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OPINIÓN POR JUAN GARCÍA CAMPAL
Industria nacional y autocensura
No se asusten de la largueza de este sapo intragable. Apenas dos minutos les ocupará su lectura. Y además, de premio, asómbrense, les aseguro que me meto con el gobierno.
11/06/2008
DEL CUADERNO CASI DIARIO
Hace poco más de un mes, dos días, se entregaron en Madrid los premios de periodismo Ortega y Gasset instituidos por el diario El País, grupo Prisa. La aureola que los rodeó este año fue la ausencia, forzada por la prohibición a salir de Cuba, de la filóloga Yoani Sánchez, autora del encomiable blog http://www.desdecuba.com/generaciony/, quien aseguró por vía telefónica y video que la concesión del Premio Periodismo Digital “es mi escudo protector, no me da la impunidad, pero me permitirá seguir corriendo", así como que "Nada de lo que he escrito en ese blog es tan evidente como mi ausencia en esta ceremonia". Todo cierto sin duda. Condenemos la falta de libertades y censura existente en Cuba.

Pero y qué decir de la otra censura, la autoinflingida que campa por estos respetos. Porque otro de los premiados fue el fotógrafo Gervasio Sánchez por su fotografía 'Sofía y Alia'. El autor realizó, al recoger el premio, la siguiente intervención –texto que me fue remitido ayer con mucho cariño y cierta carga de crítica- y que transcribo completo. En el acto estaban presentes la vicepresidenta del Gobierno, varias ministras y ministros, exministros del Partido Popular, Esperanza Aguirre, Gallardón, el Presidente del Senado y centenares de prebostes. Dijo así Gervasio Sánchez:

“Estimados miembros del jurado, señoras y señores:

Es para mí un gran honor recibir el Premio Ortega y Gasset de Fotografía  convocado por El País, diario donde publiqué mis fotos iniciáticas de América Latina en la década de los ochenta y mis mejores trabajos  realizados en diferentes conflictos del mundo durante la década de los  noventa, muy especialmente las fotografías que tomé durante el cerco de Sarajevo.

Quiero dar las gracias a los responsables de Heraldo de Aragón, del  Magazine de La Vanguardia y la Cadena Ser por respetar siempre mi trabajo  como periodista y permitir que los protagonistas de mis historias, tantas  veces seres humanos extraviados en los desaguaderos de la historia, tengan  un espacio donde llorar y gritar.

No quiero olvidar a las organizaciones humanitarias Intermon Oxfam, Manos  Unidas y Médicos Sin Fronteras, la compañía DKV SEGUROS y a mi editor Leopoldo Blume por apoyarme sin fisuras en los últimos doce años y  permitir que el proyecto Vidas Minadas al que pertenece la fotografía  premiada tenga vida propia y un largo recorrido que puede durar décadas.

Señoras y señores, aunque sólo tengo un hijo natural, Diego Sánchez, puedo  decir que como Martín Luther King, el gran soñador afroamericano asesinado  hace 40 años, también tengo otros cuatro hijos víctimas de las minas  antipersonas: la mozambiqueña Sofia Elface Fumo, a la que ustedes han  conocido junto a su hija Alia en la imagen premiada, que concentra todo el  dolor de las víctimas, pero también la belleza de la vida y, sobre todo,  la incansable lucha por la supervivencia y la dignidad de las víctimas, el  camboyano Sokheurm Man, el bosnio Adis Smajic y la pequeña colombiana  Mónica Paola Ojeda, que se quedó ciega tras ser víctima de una explosión a  los ocho años.

Sí, son mis cuatro hijos adoptivos a los que he visto al borde de la  muerte, he visto llorar, gritar de dolor, crecer, enamorarse, tener hijos,  llegar a la universidad.

Les aseguro que no hay nada más bello en el mundo que ver a una víctima de la guerra perseguir la felicidad.

Es verdad que la guerra funde nuestras mentes y nos roba los sueños, como se dice en a película Cuentos de la luna pálida de Kenji Mizoguchi.

Es verdad que las armas que circulan por los campos de batalla suelen  fabricarse en países desarrollados como el nuestro, que fue un gran  exportador de minas en el pasado y que hoy dedica muy poco esfuerzo a la  ayuda a las víctimas de la minas y al desminado.

Es verdad que todos los gobiernos españoles desde el inicio de la  transición encabezados por los presidentes Adolfo Suarez, Leopoldo Calvo  Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero  permitieron y permiten las ventas de armas españolas a países con conflictos internos o guerras abiertas.

Es verdad que en la anterior legislatura se ha duplicado la venta de armas españolas al mismo tiempo que el presidente incidía en su mensaje contra  la guerra y que hoy fabriquemos cuatro tipos distintos de bombas de racimo  cuyo comportamiento en el terreno es similar al de las minas antipersonas.

Es verdad que me siento escandalizado cada vez que me topo con armas  españolas en los olvidados campos de batalla del tercer mundo y que me  avergüenzo de mis representantes políticos.

Pero como Martin Luther King me quiero negar a creer que el banco de la  justicia está en quiebra, y como él, yo también tengo un sueño: que, por  fin, un presidente de un gobierno español tenga las agallas suficientes  para poner fin al silencioso mercadeo de armas que convierte a nuestro  país, nos guste o no, en un exportador de la muerte.

Muchas gracias”.

Sin embargo de todo lo anterior sólo supe:

“La política armamentística española fue objeto de duras críticas por parte del fotógrafo, uno de los retratistas del horror de las guerras cuyos escenarios recorre incansable desde hace años. En su discurso, muy aplaudido, Sánchez recordó, ante cuatro ministras, que todos los Gobiernos democráticos de España han vendido armas”, (El País, 8/05/08).

“Y Sánchez fue el ganador en la categoría de Periodismo Gráfico por su fotografía "Sofía y Alia", publicada en HERALDO DE ARAGÓN y que muestra la indefensión de quienes se enfrentan a la brutalidad de las guerras”, (Heraldo de Aragón, 7/05/08).

Y es que quizá, seguro, la industria, el mercado internacional, el poder de turno, la conveniencia, lo políticamente correcto y un poco de falsa paz personal nos hacen autocensurarnos, vamos, mirar para otro lado. Al fin y al cabo quiénes son esas víctimas de las que habla Gervasio. No me resultan conocidas. Y entonces, ¿por qué les cuento esto? Obvio: porque tanto nuestra política armamentista como la complaciente autocensura de algunos medios de comunicación y la mía propia me parecen sapos intragables.

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    Bocas
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