregar con los delirios- le dice que antes de nada tenemos nosotros que ir a comisaría a poner una denuncia.

¡Y la ficción sobre policías se me viene abajo por el peso de la realidad!

Sí, entonces empiezo a intuir, aunque aún no lo quiero creer, que nuestra policía no se parece tanto al inquisitivo y sagaz Hercules Poirot como al retesteronado Torrente.

Y aquí, en este punto, se llena de acción en este relato.

Vamos a comisaría mi suegra y yo –mi mujer se quedó con la niña pero consideró que yo no debía ir sólo, que alguien debía defenderme (ya he dicho que es psicóloga), y a tal misión defensiva mandó a su septuagenaria madre-, y empezamos contando allí lo que acababa de ocurrir. Sí, cogí yo la llamada –me confirma un agente tosco con amplias entradas y barba de tres días a lo George Michael del pueblo llano-, ¿quieres poner una denuncia? No, creo más bien que los ciudadanos concienciados debemos mantener, con instituciones como la policía, una actitud de alta exigencia constante por el bien de la calidad de nuestra sociedad y nuestra democracia, y por eso he venido primordialmente a poner una reclamación… ¿Que quéééé?, repuso en un tono tan grosero como una secreción truculenta, pasando al instante a torpedearme con réplicas carentes de autocrítica y sobretodo de tacto, de etiqueta, de saber estar y de decoro (recordé entonces –qué peligro tiene la memoria fotográfica- una cita del rey de la novela policial, Raymond Chandler: “a menudo en esta ciudad los policías, porque llevan arma, sienten la inconsciente necesidad de demostrarte cada vez que hablan que desde luego no son de los que son capaces de fisionar un átomo”)… Era inútil cualquier intento de diálogo: ese agente, donde yo decía reclamación, él entendía agresión.

En ningún momento nuestro uniformado George Michael, al encontrarse con dos ciudadanos que deseaban formular por escrito una queja para que los mandos evaluadores supieran lo ocurrido y así la calidad del servicio mejorara, se preguntó si algo había hecho mal o si podía mejorar en algo, sino que se empeñó a voz en grito en callarnos la boca. La demagogia se alió con la testosterona. Y yo flipando. Y mi suegra ni digamos.

Sus voces alertaron a otros agentes que salieron de los recovecos de la comisaría y vinieron a sumarse al coro de voces y argumentos que demostraban que ellos lo hacían todo muy bien y se evaluaban con muy buena nota a sí mismos, y no teníamos de qué quejarnos. Y ahí, amparados en el corporativismo y la razón uniformada y armada, que diría Francisco Umbral, vinieron ya las exageraciones exentas de la más mínima sutileza: “¿vosotros es que habéis venido aquí a decir que os ha robado la policía?”…

Mi suegra, una anciana de envidiable dinamismo, no salía de su asombro, cuando de pronto uno de los agentes, uno con el pelo blanco alborotado como un Albert Einstein suburbano, pronunció, también a voces, una frase digna de ser bordada en un almohadón: “esto lo cortaba yo ahora mismo y los echaba de aquí con dos cojones”… Vale ya, me aventuré a decir, yo sólo quiero poner una reclamación por lo que me ha pasado y me está pasando con ustedes…

Nos invitaron entonces a acceder a una sala de espera, supongo que porque estaban demasiado ocupados como para dar prioridad a reclamaciones, en la cual permanecimos más de una hora. Finalmente mi suegra, flipada, harta, ya que pertenece a una generación que ya no está para guerras ni paces me dijo que quería irse, y lo entendí.

Fue llevarla a casa ya que ya era de noche, volver a la comisaría sólo a completar el acto de poner ésa, ahora, más necesaria reclamación, y resulta que acababa de tener lugar el cambio de turno, y ya no había ningún agente de los que anteriormente tanto había “disfrutado”.

A los verdaderamente amables agentes del nuevo turno, les pregunté: ¿qué hay que hacer para poner aquí una reclamación? Respuesta: en esta comisaría hay agentes y personal administrativo, pero las reclamaciones las llevan los administrativos y sólo están por las mañanas de nueve a dos…

¿Entonces por qué nos tuvieron esperando en una sala los “encantadores” y “profesionales” agentes del turno anterior?

Esa puntiaguda pregunta no verbalizada me hizo sentir vergüenza cívica.

Qué extraña es una ciudad pequeña como Trobajo del Camino en la cual la reduplicación de comisarías no logra evitar que se produzcan robos en los parques infantiles a plena luz del día, pero sí consigue que dos ciudadanos lleguemos a sentir vergüenza cívica…

El tiempo siguió su curso y la vida su cauce. El robo ya era lo de menos.

Al llegar a casa mi hija ya estaba dormida pero mi mujer, que sabe leer mi rostro y reconducir mi existencia con su sonrisa de luna menguante y su ironía que bien sé que es una forma superior que en ella ha adoptado la ternura, antes de que yo dijera nada me susurró al oído: “tranquilo, esto no es nada: ya verás cuando los policías sean los de la ESO”…

Este relato autobiográfico termina con una una alegría que ni los ladrones ni la policía me pueden quitar.

Luis Artigue
www.luisartigue.es 

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