|
|

A lo largo del mes de octubre, en las reuniones domingueras, en la que los ‘mayores’ (17 años recién cumplidos) analizábamos las noticias que traían los periódicos de aquel entonces, la Gripe Asiática era casi monográfica en la asamblearia tertulia. Más que nada porque, con este tema, se ‘olvidaba’ hablar de otras politiquerías prohibidas a carta cabal (más o menos, como ahora con la crisis que nos arropa).
Hasta que llegó. Aquello era una epidemia (después supimos que se llamaba pandemia porque en todo el mundo se estornudaba en la misma clave) con todas las de la ley. Las bajas (a la enfermería) se multiplicaban cada día, mientras los galenos que venían de fuera del colegio se las veían y deseaban para poder atender a todos los alumnos y profesores que caían en la tentación de la fiebre, la tos y el estornudo. Los dormitorios corridos de los ‘pequeños’ se convirtieron en sanatorios de esputos. Y algunas de las clases de los ‘mayores’ sirvieron para dividir a peques y mayores. 400, 500, 600, 700 enfermos. Y todos, a la vez. Eso sí que era una pandemia en condiciones.
En pie, sin síntomas de caída, quedamos unos 50 alumnos y algún prefecto o profesor. Bajo la prescripción de los médicos que quedaron también exentos, ese medio centenar de inmunes nos convertimos en enfermeros y auxiliares de enfermería. Lo mismo servíamos las comidas (aunque había mucha dieta de abstinencia de solo pan y agua) que preparaban las monjas de la cocina que no entraron en la pandemia; o administrábamos sulfamidas sobre unos organigramas que un profesor de matemáticas nos había confeccionado.
Pero aquello no bajaba. El estornudo estaba a la orden del día. Con batas blancas que cada día nos ponían el torno del refectorio las monjitas, comenzábamos nuestra tarea sanitaria. Había días que encontrabas alguna cama vacía, cuyo usuario había iniciado el camino de algún hospital salmantino, para iniciar un nuevo tratamiento más agresivo. Hasta que esos centros hospitalarios se abarrotaron y, entonces, hubo que habilitar uno de los dormitorios corridos para los más graves. Sobre todos aquellos en los que se detectaba una enfermedad de corazón o de pulmones, a poco que se le empezaran a poner los labios morados. Mal asunto. Oye.
Fue un mes de noviembre (y parte del de diciembre) terrible. Como uno de los mayores inmunes a la gripe que llegaba de Pekín, de Hong Kong, a mí me tocó atender a los más graves, a los que ya no pudieron acoger los sanatorios charros. Con bata blanca impoluta cada mañana. Pero sin mascarillas ni dios que lo fundó.
Y llegó el momento de la penicilina. En la vida había puesto una inyección. Aunque sí sabía los procedimientos y protocolos por haberlos visto en casa, donde mi madre siempre estuvo delicadina. Casi me olvidé hasta del camino a la Pontificia y de las asignaturas de filosofía de aquel curso simpar. Había que luchar contra la Gripe Asiática.
Y allí estaba yo clavando inyecciones a casi un centenar de graves, sin poder descansar de mi nuevo oficio de picador (o banderillero, quién sabe), dado que la penicilina había que inyectarla cada tres horas y aquello era un sindios de cargar las jeringuillas (estrechas como los primeros bolígrafos que empezaban a llegar) y nalga va y nalga viene. Cada dos noches te turnaba alguno que había aprendido, como yo, el arte del pinchazo, para poder descansar con un mínimo de tranquilidad. Como aprendiz de galeno puedo decir que no hubo bajas (meses después sí: un chico de cuarto de Humanidades y un profesor, por complicaciones irreversibles). Hasta que acabó todo el tinglado que hace dos años supe que, técnicamente, se llamaba AH2N2, cuando hubo otro conato de gripe asiática, con el apodo de aviar.
La inmunidad ha durado casi toda mi vida. Hasta hace unos años, cuando decidí dejar de fumar (un hábito que había adquirido desde mi tierna edad). Y, hala, gripe cada año. Y, algunos, dos gripes. Hasta que consulté con mi amigo y compañero de redacción en La Crónica. el tío Ful (en leonés Fulgencio Fernández), doctor en medicina y pediatría, junto con un curso de verano en veterinaria. “Normal”, me dijo el sabio de Cármenes. “Cuando fumabas estaban las defensas vigilando tu inmunidad, como en un castillo con león rampante en las almenas (por lo de leonés). Dejaste de fumar, y estas defensas empezaron la tocarse la breva a su libre albedrío. Ahí está el detalle”. Entonces le pregunté si tendría que volver a coger el pitillo y el mechero. “Hombre, no jodas, hazte persona de riesgo y vacúnate, que algo hace”. Y así lo he hecho desde hace… Unas veces cuadra y otras no. Como la Parrala.
Pero esta pandemia de ahora, proveniente de México, parece ser una trinchera más para que los gobiernos del mundo mundial se puedan esconder de la crisis económica y del paro, que una gripe como mandan los cánones (si hubiese cánones para esto). Vamos, creo yo. Que de eso sé por experiencia. ¿O no?
