Opinión
OPINIÓN POR LUIS ARTIGUE
Invierno de mil novecientos noventa y nunca
Lo aprendí en el siglo pasado, en mil novecientos noventa y nunca: el invierno es el tiempo de la hogareña relectura porque, lo bueno de leer, es releer.
05/02/2014
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LA NOTICIA ILUMINADA DEL DIA

En este sentido tengo otro ejemplar guardado en mi baúl de un poemario desgastado: “Tan solo infiernos sobre la hierba” (Editorial Provincia), de José Luis Rodríguez García. Poemas desgastados de tanto recordarlos. 

Antes, cuando éramos más jóvenes y vivir consistía en salir a la calle sin un duro, en esos tiempos en que compartíamos hallazgos, jazz y triangulaciones amorosas, robamos esa copia de unos grandes almacenes para recitarle el poema “Cass, la chica más guapa de la ciudad” a una flautista hippie en la Calle Ancha. Hicimos de ese libro un evangelio apócrifo. Lo leíamos sentados sobre la acera o a la luz de una vela en las fiestas privadas como si fuera un texto prohibido alucinógeno. 

El tiempo pasa pero los buenos libros permanecen, y cada uno de nosotros fuimos forjando nuestra propia autonomía. Caminando paralelamente juntos como las vías del tren, aprendimos que crecer tiene que ver con el verbo distanciarse, que como enseña ese libro vivir es avanzar hacia lo oscuro. Fatigados de esperar la muerte súbita del mundo, nos fuimos; algunos a trabajar fuera de León porque así de cruel está aquí la política y la vida, otros, los menos, construimos en este lugar nuestra diminuta isla.

Ahora nos quedan unos versos en los que releer todo cuanto fue, y conservamos el verano como punto de encuentro para llenarlo de nuevos poemas y vivencias narradas con la emoción de entonces. Nos quedan los recuerdos que se derraman igual que la espuma de cerveza avivando aquel año inolvidable, aquel verano en el que bebíamos sexos y fumábamos flores. 

Ese libro primero, y algunos otros  de diferentes creadores después (“Rayuela”, “Edad”, “Pueblo cautivo”, “Demian”, “La escala de los mapas”, “Residencia en la tierra”, “El bosque de la noche”...), fueron y son una ventana que siempre estará abierta. Con él su autor, el catedrático leonés afincado en Zaragoza José Luis Rodríguez García, logró una meta lírica realmente notable: escribir algo a lo que regresar.

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Hoy me ha parecido una ocasión tan buena como cualquier otra para agradecerle a la vida y al “azar” ese poemario, esa propuesta imaginativa, verbalmente contestataria y llena de chispazos, ese sendero esencial e introspectivo que nos abrió los ojos y los abrazos mientras lo compartíamos casi todo porque no teníamos nada. 

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Ojalá dentro de cuarenta años esté un día vagando por mi casa con los ojos vidriados y, sin saber por qué, llegue al baúl para mi insospechado reencuentro con las cosas, topándome de pronto con ese ejemplar amarillento. Ojalá lo abra entonces por la página que señala un pétalo estratégicamente muerto, y relea “Rocamadour”, y luego “Amor apenas en la tarde”, porque esos poemas serán en ese punto algo así como un espejo que indicará si yo sigo siendo de los míos.

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Libros de carne que llevamos dentro del corazón lo mismo que los viajeros nómadas llevan ropa en sus maletas. Antorchas en la noche del día a día que dan luz y también motivos para la existencia. Pequeñas grandes cosas que, como el mar o el amor, unen y separan.

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Ahora que el invierno vuelve a dejar instantes para la balada de la vida en calma, quiero recomendarles muy sinceramente, cómo no, que compren y lean poesía porque sin ella la vida probablemente seguiría existiendo, pero no sabríamos qué significa.

En fin. 

Luis Artigue

www.luisartigue.es 

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