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OPINIÓN POR JUAN GARCÍA CAMPAL
La ladrona de flores
Ya hace una semana que asistimos con mayor o menor sensibilidad...
19/01/2010
DEL CUADERNO CASI DIARIO
...-hay espíritus para todos los gustos y todos los ascos- a un nuevo desmán de la que a veces llamamos madre naturaleza. Mala madre donde las haya. Incomprensible resulta verla cebarse, una vez y otra, con los más débiles. La tragedia que viven estos días los haitianos nos conmueve el ánimo y hasta posible es que nos haya hecho mover algo más material y adhesivo, dinero. Esto, nosotros. Los Estados del mundo movilizan personas y recursos y dan muestras de una solidaridad envidiable para momentos, si bien menos aparatosos, no más justos que también afectan, y de continuo, a seres humanos. Los mismos haitianos, por ejemplo. Las ONGs cumplen nuevamente su función de ocuparse, con nuestra cooperación, de solidarizarse con las víctimas en uno u otro caso, de ayudarles a remediar, en la medida de los posible, la injusticia que, de normal, los Estados, con nuestra complicidad también, permiten.
 
Pero ya hace una semana. Un poco más y la herida de nuestra capacidad de emoción será cauterizada. Otro poco más, e incluso nos puede llegar a resultar molesta tanta sobredosis de cruel realidad. Recordemos que ni una semana hemos tardado en llamar saqueo y bandidaje la desesperada búsqueda de algo que comer -algo hacemos tres veces al día-, de un poco de agua que beber -algo hacemos siempre que se nos apetece y a veces sin ganas por aquello de adelgazar-, de cualquier cosa que les ayudase a sobrevivir en un estado de miseria aún mayor del que les es cotidiano. Qué deforme es nuestra óptica, cómo nos acaudalamos de nuestra sagrada idea de propiedad, de negocio, de posible riqueza. Tanto, que aún sabiendo que nos sobrevivirá le ofrecemos tiempo, esfuerzo y vida, cuando no hasta la conciencia.
 
Lo confieso, la primera vez que tras las duras imágenes oí hablar de pillaje y saqueo y me pregunté qué haría yo en esas circunstancias inhumanas a extremo, me vi siendo uno de ellos, de los saqueadores, de los bandidos. Qué podría perder, qué ganar. No tanto, no, sólo resistir, sobrevivir un poco más, y en qué condiciones. Que vergüenza ver sin embargo cómo ese bandidaje, ese saqueo, es llamado negocio, lucro legítimo, cuando son nuestras adoradas instituciones financieras -bancos, cajas y demás entidades usurarias- quienes se benefician de la alícuota de nuestra ayuda. Ver para creer, o tener fe en la cosa del dios dinero y sus misterios.
 
También me sirven estas catástrofes, naturales, para humanizar lo poco, si algo, que me queda de la idea de dios. Me lo humaniza, sí. Me lo humaniza pues veo como él también viene a cometer infracciones morales, pecar que dicen, por omisión. Si me olvido de la omnipotencia a él atribuida, siento lástima de él, lo supongo mejor que yo, lo supongo más conmovido, sufrimiento puro, inmenso, inconsolable; si no la olvido, si presente la tengo, de él reniego, me da asco, lo condeno, lo niego.
 
No obstante siempre hay algo, un crimen, alguien, una víctima en particular, de 15 años y de nombre Fabienne que me regresa a la parte más cruda de la realidad. Aquella que por encima de la naturaleza y sus crueldades, de dios y sus despistes, me enfrenta a lo que es nuestra humanidad y lo que de ella hemos hecho, hacemos, lo que con ella llegamos a hacer.
 
Fabienne
, les recuerdo, 15 años, resistió al terremoto del martes, pero ayer se le ocurrió, seamos civilizados por favor, presuntamente, robar tres cuadros de flores. Atentó contra el orden y, claro, éste, o uno de sus celosos guardianes le descerrajó un tiro en la cabeza.
 
Véanla ahí tendida, muerta. ¿A quién se le ocurre desestabilizar el sistema, el orden, la miseria? Eso es lo que en realidad somos, conservadores del orden, por más que sepamos de su injusticia.
 
 
Yo, que no me permito suponer en los demás más maldad que la que sé me habita, me niego a pensar que Fabienne buscase el lucro, si legitimo o no a la conciencia de cada cual lo dejo, con su botín, si es que botín era. Prefiero pensar que llenos sus ojos, sus sueños, ¿porque tendría sueños no?, sus 15 años, de realidad, llevaba esos tres cuadros, dos ya por siempre ensangrentados, para aliviarse, para mirarlos y convertir la posible belleza que reproducían en bálsamo para su alma, para su realidad, para no renunciar a la búsqueda de la belleza, de la felicidad, de la vida. O quizá no, quizá no fuera todo tan romántico. Quizá sólo quisiese mercar con ellos y enriquecerse, y comer, y beber, y ser una niña de quince años, y saber que se llamaba Fabienne y que tenía derecho a ser y vivir como vive mi hija. Pero claro, se olvidó del orden de los Estados y éste se le impuso.
 
Fabienne no había leído a Manuel Vicent en su Mastines, no sabía que en el fondo el Estado sólo es una organización, cada día más costosa y compleja, para que los pobres no maten a los ricos.
 
Yo, consentidor, acaso ya rendido, me consolaré hoy por la muerte de Fabienne, compraré flores, las contemplaré y lloraré más que por Fabienne por mis rabias y vergüenzas, por sentirme parte de algo que permite que se le descerraje un tiro en la cabeza a una niña de 15 años por haber robado, presuntamente, tres cuadros de flores.
 
Ustedes perdonen.
 
 
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