|
|
Como siempre, Juan Eslava Galán nos adentra en la historia- ya lo dejó escrito en su día Arturo Pérez Reverte- con amenidad y con una extraordinaria, abundante y rigurosa documentación que, como quizá es su principal virtud, ni siquiera se nota. Todos los hitos, todos los hechos, todas las claves de aquella década que transformó para siempre España de una forma tan radical como vertiginosa, se desvelan con un torrente de información y documentación contrastada y con fotografías de aquella época, a través de una narración que, una vez más, su autor aliña con un penetrante sentido del humor como sólo quien lleva tantos años utilizándolo como un maestro es capaz de derrochar.
Pone Eslava Galán en marcha su particular máquina del tiempo el 20 de diciembre de 1973. Aquel día, el almirante Luis Carrero Blanco, “cara de gañán, cejas frondosas, abrigo gris cruzado”, acaba de oír misa y comulgar. A sus sesenta años, el presidente de Gobierno, que un Caudillo deteriorado física y mentalmente había nombrado para ayudarle a llevar “su pesada carga”, se sabía albacea político de Franco. Como cada mañana, el almirante se dirigía en su Dogde Dart oficial a la sede de la Presidencia de Gobierno. Pasa a las 9,28 h a la altura de la residencia de jesuitas del número 104 de la calle Claudio Cuello y “un volcán estalla súbitamente bajo el pavimento”. El coche se eleva a más de veinte metros de altura y en una pirueta imposible sobrevuela el tejado del edificio.
Este fue sin duda un hecho histórico que condicionó todo lo que iba a suceder en España a partir de entonces. Y lo que sucedió es que, mientras desde Radio París. ETA se responsabiliza del atentado, entre la población comienza a cundir el mismo pánico que el que se extiende por despachos oficiales y salas de banderas y los izquierdistas significados hacen las maletas a toda prisa. Las dos Españas asimilan la noticia. Los cristianos de derechas se consuelan pensando que recién comulgado “el almirante habrá ido directamente al cielo, sin trámite alguno”. Los progres “se lamentan de coña recordando que el almirante fue Premio Nacional de Literatura en 1947, '¡Una gran pérdida para las letras hispanas!'”. El príncipe don Juan Carlos detrás del armón que transporta el féretro, “como Gary Cooper en 'Solo ante el peligro'”.
Con ese 20 de diciembre de 1973 como punto de partida, el autor comienza su certera descripción de la realidad española de aquel tiempo, ayudándose como en otras ocasiones, de sus entrañables personajes. Personajes ya familiares que transitan por las páginas de esta saga, como el cura don Próculo, los pícaros Medio Peo y Burro Mojao, Pepe, el de la Barbería el Siglo o el constructor, importador y falangista Chato Puertas y su secretaria Puri, a la que le puso un ático con vistas al Retiro. Por cierto, que el hijo del Chato, Paquito López Corral, le ha salido un rojeras que milita en el PCE y junto a su amigo Pepón Ramírez, no le da tregua a la “vietnamita”, la multicopiadora que ocultan en un retrete. Y es que, “fenómeno notable”, en las universidades, “los hijos de los que ganaron la guerra se pasan al enemigo con armas y bagajes”.
La pregunta era obvia: ¿Qué ocurrirá después de Franco? El análisis de Eslava Galán, una vez más, certero: “Los extremistas de izquierdas sueñan con barricadas, los de derechas, en borricadas, pero esta vez la sangre no llegará al río porque entre ellos ha crecido, una clase media mastodóntica”. Pero nadie es ajeno a la necesidad del pluralismo político. Los que están cerca del poder se la cogen con papel de fumar”. Los que están lejos son “más propensos a llamar al pan, pan y al vino, vino”. Los que están a medio camino “pretenden reformar el sistema desde dentro”.
El autor lo resume perfectamente: “Es ley de vida: el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. El muerto Carrero. El vivo, Torcuato Fernández Miranda, consciente de que más le vale ir acomodándose, siempre que pueda mantener “un decente vivir sin dar golpe”. Es decir: “A ver, ¿dónde hay que firmar?”. Y Franco que entrega la vacante presidencia del Gobierno al único candidato que le queda, Arias Navarro, conocido en sus tiempos como “Carnicerito de Málaga”.
Chato Puertas lo ve claro: Franco contaba con Carrero para continuar su obra. Carrero era el valedor del príncipe Juan Carlos y el que metió al Opus Dei en el Gobierno. Pero a Arias no le hace gracia el Príncipe y los falangistas y la gente de El Pardo lo desprecian como a un niñato.
Mientras, los ciudadanos siguen con sus vidas. En la memoria anual del fiscal del Tribunal Supremo se lee: “Lo que antes era repudiado por la sociedad encuentra hoy en esta un embotamiento de la conciencia que muchas veces la lleva a inhibirse del reproche social”. Gran verdad, en las playas españolas “una de cada cuatro mujeres usa bikini, especialmente las más jóvenes y algunas, cuando toman el sol boca abajo ¡se desatan la cinta que se lo ata por la espalda!”, advierte en la Junta de Censura otro viejo conocido de los lectores de Eslava, el padre Centelles, consciente de la cantidad de divisas que pierde España con tanta gente que va a Perpignan a ver “El último tango en París”, antecedente que alertó a los cineastas patrios y propició la aparición del “destape”. Tanta apertura y tanto conformismo gubernativo acaban mosqueando a la España de los valores eternos que ve incrédula como incluso un proyecto de reforma del Código Civil concede a la mujer casada los mismos derechos que al marido.
Y a todo esto, Franco comienza a notar molestias en su pierna derecha. El Caudillo, que “nunca ha estado en un hospital como no fuera para inaugurarlo”, termina ingresado. Flebotrombosis iliofemoral y el primero de una serie de graves encontronazos que el autor rememora entre Vicente Gil, “Vicentón”, el médico de Franco, y su yerno, Cristobal Martínez Bordiú, marqués de Villaverde, también conocido como “el yernísimo”.
A Franco le quedaban quince meses de vida. Un periodo que Eslava Galán reconstruye desde todos sus ángulos rememorando las luchas internas por el poder dentro del Régimen: las maquinaciones de la propia familia y los íntimos de aquel “Franco, ya en plena chochez”; analizando la posición de don Juan Carlos, del que se decía que parecía “algo alelado, como si le faltara un hervor”. Recuerda también como los distintos grupos opositores, los de la Junta Democrática, eran un “verdadera jaula de grillos” y cómo ETA seguía echando leña al fuego con atentados como el de la cafetería Rolando, en la madrileña calle del Correo. Destaca asimismo Eslava la tremenda importancia que tuvo el congreso del PSOE celebrado en Suresmes en el que los socialistas sevillanos se alzan con el santo y la limosna, y eso que “cabían en un taxi”, y advierte también como en medio de todo esto, entra en el Gobierno Antonio Herrera Tejedor, “un extraño híbrido que por una parte es falangista y por otra supernumerario del Opus Dei”, que tiene un plan para el que cuenta con “un chico guapo como un galán de cine”, Adolfo Suárez, para que aglutine los poderes fácticos del franquismo y la sucesión de don Juan Carlos a la muerte de Franco. Y nos cuenta el autor como el rey Hassan aprovecha la coyuntura para montar la Marcha Verde y, por supuesto, relata la enfermedad y agonía del dictador que llega a su fin a las 3.20 h de la madrugada del 20 de noviembre de 1975. Arias lo anuncia en televisión: “Españoles... Franco ha muerto”. En la dos Españas unos se alegran y otros lloran, pero todos se preocupan. En la barbería El Siglo los chistes se suceden: “Llega Franco al cielo y le dice a san Pedro: 'Abre, que soy Fran'. Y san Pedro lo corrige, 'Querrás decir Francisco'. Y dice Franco, 'No, sólo Fran, el cisco lo he dejado ahí abajo'”.
En las tapias del cementerio de Cádiz amanece una pintada: “Franco se ha aparecido a Dios” y al día siguiente, la capilla ardiente del Caudillo se instala en el Salón de Columnas del Palacio Real. Una cola de 20 kilómetros aguarda para despedir al cadáver. El día 22, las Cortes se engalanan para proclamar al nuevo rey con la única, y atronadora, ausencia de don Juan de Borbón, “que sigue empeñado en que su hijo le ha usurpado la corona”. Don Juan Carlos, “sólo como la una y algo envarado e inseguro, como si quisiera estar a mil leguas de allí”, pronuncia un discurso en el que se nota la mano de Torcuato: “La institución que personifico integra a todos los españoles”.
El 23 de noviembre Franco descansa por fin en la basílica del Valle de los Caídos. Como explica el autor, muerto Franco y entronizado Juan Carlos, lo natural sería cambiar el Gobierno, pero Arias se considera albacea del Caudillo y ni se lo plantea. Pero el monarca tiene a Torcuato y “el maquiavelico Torcuato conseguirá que el Régimen, convenientemente anestesiado e hipnotizado, se practique el haraquiri. 'De la Ley a la Ley. Vuestra majestad firme lo que le pongan por delante. Luego se desactiva y en paz'”. Es ley de vida, “Franco se ha mudado de El Pardo al Valle, y nosotros debemos mudarnos de la democracia orgánica a la democracia sin apellidos”.
La política comienza a disputar al fútbol las charlas de café y los quioscos se llenan de didácticas publicaciones como “¿Qué son las asociaciones?” o “¿Qué es el socialismo?” que disputan su espacio a revistas como Interviú porque “España se ha puesto cachonda y tras la penosa travesía del desierto franquista con aquellas rígidas normas morales impuestas por los obispos pacatos y retrógrados con la connivencia del Régimen, la ciudadanía está tan sedienta de carne que se ha desbocado sobre el abrevadero del sexo (metafóricamente hablando)”. Otra vez las dos Españas. Por un lado publicaciones como El Tocón, El Decamirón, Matarratos o El Ligón, por el otro Mundo Cristiano, El Adalid Seráfico o Reinado Social del Sagrado Corazón de Jesús. Sin salir de los quioscos, el cambio de la dictadura a la incipiente democracia barre a los anquilosados periódicos del Movimiento. Sobre las cenizas de Arriba, El Alcázar, Lanza, Patria o Solidaridad Nacional, surgen rotativos progresistas como Diario 16, Avui o El País. Y todas estas publicaciones las compran los españolitos de a pie con las primeras monedas de don Juan Carlos en las que, por cierto, mira al izquierda y no a la derecha como hacía Franco.
Y los políticos a lo suyo. “Carrillo pasa la frontera caracterizado de señor respetable en un enorme Cadillac regalo de Ceaucescu, la entreverada calva disimulada bajo una peluca que le da calor además de cierto aspecto de maricona vieja”. Arias soporta mal la crispación del país que pide “¡Amnistía y libertad!”. Torcuato y el Rey afanados en hacerle la cama al presidente del Gobierno. “Torcuato le sugiere al Rey desatornillar a Arias del asiento y sentar a Suárez”, por mucho que los que sonasen fueran Fraga y Areilza. Suárez por su parte es dúctil, simpático, habilidoso y además, guapo y honesto. Tiene todo lo que le falta a Torcuato y Torcuato tiene todo lo que le falta a Suárez, “que es muchísimo”. Torcuato lo tiene bien meditado: “Yo le cocino los platos y él los sirve”.
Así las cosas, “pasarán los días (los meses y los años) y no se producirá la vuelta de la tortilla ni el ajuste de cuentas que unos esperaban y otros temían. Llega el momento de “la milagrosa ascensión de Suárez” al poder. Don Juan Carlos le llama y “con ese humor borbónico tan suyo, le putea un poco” antes de darle la noticia: “Te quiero pedir un favor: que seas presidente del Gobierno”. Suárez se puso manos a la obra y habla con Felipe González y Santiago Carrillo para explicarles que su plan, que es el de Torcuato, pasa por aprobar una reforma del Código Penal para legalizar los partidos, promulgar una amnistía para los presos políticos y redactar una Ley de Reforma Política.
Toca entonces tranquilizar a los militares. Suárez les explica su proyecto de reforma, les dice que les necesita y que el PCE nunca será legalizado. “El charlatán les vende la manta”. Después llega el debate en las Cortes del proyecto de la Ley de Reforma Política y finalmente “el Régimen se suicida con pistola de plata”. Tras el referéndum para aprobar la Ley, Suárez se envanece, “empieza a pensar que el mérito es sólo suyo y
tiende a olvidar todo lo que le debe a Torcuato” mientras los periódicos hablan de “Supersuárez” aprovechando que “Superman” es la película de moda.
“La fortuna favorece a los audaces” y a pesar de que con sus reformas aceleradas podía haberse dado un batacazo, a Suárez la jugada le sale bien y el 9 de abril de 1976 “el sábado de gloria es de brindis y bufidos”. El PCE es legalizado.
Nos vamos de elecciones. Suárez necesita un partido que las gane y nace lo que Eslava denomina “UCD, sociedad limitada, una amalgama oportunista de docena y media de partidos de centro y derecha, cada cual liderado por su barón correspondiente”. Ya está la transición encarrilada. ¡El 15 de junio de 1977 a las urnas! UCD gana con el 166 diputados y el PSOE queda segundo con 118.
“Suárez oculta sus carencias tras un disfraz de dinamismo” y da rienda suelta al “entusiasmo autonómico” cuando recibe en La Moncloa a Tarradellas, anciano presidente de la Generalidad Catalana , que en octubre podría gritar alto y claro “Ja soc aquí”; Fraga presenta a Santiago Carrillo en el club Siglo XXI; los pactos de La Moncloa se apuntalan; el ministro adjunto para las regiones, Clavero Arévalo, diseña el mapa autonómico conocido como “la tabla de quesos”; “la montaraz y barítona Massiel separa sus muslos portentosos y alumbra un hijo del socialista Carlos Zayas; y la pornografía inunda el mercado. Sólo han transcurrido dos años desde la muerte de Franco, pero España ha cambiado tanto que sólo unos miles de nostálgicos acuden al Valle de los Caídos el 18 de julio para recordar al Caudillo.
Pero no todo es euforia. En Enero de 1978 ETA y el GRAPO llevan ya 94 asesinatos, casi todos de militares, y por si fuera poco aparece el FRAP con otros cuatro, civiles esta vez. “Los militares están muy descontentos con la democracia. Quitando a los traidores de la UMD (Unión Militar Democrática) y a los vendidos a Suárez, como el general Gutiérrez Mellado, al que ha hecho vicepresidente primero del Gobierno, casi todos verían con buenos ojos un golpe militar como el de 1936”, rememora el autor. Lo más urgente es dotarse de una Constitución democrática que será votada el 6 de diciembre y aprobada con el 89,9 % de votos favorables.
En 1979 hay elecciones. El recuento trae pocas sorpresas: UCD y el PSOE se mantienen, el PCE avanza menos de lo esperado, Coalición Popular (antes Alianza) se hunde y “a los políticos les da por quitarse las caretas y mostrarse tal cuales son”. Alfonso Guerra dice que “el pueblo español se ha equivocado” y Tierno Galván que “las promesas electorales no son para cumplirlas”.
Adolfo Suárez, confía en su buena estrella, pero ésta ya no brilla El ambiente político se caldea cada día más. En el capítulo titulado “Acoso y derribo”, Eslava Galán cuenta como Suárez monta una crisis y Felipe, dispuesto a no concederle tregua presenta una moción de censura. “Ni Suárez soporta la democracia, ni la democracia soporta a Suárez”, sentencia Alfonso Guerra. Derechas e izquierdas están de acuerdo en largar al presidente.
En aquellos días de 1980, en círculos políticos es corriente hablar de un posible golpe de Estado y se hacen quinielas sobre el cuándo, el cómo y el quién, si golpe militar duro o si blando con predominio civil y apoyo militar. Generales preocupados visitan a don Juan Carlos, lo sondean. ¿Y Suárez? “Suárez es ya un cadáver político que como un autista no capta los mensajes del Rey, que desea que dimita. Y no solo el Rey. Casi todas las instituciones (políticos, financieros, obispos, empresarios, prensa) y su propio partido quieren que dimita”, escribe el autor.
Entre los muchos turbios secretos de la Transición que desvela el libro esta lo sucedido en Lérida, el 22 de octubre de 1980. En un céntrico restaurante, almuerza el gobernador militar de la plaza, general Alfonso Armada, con dos líderes socialistas, Enrique Mújica y Joan Raventós, y les explica que lo que se necesita es un “Gobierno de salvación presidido por un militar o un civil de prestigio”. Un “golpe constitucional”. Por cierto que el autor recuerda como andando el tiempo, Múgica reveló: “Y es entonces cuando el gilipollas de Joan Raventós le dice a Armada: ‘¿Qué civil? ¡Lo que necesita el país es un militar, además esa persona tienes que ser tu’”.
Así llega 1981, el año del “tejerazo” se estrena con malos augurios. Cuatro asesinatos de ETA, que se suman a los 93 del año anterior, estimulan el ya tradicional ruido de sables. El ministro de Defensa, Rodríguez Sahagún, nombra al general Armada segundo Jefe de Estado Mayor. “La llegada de Armada a Madrid es señal evidente de que el Rey le va a dar la patada a Suárez de un momento a otro. Pero pagado de su dignidad cesárea, el presidente se adelanta a la real maniobra y dimite”, apunta Eslava.
Suárez propone para sucederle a Leopoldo Calvo-Sotelo, “un hombre opaco, hierático, de escasa fotogenia”, tal como lo describe el autor que pone en boca de uno de sus personajes , refiriéndose al futuro inquilino de La Moncloa, “¡Qué gran presidente se ha perdido Dinamarca!”.
Y llegó “aquel famoso febrero que será la culminación del caos político de los meses precedentes”. Y llegó el día 23 que Juan Eslava Galán aprovecha para escenificar un antológico y “absolutamente imaginario” coloquio entre los leones del Congreso, Benavides y Malospelos, que se inicia con un “Me duele España” y un “¡Toma, y a mí!”. Y dentro del Congreso pasó lo que pasó. “¡ Otro golpe de Estado! Llevamos ya casi doscientos desde que estamos aquí”, exclama el indignado león Benavides. Y ese golpe, que tuvo lugar tanto dentro como fuera del Congreso, lo narra magistralmente y casi minuto a minuto Eslava Galán, si bien aclarando que a ello le habría ayudado mucho tener a mano las 92 horas de grabaciones con contenidos “muy preocupantes” de lo que se habló aquel día desde los teléfonos del Congreso, “pero resulta que las han extraviado, o eso dicen”.
UCD entra en pleno proceso desintegrador y así, aguantando el tirón de la por entonces llamada neumonía atípica -aquella que provocó aquel “bichito de tan poca entidad que, si se cae de la mesa, se descalabra”-, se llega hasta junio y se apruebanla Ley de Divorcio mientras el país discurre hacia sus próximas elecciones y “La década que nos dejó sin aliento” hacia su fin.
En los nuevos comicios se produce el gran vuelco de la tortilla nacional: El PSOE de Felipe 202 diputados, la AP de Fraga 102 diputados, UCD , con Landelino Lavilla 14 diputados, el PCE 4 diputados, la aniquilación de Carrillo, y el recién estrenado CDS de Suárez 2 tristes diputados.
Cuando Alfonso Guerra levanta la mano de Felipe González en la ventana del hotel Palace se abre otro capítulo de la historia de España. Fue en aquellos días cuando el propio Guerra dijo aquello de “vamos a dejar a España que no la va a conocer ni la madre que la parió”. Quién sabe si tal vez, la próxima vez que Juan Eslava Galán ponga a funcionar su particular máquina del tiempo literaria, tengamos la suerte de que sea esa la historia con la que continúe deleitando a su legión de lectores.
