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Y suele ocurrir, desgraciadamente, que cuando ascienden y se hacen poderosos algunos individuos del pueblo llano, nos salen y nos resultan tan malos o peores que los privilegiados acostumbrados a vivir en la cima. Repentinamente engrandecidos y llenos de mando, se afanan en buscar el lujo y derrochan sin parar y sin pararse a pensar en su antigua condición, que pronto olvidan, igual que la de los seis millones de parados y los doce millones de pobres, que pasan a ser rápidamente despreciados por estos nuevos ricos de la política, que les seguirán engañando y usando de tapadera.
Seguro que no soy el único que se cabrea a tope viendo en las calles a los abandonados menesterosos españoles que buscan y rebuscan alimentos básicos en los habituales contenedores de basuras, delante de Alimerka y de Mercadona y, en las televisiones, al mismo tiempo, el fuerte contraste de un compungido Moratinos que llora la pérdida de su bicoca mientras espera otra de parecida o incluso mayor sinecura: “¡No lloréis, oh, excelso señor, don Moratinos, que habéis sido el mejor Ministro de Asuntos Exteriores de toda la democracia”, le pelotea a viva voz otro egregio figurante parlamentario de su misma cuadra…¡Ay, Señor, lo que debemos soportar los paganos!
Mas incluso, cuando la economía aparentaba ir bien y los “genios” no vislumbraban la crisis que se acercaba, se dedicaron a dilapidar el tesoro nacional y las reservas de oro, sin encomendarse a dios ni al diablo ni dar explicaciones al lucero del alba… ¿quién se puede extrañar del 43,60% de paro juvenil, en menores de 25 años, que ahora padecemos, y toda una generación de españoles perdida…?
Los niños, en España, ya no vienen con un pan debajo del brazo, nacen con una enorme deuda heredada de 53.000 euros, más sus intereses, el equivalente a casi 9 millones de las antiguas pesetas, que irán aumentando con el tiempo y una caña, al seguir creciendo el déficit como consecuencia de gastar mucho más de lo que producimos e ingresamos.
Y aún se atreven a decir con su cara dura que todo es culpa de la crisis mundial y del sistema neo-liberal o capitalista, secuelas que nos han dejado Bush y Aznar, pero que no pasa nada irremediable porque saldremos ya pronto del hoyo si confiamos la gestión de los asuntos de España a los cerebros y a los corazones y a las buenas manos y oficios de todos los progresistas que en el mundo son y se lo creen. ¿Progresistas…? Vale. Pero yo: “Sólo entiendo el progreso que aumenta la calidad y baja el precio”, pues, al margen de siglas políticas y de clichés trasnochados y absurdos cacareos, Alemania, sin ser tan “progresista”, está a años luz, e Inglaterra tiene la mitad de tasa de paro que nosotros a pesar de su mayor población y la mitad de territorio, con mal clima y sin el maná de 59 millones de turistas que nos visitan cada año.
Y todo esto ocurre mientras seguimos viendo a políticos como la señora Botella yendo a sus asuntos, a la peluquería, en coche oficial con escoltas, y otros muchos tocados por la mano de dios y disfrutando del don de la divina ubicuidad que les permite ocupar al mismo tiempo hasta media docena de empleos o cargos públicos, con sus correspondientes retribuciones dinerarias de todo lujo (considerados muy honestos porque no han caído aún en el robo, que tanto abunda en los de su clase y empleo).
Luego salen a los “prostituidos” medios de comunicación dándonos lecciones de moral, de ética, y hasta de espíritu nacional moderno o educación para la ciudadanía.
Yo ya tengo mi voto decidido, pero no sé aún si lo meteré en la urna o me limpiaré con él el trasero.
Con toda burbialidad, como siempre.
