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Nosotros, los hijos buenos de los buenos labriegos, los no descastados ni degenerados, los que no hemos perdido la raíz, ni el tronco, ni las ramas, ni las ilusiones, ni el amor por nuestros ancestros, por nuestro hábitat natural, por nuestra forma de sentir, de ser, de existir: somos siempre componedores. Y lo somos porque hemos mamado y bebido en las mejores fuentes, que nos llenaron de sabiduría: nuestros padres.
Por eso amamos la tierra de verdad y conocemos todas las tareas, y el verdadero sentido y efecto de las estaciones, de los fenómenos del cielo como las lluvias, los soles, las tormentas, los granizos, las nieves, “as xeadas”, los vientos, los fríos, los calores…, y las fatigas y los sudores…, y los callos en las manos y los dolores de riñones…
Yo, insisto, soy hijo de agricultores, y por eso sé hacer de todo…, y todo lo hago bien…, incluso cuando me enfado. Y haciéndolo así muestro gratitud y honro a mis padres y a las cosas buenas que me enseñaron.
No sólo sé y domino y practico las tareas, los cariños y cuidados que requiere y necesita la tierra y los árboles, es que, además, sin ser un manitas, soy carpintero y albañil y electricista y pintor y mecánico y fontanero y restaurador de objetos, utensilios y herramientas que mantengo en perfecto estado de funcionamiento en una casa de verdad con todos sus servicios y servidumbres.
Y todo lo hago con humildad, pero también con mucho orgullo, con mucha satisfacción. Por tanto me “chuleo” a veces un poco (tengo que hacerlo), de ser uno de los mejores asadores de castañas del país, y un eminente podador de vides; también sé injertar…
Yo llevo la tierra y los fenómenos atmosféricos metidos en la sangre. En la sangre, sí, y es mi sangre de labriego que alborea la que siembra, riega y cultiva mi corazón y mi cerebro…, siempre agradecidos y contentos por haber tenido unos padres maravillosos que me enseñaron a querer y a respetar la tierra donde me asiento, a ser cosmopolita a base de saber mirar y ver el horizonte y el cielo…
Confieso una y cien veces que no me gustó mucho vivir en Madrid, a pesar de ser la gran ciudad que me lo dio todo, incluso un gran despacho en el Paseo de la Castellana que me hizo sentir importante y me obligó a darme importancia…
Por todo eso, y más, por mucho más, sueño con regresar un día a mi querido pueblo: y rezo a Dios pidiéndole que me permita sufrirlo y disfrutarlo unos pocos años antes de morir definitivamente, antes de que me lleven al panteón familiar que tengo esperándome en el mejor cementerio del mundo, en el más bonito, en el que mejores vistas tiene… Y estaré con mis padres y abuelos, al lado de Norberto Beberide, muy cerca de Gilberto N. Ursinos, y de Pereira; viendo pasar a mis pies, ya para siempre, al gran amigo fiel y comprensivo río Burbia, entre Vilela de Santa Marta y San Fiz de San Juan, camino de Corullón para llevarle recados al amigo poeta Antonio González Guerrero.
Quiero decir que ya he vivido muchos años fuera de casa, que soy de pueblo, de mi pueblo y de mi gente; y he de volver algún día, de verdad que sí, cuando Dios lo entienda y el muy ilustre ayuntamiento de Villafranca no lo impida…
Con toda burbialidad, como siempre.
