LAS PAREDES HABLAN
OPINIÓN POR DAVID FERNÁNDEZ
 La hora de los valientes
Si no hemos llegado al punto crítico…
12/02/2013
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EL PODER DE LA PALABRA
 … donde no queda más remedio que tomar decisiones importantes y de calado trascendente, debemos estar muy cerca. La sociedad española, todos nosotros como país, como tripulación de un barco único con un destino común estamos ante un modelo socio-administrativo totalmente agotado, el cual, urge modificar.

 Muchas veces son las que se ha pronunciado por varios personajes relevantes la palabra “regeneración” en estas semanas, pero sin entrar en más profundidad, sin sumergirse ni atreverse a lanzar a la sociedad una propuesta íntegra de renovación. ¿Realmente no saben que mejoras acometer o es que su verdadera voluntad es una oposición férrea a cualquier tipo de alternativa que considere un cambio en la situación de la balanza del poder, actualmente ostentado por el poder político en detrimento de la ciudadanía?

 La transformación más importante y más apremiante, porque es la que nos afecta a todos y porque es la manera en la que organizamos nuestra convivencia y desde la cual emanan todas las demás reglas de las que nos proveemos, es la reforma de la administración territorial y de los poderes públicos (legislativo, judicial y ejecutivo).

 El modelo que rige actualmente la ordenación territorial y administrativa de nuestro país, que fue creado y aprobado hace más de treinta años, es un modelo que, a pesar de ser altamente alabado y aplaudido, ha sido, en parte, un sonoro fracaso. En pro de la convivencia y de la transición pacífica hacia un régimen democrático, España se dotó de una Constitución que organizaba el país de una manera ineficiente (e inviable) en términos económicos, que fomentaba el odio, las desigualdades y el enfrentamiento entre comarcas o regiones y que otorgaba el poder de una manera casi absoluta a un sistema de partidos en alternancia que hacía inevitable que tras el curso de unos pocos años la mayoría de las administraciones olieran a lo que hoy huelen por la falta de ventilación.

 Por tanto, España necesita dotarse de una nueva estructura territorial que sea no solo viable, sino también eficiente, si queremos que la mayor parte de nuestros recursos como sociedad no se vayan por el desagüe y seamos competitivos en una economía ya totalmente global en la que se compite a todos los niveles. ¿O acaso pensáis que una administración pública ineficiente e inviable no influye en la competitividad de nuestras empresas, y por tanto de las posibilidades de empleo, riqueza y prosperidad de cada uno de los españoles? Afecta, y mucho.

 Propongo un ejercicio matemático como respuesta a esta cuestión. Hagamos la fórmula matemática de nuestra estructura territorial. Empecemos por las comunidades autónomas, con sus parlamentos, gobiernos, consejos, asesores, empresas públicas, estructura adjunta de chupópteros, y un largo etcétera. Ahora todo ello lo multiplicamos por diecisiete, que son cada una de las comunidades autónomas que tenemos en este país. Ahora sumemos concejales, sociedades públicas de gestión, mancomunidades, comisiones, y otro largo etcétera multiplicado por un porcentaje elevado de los más de ocho mil municipios que tenemos en España. Y como parte final de la fórmula sumemos consejos comarcales, cabildos, decenas de diputaciones, juntas vecinales, concejos y una larga lista de denominaciones diferentes porque en España cada zona tiene su aquél. ¿Necesita España, un país de extensión pequeña, de población de tamaño mediano, una estructura como esta? ¿Somos los españoles de a pie tan tontos que necesitamos tal número de gobernantes? La respuesta parece ser que sí. O quizás es lo que nos quieren hacer ver, que la respuesta no es otra que un sí implacable.

 La obviedad, la razón, la eficiencia económica y sobre todo el sentido común nos dicen que este modelo debería ser reformado para obtener como resultado una administración pública simplificada, eficiente y que ayude, en vez de entorpecer el desarrollo de sus ciudadanos. Para ello, y aquí lanzo mi propuesta, yo establecería en primer lugar la reordenación de municipios para conseguir que todos tuvieran, al menos, una población de cinco mil habitantes. No es ningún disparate, en todos los países de Europa se ha realizado este proceso desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Alemania con más del doble de población tiene la misma cantidad de municipios que España. O en Francia podéis ver carteles con nombres de localidades unidas por un guion, que no es otra cosa que la representación de la unión de dos municipios. Posteriormente dotaría unas diputaciones sin apenas poder político que simplemente dieran cobertura sobre determinados servicios que son insostenibles por municipios de tamaño medio o pequeño, tales como bomberos, policía municipal o servicios similares.

 Pero donde está el verdadero meollo de los problemas de nuestro país es en el pozo negro y oscuro que representa las comunidades autónomas. Quizás ellas sean el fracaso más estrepitoso de nuestra democracia. Estructuras que fueron creadas para, por este orden, dar satisfacción a los que quieren destruir nuestro país, para acercar y hacer más eficiente la administración al ciudadano, para quitar esa imagen de centralismo histórico del gobierno de España y porque lo que se llevaba era la descentralización. No solo no han cumplido esa misión sino que han ahondado más en cada uno de los problemas que intentaban solucionar.No se ha conseguido acomodo para los que quieren destruir España, más bien ha aumentado su malestar (claramente auto-provocado). Verdaderas castas de políticos regionales, que pagamos todos los españoles, que se dedican a insultar al resto de españoles, a justificar actos terroristas o a ultrajar objetos comunes como nuestra bandera, himno o historia común y a promover privilegios y desigualdades para según qué regiones. Tampoco se ha conseguido hacer una administración más eficiente y cercana al ciudadano. Al contrario, solo ha conseguido sumergir a la administración pública española en una maraña de leyes, jurisdicciones competenciales y peleas de gallitos que solo conllevan la zancadilla al ciudadano de a pie. Por último, tampoco ha conseguido una descentralización, sino más bien una desorganización de nuestra administración.

 Mi propuesta sobre las comunidades autónomas es clara y rotunda: sobran. Sobran por las razones ya expuestas y por muchas más que convertirían este texto en cuasi eterno. Y sobre todo sobran porque si no se acomete una acción sobre ellas van a traer más problemas y muchos más gordos en el futuro para todos y cada uno de nosotros. Los españoles no necesitamos toda esa parafernalia regionalista de pandereta que solo sirve para esquilmarnos económicamente, para generar agravios entre españoles y para dilapidar nuestros impuestos en absurdas chorradas que solo sirven para llenar el papo de algunos políticos sedientos de protagonismo y para llenar sus vidas de un heroísmo patriotero que, por lo visto últimamente, además conlleva un enriquecimiento pecuniario de los susodichos y de toda la gentuza que anda a su alrededor. Y es que ser héroe de la liberación de un pueblo oprimido, amigos, es algo que tiene que tener su remuneración… alta, por supuesto.

 Hay que devolver la razón y el sentido común cuanto antes a la forma de organizar nuestro país porque actualmente es ingobernable e inviable. Si a ello le sumamos otra serie de cambios y reformas, de las que hablaré en sucesivos días, como la reforma de la ley electoral o la del poder judicial, será mucho más fácil que no haya corrupción, que tengamos menos impuestos, que sea más fácil la vida del día a día, que nuestras empresas tengan más margen de maniobra y sean más competitivas, que haya más empleo, que haya más prosperidad y que haya menos odio y desigualdades entre ciudadanos de un mismo país. La mejor época es la actual, con un gobierno con amplio respaldo parlamentario, con un alto poder municipal y autonómico y sobre todo, creo que sería así, con un amplio respaldo ciudadano. Porque los ciudadanos somos bastante más sensatos de lo que nuestros dirigentes nos quieren hacer creer. Solo falta un poco de voluntad política por parte de nuestros dirigentes y, sobre todo, valentía porque la tarea es encomiable. Que ello no sea una excusa para flaquear o renunciar. Ejemplos de tareas encomiables conseguidas abundan en nuestra historia. Y sobre todo, no se debe renunciar porque la recompensa es una sociedad con posibilidad de tener ilusión y esperanza, los motores que impulsan el futuro de una sociedad.

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