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Tenía que ser en Ponferrada, y en Ponferrada fue. Desde arriba, desde lo más alto, desde El Castillo, bajaba cada mañana mi Diosa; cruzaba el Sil y, siempre por la acera de la derecha, yo salía a su encuentro desde la academia Centro Ágora, en la avenida de José Antonio, esquina con las Huertas del Sacramento.
Quince gozosos años disfrutaba mi primer divino amor, que estudiaba en el Colegio de las Alemanas. Recuerdo muy bien, con exactitud reverente, su falda azul tableada, muy larga, por debajo de sus rodillas…, ¡oh milagroso regalo!, pues para mí se la recogía en su fina cintura, por debajo de la chaqueta de punto, también azul, de cinco botones, sobre su blanca camisa inmaculada. Así, con su audaz inocencia, me mostraba generosamente los magníficos centímetros de sus esbeltas y preciosas piernas…
La Diosa del Cúa tenía el pelo castaño claro, muy claro, casi rubio; y lo lucía liso y largo, dejándolo caer sobre sus tiernos hombros y sus bonitas orejas que, no sé por qué, a ella le parecían un poco grandes…
Han pasado los años, muchos tal vez, y el poeta sigue acordándose de sus hermosos ojos de gatita blanca… Ojos claros, muy claros, transparentes en su forma directa de mirarle, de sonreírle siempre…
La Diosa del Cúa y Él, ¡parece mentira!, tenían una cita de amor para las Fiestas de San Roque en Caucabelos, pero no sé qué pasó, y no se vieron más… Nunca más volvieron a verse…
Confieso que, en mi desolación, postrado en su recuerdo, algunas veces llegué a dudar, pero no, no es posible que mi divino amor, mi dulce Diosa del Cúa, fuera en realidad la Virgen de la Encina…
