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OPINIÓN POR BEATRIZ SAN MILLÁN PÉREZ
La caza de brujas fumadoras
El día 2 de enero dio comienzo la caza de brujas contra los fumadores...
11/01/2011
LA NARANJA MECÁNICA
...Los no fumadores, que son unos intolerantes, se alegraron infinitamente y sacaron a relucir en su sonrisa dos pequeños y brillantes colmillos. Se iban a poner las botas recriminando y hostigando a las pobres víctimas fumadoras.

Esto es lo que debió pensar alguno cuando, por ejemplo, le estampó la botella o el vaso en la ceja al dueño del bar que le recordó la nueva ley. Parece que esta ley, que prohíbe fumar en los bares, anuncia un Apocalipsis. También, cuando se prohibió fumar en los hospitales y demás sitios públicos hubo protestas y desacuerdos.

Ahora, ¿quién se imagina fumarle en la cara a un enfermo cuando antes era lo normal? Nadie se lo planteaba entonces. Es lógico que los fumadores protesten ante lo que consideran una restricción de sus derechos. A nadie le gustan los cambios y menos cuando nos perjudican. Todo es cuestión de tiempo y parece que en diez días la catástrofe ya sólo es incomodidad.

Los vínculos que se establecen entre el fumar y los bares o discotecas son muy fuertes. No es sólo la costumbre tan arraigada de café-cigarro sino, también, otra a la que no concedemos tanto valor que es la compañía-cigarro. Estos vínculos se establecen porque son fuente de bienestar y de placer.

Placer tanto por el momento agradable que aporta como por el alivio de la necesidad de nicotina. La adicción al tabaco tiene muchos componentes, no sólo la nicotina. Se trata casi de una forma de vida. Es un hábito tan asumido como el comer o el dormir. El efecto de la nicotina dura alrededor de 45 minutos y no todo el mundo siente la necesidad de fumar en ese período de tiempo. Por eso, las razones debemos buscarlas más allá. Cambiar un hábito resulta muy difícil pero no es imposible. En este caso, con bastante esfuerzo se conseguirá.

Los no fumadores tendrán que aguantar toda clase de improperios y que se les responsabilice de esta ley tan “sádica”. También, es cierto, que es mucho mejor tener paciencia hasta que los ánimos se calmen.

Por un lado, para una persona que ha de cambiar su hábito va a ser muy difícil y va a estar muy tensa durante un tiempo. Por otro lado, esa tensión irá dirigida hacia quien se cree que es el culpable de la prohibición. Después de tanto tiempo, esperar un poco más no lleva más que al beneficio mutuo. Pensemos, por un momento, en nuestra costumbre diaria favorita.

Si nos la quitan nos sentiremos a disgusto y sólo podremos pensar en ella, lo que nos pondrá más nerviosos. Si alguien nos lo restriega, encima, nos enfadaremos. De esta manera, será mucho más difícil olvidarnos de nuestro hábito. En cambio, si nos sentimos comprendidos ante el esfuerzo que nos supone, es posible que nos adaptemos mucho más rápido porque nos sentiremos más capaces.

Probablemente, muchos pensarán que ya bastante paciencia han gastado y que los fumadores han tenido mucho tiempo para irse acostumbrando. Yo me sumo a sus voces. Pero, pensándolo fríamente, prefiero echarle paciencia durante unas semanas y disfrutar de mi aire limpio sin tener que oír despotricar al de al lado sobre los no fumadores durante meses y meses.

También, sé que si me prohibieran comer chocolate dentro de un mes no me iría acostumbrando sino que aprovecharía a comerlo hasta el último instante. En este caso, además, el hábito de fumar tiene consecuencias para aquellos que lo han padecido obligatoriamente durante tanto tiempo. Muchos de los fumadores no ven que cuando fuman también lo hacen los que están a su lado. Los efectos para la salud del fumador pasivo están más que demostrados. A veces, los ejemplos absurdos son los que mejor se entienden y es que a nadie le gustaría que un cocainómano le metiera el rulo en su nariz.

La gran desventaja que tienen los fumadores es algo que se podría convertir en la gran ventaja de esta situación si se tomaran otras medidas. Como consecuencia de la nueva norma mucha gente dejará o, al menos, se planteará dejar de fumar. La restricción es perfecta en un tratamiento para eliminar el hábito o lograr el fumar controlado. Uno de los elementos clave en este tipo de procedimientos es la restricción de zonas donde se puede fumar.

En estos lugares (bares, cafeterías, discotecas…) es donde más difícil se hace su cumplimiento como parte de un programa terapéutico. La obligatoriedad pone en bandeja su cumplimiento y ayudaría a la consecución del objetivo en aquellas personas que así se lo plantean. El problema es que no todo el mundo puede acceder a estas terapias. Aunque hagamos un cálculo de lo que un fumador se gasta en tabaco al mes, a veces, un tratamiento de estas características resulta más costoso.

En mi opinión, junto a esta ley se deberían haber ofrecido unos recursos no sólo médicos sino también psicológicos. Así, se daría el empujón final a aquellos fumadores que quisieran ahorrarse entre 100 y 300 euros mensuales de media en paquetes de tabaco. Pero ya sabemos que esto sólo beneficiaría a quienes desean pasar a la orilla no fumadora.

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