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NOVEDADES 
La medicina del futuro
Una bola de cristal llamada material genético
Ricardo Puente 17/01/2012
![]() Esta obra revisa de forma optimista cómo el conocimiento de los genes ayuda al diagnóstico y prevención de las enfermedades. |
El lenguaje de la vida
Francis S. Collins
Editorial Crítica. Barcelona, 2011
364 págs. 26 €
La teoría es sencilla. Todo lo que es un ser vivo se reduce a la interacción de dos factores generales. El primero es el conjunto de genes que lo constituyen: si fuera una máquina, serían los planos que permiten construirla.
El segundo es el ambiente, tomando esta palabra en su sentido más amplio. Lo que nos rodea modula la manifestación de los genes y produce un determinado funcionamiento, una apariencia concreta y, cómo no, más o menos desgaste en el organismo.
Uno y otro configuran un resultado. Por ejemplo, aunque nuestros genes nos doten de la posibilidad de ser altos, si no nos alimentamos adecuadamente quizá nuestra estatura no sea elevada. Tal vez gozemos de una destacada capacidad mental para la escritura pero, si nadie nos enseña a leer, jamás seremos capaces de manifestarla.
El libro que comentamos aquí lleva este principio hacia su vertiente médica. Casi todas las enfermedades tienen un componente genético y otro ambiental. En unos casos, domina el primero; en otros, el segundo, pero la combinación de ambos determina si, al final, se padecerá o no una dolencia concreta.
Hay personas cuya genética les hace más sensibles a los fallos cardiacos; otras, a este o aquel tipo de cáncer o las enfermedades de Parkinson o Alzheimer. Si pudiéramos echar un vistazo a nuestros planos individuales, tal vez seríamos capaces de cuantificar nuestro riesgo relativo y, en su caso, tomar medidas: algún cuidado especial con la dieta, la toma de un medicamento preventivo o la revisión rutinaria y frecuente para localizar un tumor incipiente y eliminarlo antes de que se extienda. Muy bonito pero, ¿es factible? Ahora mismo, la respuesta es un sí, aunque con reparos.
Desde hace más de medio siglo, conocemos la estructura del material genético, que es una larga molécula llamada ADN con forma espiral y cuya estructura codifica los genes. En los últimos años se ha conseguido la lectura completa de nuestro ADN en una interesantísima investigación que ha recibido el nombre de proyecto Genoma Humano. Gracias a ello hemos comparado las diferencias entre unas personas y otras, y establecido que ciertos cambios en esa molécula suponen la aparición de enfermedades concretas o, al menos, una posibilidad mayor de padecerlas. Por tanto, quien examine sus genes puede conocer si se sitúa en un grupo de riesgo con respecto a una dolencia.
El autor, Francis Collins, no es un don nadie. Estuvo directamente implicado en la decodificación del genoma humano y es uno de sus más entusiastas defensores. Esa actitud positiva se nota en este libro divulgativo en el que explica las nuevas posibilidades médicas que se abren ante la gente normal.
Toca, además, otros aspectos que se alejan de lo meramente terapéutico, pero que resultan extraordinariamente interesantes. Entre esos temas tangenciales destaca lo discutible que es dividir a los humanos en razas desde el punto de vista de la genética. Además, repasa la influencia de los genes en nuestra inteligencia, orientación sexual, tendencia a convertirnos en criminales, a sentir afanes espirituales y otros aspectos sutiles.
Aunque el tema presenta algunas facetas complejas, el texto es lo suficiente claro y didáctico para que un lector medio no se sienta perdido. Collins se esfuerza en llegar a un público amplio e introduce numerosos casos reales, ejemplos y conductas a seguir, además de utilizar un lenguaje claro y con pocos tecnicismos.
Es, por tanto, un libro recomendable para el público general, para cualquiera que desee saber por dónde va a discurrir una rama de la medicina que intentará combatir las enfermedades antes de que se manifiesten.
Sin embargo, no debemos ocultar que ésta es una visión optimista, posiblemente en exceso, del futuro. Muchos científicos consideran que, a día de hoy, el proyecto destinado a determinar el contenido del genoma humano, apenas ha ofrecido ningún resultado práctico y se muestran escépticos sobre el futuro inmediato. Aunque ahora conocemos mucho más de nuestros planos, seguimos sin saber cómo funcionan, la manera en que interactúan los genes para dar un rasgo medible. Dicho de otra manera, hemos conseguido deletrear el texto de un idioma del que no entendemos más que alguna palabra suelta.
El autor no niega las limitaciones actuales, pero las ve en positivo y piensa que en poco tiempo las venceremos. Tampoco oculta que desvelar las debilidades potenciales de un individuo puede marcarle ante la sociedad con un estigma si se divulga la enfermedad que posiblemente manifestará. ¿Cuál será la actitud de una aseguradora ante un cliente con alto riesgo de enfermedad cardiaca? Otra cuestión. ¿Merece la pena conocer que tenemos un riesgo elevado de padecer una enfermedad grave para la que no existe cura? Collins piensa que una legislación adecuada prevendrá abusos y valora más positivamente los beneficios que los posibles riesgos.
Si todo en esta vida tiene dos caras, no cabe duda de que “El lenguaje de la vida” nos describe el aspecto amable de la investigación de nuestro material genético. Es muy importante tenerlo en cuenta cuando se lee pues, insistimos, no todos los expertos ven colores tan hermosos y algunos de los atractivos ejemplos aportados por este libro presentan, desde otras perspectivas, aspectos menos alentadores.
En cualquier caso, es imposible negar algo. Collins mira en una dirección hacia la que antes o después la sociedad acabará moviéndose. Puede que sea en cinco, en cincuenta o incluso más años. Seguramente, muchos no se sentirán a gusto con el nuevo rumbo pero, con una probabilidad altísima, es allí hacia donde vamos. Y, aunque sólo fuera por eso, éste es un libro que merece la pena ser leído.
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