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A Pinocho lo conocen todos, y también a su padre el pobre y solitario carpintero Geppetto; pero casi nadie se acuerda de Collidi (Carlo Lorenzo Fillippo Giovanni Lorenzini), el creador de los dos, el que les dio la vida. Pinocho, el originario, salió tan golfo e ingrato que ni siquiera el autor, entristecido y desolado, pudo evitar que muriese ahorcado.
Dulcinea, la ingrata Dulcinea, ni un solo gesto de amor ni de ternura tuvo para don Alonso, y su fiel y desquiciado quijote murió sin tenerla, sin el consuelo de la verdad de sus ojos, de su voz, de su aliento…
Miguel de Cervantes agonizó abandonado, sólo con su propia tristeza y con toda la de sus queridos personajes, ¡pobres huérfanos a los que no se les puede asegurar nunca el futuro que les espera…!
Bouza Pol no se queja… ¿cómo podría hacerlo si, a su manera, amorosamente, ha creado a la Diosa del Cúa —ya saben, la de los ojazos garzos— y la hace vivir en Caucabelos, en la fantasía de sus mejores burbialidades…? ELLA sí se merece su devoción. De momento, —la Diosa—, subida al pedestal, lo respeta y lo quiere, porque sabe que lo necesita, que su vida no es enteramente suya, ni le pertenece por completo, ni más que a Él, el autor de sus días, quizá ya eternos…
—Carlos, cuánto me reí con lo de «La mosca», ¿es verdad que te pasó eso…?
—No voy a engañarte, ni a desengañarte… Si tú te lo crees es verdad, si no te lo crees es mentira; lo que yo diga ahora ya no vale, y no seré cruel para sacarte de dudas. No obstante, debes saber que mis cuentos siempre son de verdad porque yo los siento así…
Podría matarte ahora mismo, Diosa del Cúa, decir que no existes, que no has existido nunca (¿o sí…?), que sólo estás en mi corazón, en mi cabeza, en mi sueño, en mi sangre, en mi bolígrafo…
Pero no, no lo haré, aunque tenga que arrepentirme. Tú y Yo, Yo y Tú, estamos ganando la inmortalidad que merecemos, al menos en nuestra querida tierra, en El Bierzo.
—Yo soy la Diosa del Cúa.
— ¿Tú, y eso por qué…?
—Porque así me llama Bouza Pol, y es de mí de quien escribe.
Bueno, dejémoslo así, por ahora, y que cada cual vaya creyendo lo que le cuadre mejor, pero sin adelantarse demasiado a los acontecimientos, pues, aquella Diosa de hace cuarenta años, aquel cielo precioso de sus ojos garzos, ha podido tornarse en desatada tormenta de improperios, en triste atardecer frío y nublado, en seco corazón de acero inoxidable, que me obligue a escribir:
Para ingratitud la suya/ para decepción la mía/ que no le gusta leer/ y se divierte en el humo/ en los espacios cerrados/ del gin-tonic, de los bares, y la gente/
Yo quiero a mis personajes, los adoro, con especial cariño y reverencia a los que se me malogran, ¡pobres hijos míos, pobres amantes mías tan malvadas como hermosas, qué injusto y cruel soy con vosotras; no me tiréis a la cara, a la conciencia, el torpe, el mezquino, el arbitrario papel que mi antojo os ha asignado, sin más causa, ni razón, ni derecho que el libre albedrío desatado de mi imaginación! Que todos los que os conozcan comprendan que, si sois así, sólo yo tengo la culpa…, que arremetan pues contra mí, y que Dios Todopoderoso me dé valor y fuerza para defenderos, para salvaguardar bien vuestra existencia real, vuestro buen nombre de canallas y arpías honestas.
Sabed que yo os quiero más que nadie, que os comprendo mejor, que disculpo y perdono vuestra ingratitud…
