Opinión
OPINIÓN POR LUIS ARTIGUE
La bruja de la calle La Rúa (dedicado a Nicolás Miñambres)
La bruja de rostro graso y obsesa de los pormenores que, después de comer, pasea mientras le habla al chihuahua que porta en brazos sobre su exmarido comparándole con más de veinte animales de charca, y, en la tarde-noche, echa la buenaventura en la Calle la Rúa no es una farsante, sino una visionaria.
16/10/2013
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De mañana trabaja como contable en una asesoría fiscal pero después de las ocho, al agüisquecer, se cambia de falda y de peinado como quien se trasplanta otro cuerpo, se maquilla igual que un gamberro de alegría destrozona haría una pintada, ahorra en la factura de la luz encendiendo esotéricos velones de diferentes colores en casa y obtiene un sobresueldo utilizando la imaginación. 

No sé a ustedes pero a mí me reconforta con la utilidad de la ficción, y también con la veracidad de los brotes verdes de la economía, saber que hay gente capaz de inventarse una forma de ganarse la vida: ella –en sus ojos la sed de sentido y la minuciosidad de quien observa trabajando los detalles- adivina el futuro de la gente que no soporta su presente; ella escucha, y entretiene, y guía, y consuela, y pone vendas a los corazones que no se comprenden a sí mismos igual que un psiquiatra de herboristería; ella fábula como un contador de historias autodidacta que con su literatura entrega lo que no tiene, ya ves.

La esquizofrenia de la realidad es aprovechada por pícaras sin lazarillo como ella que, a cambio de no pocos billetones resobados, hacen trabajos de amor, y quitan el mal de ojo, o fabrican maleficios, y amuletos, y demás asuntos más o menos ilógicos que bien pueden considerarse metáforas de alta resolución. De hecho si hay quien se crea que el hombre ha llegado a la luna, que Bin Laden está muerto y que Michael Jackson al final era blanco, por qué no van a creerse que ella, con las gafas de cerca puestas, ve el futuro en una bola de cristal como si fuera una ciudad reflejada en el agua de su río: se trata de aprender a mirar.

La bruja de la Calle La Rúa, a la postre también sacamancaduras y fitoterapeuta experta en pócimas sinérgicas que equilibran el cuerpo astral y ayudan al drenaje emocional, está a medio camino entre el bien y el mal, la noche y el día, la carne y el pescado –se sitúa exactamente en ese espacio inquietante que Julio Cortázar llamó "lo normal maravilloso", y nuestros políticos ultraconservadores denominan "el centro"-. 

Hace siglos el clero trataba de exterminar a las brujas heterodoxas precisamente aquí, al final de la calle la Rúa, en los Autos de fe de esa sucursal de lo fantástico que es la Plaza del Grano, pero en la sociedad de hoy no hay Autos de Fe porque las herejías e irrealidades forman parte de lo que se entiende por normal (de hecho ahora el clero, las brujas y los contadores de historias nos hacemos la competencia al comerciar todos con lo fantástico; con el más allá).

Así hoy en día para muchos lo real resulta una dictadura y  a casi todo el mundo está harto de lo posible, y por eso a no pocos les inquieta y atrae lo sobrenatural, lo teológico, mistérico, lo poético, la adivinación y la fantasía.

Y precisamente debido a esa inquietud tenemos todos tanta expectación por el futuro y lo desconocido: de hecho a causa de tal fascinación existe el hombre del tiempo, y los economistas expertos en los movimientos de la bolsa, y los corredores de seguros, y los tertulianos, y las monjas de clausura, los astronautas y tantas otras personas respetables cuya forma de ganarse la vida, mirada desde afuera, parece exotérica. ¡Debe ser que estamos ya acostumbrados a lo sobrenatural!

La Historia podría en parte definirse como un perpetuo acostumbrarse a convivir con lo fantástico. 

De hecho si,al albur de tal afirmación, creen ustedes que estoy loco y se ríen de las brujas, los contadores de historias y los curas, nosotros nos reímos de quienes se creen que existen los satélites, y la terapia antiestrés, y el Premio Nobel de la Paz, y los virus mutantes de gripe aviar, y el Carbono 14, y el lavavajillas con bioalcohol o el yogurt con elecaseimunitas.

Estamos rodeados de magia, de fantasía posmoderna, e incluso la tenemos asumida. Hasta creemos que un váter colgando del techo de un museo de arte contemporáneo es arte, y tenemos fe en las encuestas, los meteorólogos y en los nutricionistas de herbolario que hablan por la radio.

Antes había duendes y ahora famosos que salen en los programas reality. Antes se usaban pócimas y brebajes alquímicos y ahora tenemos viagra, prozac, leche semidesnatada con calcio y mercromina: avanza la tecnología pero la magia y lo fantástico prosigue entre nosotros aunque no nos demos cuenta. 

Y eso no es nada, ¿han visto últimamente el Telediario? Nuestros gobernantes dicen que pronto podremos hacer viajes de fin de semana a Marte. A una ciudad la sacaron en las televisiones porque allí se manufacturó la salchicha más grande del mundo. Los japoneses empiezan a comercializar un robot-empleada de hogar. La oveja Dolly tiene una hermana gemela nacida de una probeta, que es el algo así como el espíritu santo científico... 

Bien mirado lo de la bruja de la Calle la Rúa es una leve nimiedad; normalidad cotidiana. ¡Cualquier día le darán un cargo público!

Luis Artigue

www.luisartigue.es

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