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“Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris” (recuerda, hombre, que polvo eres y en polvo te has de convertir). Y en polvo se convirtió el barro de los adobes que sostenían el viejo frontón jiminiego. Una construcción singular que ocupaba toda una manzana en un intrincado rincón de cuestas y contracuestas, que podía catalogarse como una especie de catedral de barro (no del barro, que esa sigue en pie de la mano de la familia de Constancio Peñín, a las puertas de la villa, donde sigue la tradición y la modernización confeccionando cacharros de barro, con la artesanía alfarera por bandera).
Sin embargo, el frontón de Jiménez de Jamuz fue siempre un ejemplo de arquitectura del barro, del adobe y el tapial. Cuya estructura y altura (tres alturas) rompía el equilibrio de la perpendicularidad, para poder acoger a jugadores del noble deporte de la pelota, así como un número importante de espectadores, cuando la capital de la artesanía alfarera conservaba una gran afición a estas competiciones, como lo eran en otros muchos pueblos de la comarca bañezana.
Barro y polvo: en eso se ha convertido este frontón cubierto del Tío Argüello, después de haber pasado de manos privadas a otras también privadas, porque el Ayuntamiento de Santa Elena (al que pertenece la pedanía de Jiménez) no supo expropiarlo ni solicitar su declaración de Bien de Interés Público. Después, el segundo y actual propietario no quiso saber nada de venderlo, aunque tampoco de conservarlo. Barro y polvo, adobe et in pulverem reverteris.
Pero es que, además de frontón, este espacio público de propiedad privada, acogió las tradicionales comedias jiminiegas en aquellos días en los que las inclemencias meteorológicas no dejaban echar la función en calles y plazas, como era tradicional. También fue salón de baile o almacén de cualquier artículo y mercancía.
Pero sobre todo, las gentes de mi generación en La Bañeza y sus alrededores, esa que fue concebida al terminar los últimos tiros de la guerra incivil, tenemos más que recuerdos del frontón de Jiménez de Jamuz. No me llega ahora el por qué, pero la vieja cancha fue también una sala de proyección de películas que no habían llegado a la capital de la comarca, tales como La caída del Imperio Romano, Los Diez Mandamientos, Lo que el viento se llevó…, yo qué sé.
Fueron uno o dos años, en los que los proyectores del frontón jiminiego hicieron la competencia y la puñeta a los cines bañezanos, porque la peregrinación de jóvenes se llegó a incrementar de tal manera que, en los meses invernales, el autobús de la línea de Camarzana de Tera, el coche del señor Domingo, tenía que hacer varios viajes para servir a todos los demandantes del cinematógrafo de Jiménez.
Una aventura más añadida a la propia proyección peliculera, ya que había veces, que la sobrecarga del autobús (un tanto tartana, también hay que decirlo), hacía que los chicos tuviéramos que bajar para empujar la cacharra en la pronunciada subida de la cuesta del cementerio local. Ida y regreso que, si había suerte, podías robar algún beso a alguna de las chicas que componían las pandillas peregrinas y peliculeras.
Recuerdos y añoranzas de un sexagenario al que en la tarde de ayer se le escapó una lágrima furtiva, como aquellos besos en el coche de línea de Camarzana, del señor Domingo, mientras contemple el ir y venir de máquinas y hormigoneras por el amplio solar, ya limpio de polvo y paja, plantando esos árboles de hormigón que sostendrán algún edificio moderno de viviendas.
Porque el frontón del Tío Argüello de Jiménez de Jamuz es ya historia. Una historia de apenas 75 años, dicen los libros de fábrica, que hace unas semanas se desmoronó para enterrar recuerdos y añoranzas de una generación que siempre llegó tarde a todos los sitios. O a lo peor, demasiado pronto. Porque fuimos muy jóvenes para seguir luchado por la libertad y después, muy viejos para tirar del carro de la democracia, cuando el dictador murió en la cama de un hospital.
Hoy las calles de barro y piedras de Jiménez están perfectamente pavimentadas. El humo del los hornos de cien alfares se ha reducido a media docena. La cuesta del cementerio local sigue tan pronunciada como antes, pero los autobuses tienen fuerza para eso y para más, sin que los chicos tengan que bajar a empujarlo. En cuanto a los besos…, yo creo que se siguen robando (la mayor parte de las veces con el consentimiento mutuo, como aquellos años, que conste), aunque tengas que aparcar el coche en alguno de los caminos del Monte Riego. Vamos, creo yo. Memento, homo, quia…
