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Recuerdo que el 15 de junio de 1972, a los pocos días del suicidio de mi querido amigo y maestro el poeta villafranquino Gilberto Núñez Ursinos, el susodicho “personaje de todos los saraos de la capital del antiguo Reino” estaba muy ufano y feliz en la Tribuna de Autoridades y Gentes Importantes y Distinguidas presenciando el desfile militar que en el Paseo de Papalaguinda celebraba la Jura de Bandera de los mozos del Campamento de El Ferral “matadero de reclutas”. Con este “señor” estaba otro “gran señor y poeta”, oscuro y tenebroso y mal encarado y de torvo mirar, que tampoco se atrevió ni fue capaz de hacerle ascos al régimen del Generalísimo hasta muchos años después de su muerte, es decir: a destiempo, por puro interés personal, y para seguir aprovechándose de las cambiadas circunstancias…
Entonces, viéndoles allí tan ricamente acomodados, tan contentos y felices y agasajados, fue cuando empecé a dudar, a darme cuenta que: “O Franco no era tan dictador y tan cruel, o, a estos “excelsos pájaros-poetas” izquierdosos-revolucionarios, les iba muy bien tragar por donde más les gustaba”. Y no sólo se dejaban querer por el franquismo: es que les iba la marcha, el mamandurrio y el sacar bajo palio a las autoridades religiosas de entonces. Aquello, de verdad, amigos lectores, más que una “demasié” fue toda una gran “descarrié” para buscar y encontrar el medro personal y el ascenso a los altares y a la gloria… Doy fe.
Pero no se asombren demasiado, amigos, porque también hay un gran músico-compositor-director de orquesta que se ufanaba de haber conocido al “divo” Federico García Lorca e incluso fingía emocionarse al decir que de niño había estado en su casa de Granada, y hasta tenía a veces la muy agradable sensación, el lejano recuerdo maravilloso, de haber estado en sus brazos, en el regazo de aquél “señorito rico y relamido” que, tocando el piano, le mostró toda la ternura y el encanto de su melodiosa voz y la gracia de sus ágiles manos… Pues bien, este genio de la música vive a lo grande a cuenta de las cuantiosas subvenciones públicas, es decir, del trabajo del albañil, y del sudor del labriego: por amor al arte nosotros pagamos (bueno, pagan los gobiernos y las administraciones en nuestro nombre), y por puro interés vive el artista. Pero lo peor es que tiene domicilio fiscal en un paraíso fiscal, en Mónaco, por lo que cobra aquí en España y sin embargo no cotiza ni un euro, aunque saque pecho todos los días dándoselas de solidario y “quejándose” de la poca cultura, del consumismo, de la falta de valores y del materialismo que lo impregna todo. No pongo nombres porque sigo el mandato divino que ordena combatir el pecado y perdonar al pecador, aunque en estos casos no estén ni arrepentidos.
Así las cosas, puestas ya en su sitio, sólo me queda rendir un homenaje afectuoso a una hermosa joven, dulce, cariñosa, inteligente francesita-villafranquina de Paris, que dice admirarme mucho. Va por ti, Alicita, y digo así: «Ya estaba muy encendido/ cuando me llevó a la era/ y apagó mi ansiedad/ con estas palabritas tiernas: acaricia mi largo pelo con tus manos suaves como hace el viento con las hojitas de los árboles…, y, por si fuera poco, echome otro jarro de agua fría cuando, suspirando, volviome a decir: ¡Ay, cielo, acúname entre tus fuertes brazos como las ramitas de los árboles a los pajarillos mecen…! »
En fin: «Rubia o morena qué más da si estás tan buena…», querida Asun.
Marta, amiga mía: «Las ilusiones rotas se arreglan con ilusiones nuevas».
Con toda burbialidad.
