Jueves 09 de febrero de 2012 | Actualizado a las 22:16 h.
Enamorados
«Galletas de San Valentín, un dulce perfecto para el 14 de febrero»
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Sí señor, “España, camisa roja de mi esperanza, / reseca historia que nos abraza / con acercarse sólo a mirarla; / paloma buscando cielos más estrellados, / donde entendernos sin destrozarnos, / donde sentarnos y conversar”. ¡Ay Dios! Que me acordé de estos versos del poeta rojo (pero rojo de verdad, no como los de ahora) cuando llegó el gol de España o después, cada vez que cambiaban las cámaras de la televisión de ciudad y veía a las gentes gozar, gritar, saltar, bailar y dar vueltas al aire, con las banderas en ristre, porque La Roja, la Selección Española de Fútbol se había clasificado para disputar la final frente a Holanda, el próximo domingo.
El viejo Blas de Otero había predicho en su republicanismo reprimido y exilado que algún día llegaría el final de las dos españas, el final de la lucha fratricida en estos versos duros, machacones, cargados de sangre y sonrojo (“paloma buscando cielos más estrellados / donde entendernos sin destrozarnos”). Y va Puyol, un catalán por los cuatro costados, pero en la Selección de Vicente del Bosque y salta por encima de los gigantes alemanes para meter un cabezazo que nos da el pase a la final.
Que tomen nota los políticos de media polaina que están malmetiendo el desmorone del país, de este país, que cada dos o cuatro años se une de nuevo para arropar a la Roja, a su selección. “España, camisa roja de mi esperanza, / la pena negra nos atenaza, / la pena deja plomo en las alas; / quisiera poner el hombro y pongo palabras / que casi siempre acaban en nada, / cuando se enfrentan al ancho mar”.
Daba igual que fuera Madrid, Sevilla, Valencia, Asturias, el País Vasco, Cataluña o Galicia. Todo era España. “Soy español, Español, español” cantaban los manifestantes en las calles de España. Qué bonito y que sencillo es todo después de un partido, de un campeonato del mundo, sea éste de fútbol, de baloncesto, de balonmano, de fútbol sala, de tenis, de motos, de bicicletas, de coches, o simplemente olímpico para agrupar a todo el deporte (lástima que el ministro sea el propio flete de la Moncloa que, los que le conocemos bien y desde hace muchos años, sabemos que es mentira que floreció en el balón de la canasta, vamos ya…)
Yo no sé si el domingo volveremos a triunfar. Seguro que sí, porque los chicos de Del Bosque están arropados, a más de nueve mil kilómetros, por banderas, bufandas, pelucas, pinturas de guerra rojas y amarillas. Sí, con toda seguridad, porque ha sido algo que los de mi generación hemos deseado, hemos sufrido, hemos añorado durante muchos campeonatos del mundo. Y ya toca.
Pero sobre todo, porque es un espectáculo ver a toda una nación emocionarse con el himno viudo de letra y batir las banderas a poco que metamos un gol para poder alzar la Copa del Mundo en Sudáfrica. Y sobre todo, para darles en los morros a esos politicastros que, sin encomendarse a quines representan, se han dedicado a partir la tarta en 17 nacioninas que, ahora, en plena crisis, son el mayor freno para salir de ella.
Y acabo con Blas de Otero, siguiendo con el cambio de color en su camisa blanca: “España, camisa roja de mi esperanza, / aquí me tienes, nadie me manda; / quererte tanto me cuesta nada; / nos haces siempre a tu imagen y semejanza, / lo bueno y malo que hay en tu estampa / de peregrina a ningún lugar”. A por ellos, oee, a por ellos, oee.

