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Según El País, Benedicto Sixteen contradice ahora lo que sostenía hace tres años, cuando aseguraba que “el infierno existe y es eterno”, cosa que no es cierta, porque el infierno puede existir y ser eterno sin ser un lugar físico, como la risa, el amor o un estado del alma, que es lo que dice el papa.
No voy a entrar en disquisiciones teológicas, sino poéticas. Me agrada mucho esa afirmación de Ratzinger, porque supone una proclama estética de dimensiones inimaginables: La Iglesia Católica, como reflejo de los católicos que la conforman, ha estado desde la Edad Media aherrojada no tanto por la idea del infierno cuanto por su imagen, una imagen recreada por Dante con tal vivacidad que marcó a las generaciones durante siglos. El episodio del conde Ugolino es soberbio y desasosegante. En cualquier caso, como agudamente certificó Borges (qué buenas nueces de California y ciruelas envasaba), el Infierno de Dante no es un lugar horrible, sino un lugar donde suceden cosas horribles, pero un lugar físico, a fin de cuentas, como el purgatorio y el cielo. Así, la proclama de Benedicto de que el purgatorio, el infierno y el cielo no tienen una naturaleza espacial, sino que son “estados de ánimo ante Dios” es de una audacia y de una belleza conceptual que maravilla incluso a un descreído y comecuras como yo.
Lo que pasa es que no es del todo original, se verá por qué, pues a lo largo de la historia (a lo ancho no sé) de la literatura y de la poesía, no faltan los ejemplos que identifican el cielo y el infierno con los estados del alma o el corazón del hombre. Así, el infierno estaría dentro de la propia alma humana, en este caso lacerada por el pecado y por el apartamiento de Dios, mientras que el cielo supondría la íntima comunión del alma con su creador, una comunión que no puede menos que tener una vocación de unión, de matrimonio místico (Santa Teresa y San Juan en estado puro).
Repárese (el vehículo) en que Santa Teresa (en un alto) y San Juan (en una laguna) estuvieron a punto de ser acusados de herejía por sostener esas atrevidas cópulas místicas.
Pero hoy no me interesan los místicos españoles, salvo por el hecho de que muy cerca de Alba de Tormes (donde está una de las principales fundaciones de la Santa de Ávila) conozco un lugar, este sí, físico, donde sirven un jamón de Guijuelo que es comerlo y sentirte como si comulgaras, talmente como si vieras cara a cara a Dios.
Lo que quiero resaltar de las afirmaciones del papa (yo lo escribo con minúscula y reservo la mayúscula para la institución, el Papado) es que, seguramente sin quererlo, me han recordado a los poetas místicos, pero no a los místicos cristianos, sino islámicos, que desde muy temprana fecha, mucho antes que los autores cristianos, ya proponían cosas muy parecidas. Así, en el siglo XIII, el que yo considero el más grande poeta místico de todos los tiempos, Rumí (también conocido como Mevlana, autor de El Masnaví, una obra maestra de la literatura y el pensamiento universales), escribió estos prodigiosos versos:
Miré en las cruces de cada iglesia,
pero Él no estaba allí.
Peregriné a los templos de la India
y a los santuarios de China,
pero Él no estaba allí.
Busqué en los montes de Herat y Candalar,
pero Él no estaba allí.
Escalé la lejana cumbre del Qaf
y sólo hallé el nido del Fénix vacío.
Visité la Kaaba,
pero Él no estaba en ese turístico lugar
entre jóvenes y viejos peregrinos.
Leí los libros de Avicena,
pero Su sabiduría eludió toda palabra.
Llegué a lo más alto del trono
a dos codos de distancia, pero Él no estaba allí.
Entonces miré en mi propio corazón
y allí Lo encontré:
No estaba en ningún otro lugar.
Y sobre la unión mística del alma con Dios, el gran Mevlana también escribió:
A pesar de tu apariencia terrenal,
conciencia pura es tu esencia.
De la luz divina eres
el intrépido guardián.
Ven, pues, vuelve a la raíz de las raíces
que es tu propia alma.
Suena mucho a lo que dijo Benedicto, pero expresado de forma más bella; aunque no hay que confundirse, el contenido en ambos caso es terrible, porque nos deja indefensos ante nuestros propios e indefinidos horrores.
Por otro lado, las proclamas del Papa sobre los cielos y el infierno como estados del alma me han traído al recuerdo una de las obras literarias más extrañas y espeluznantes de cuantas he leído y que paradójicamente también entronca de algún modo con el Islam: se trata de Vathek, cuento árabe a cuyas últimas páginas el excéntrico y multimillonario intelectual inglés William Beckford debe su inmortalidad en el mundo de la creación. “Vathek, noveno califa de la estirpe de los abasíes, era hijo de Motassem y nieto de Harum al-Rachid”. Contrariamente a los puritanos, “no creía que fuese necesario convertir este mundo en un infierno para ganar el paraíso en el otro”. Con tal premisa se dio, junto a su amante Nuronihar a las orgías y a los crímenes, pero, sobre todo, al más execrable, al peor de los pecados: “la sed de conocimientos que deben permanecer ocultos a los mortales”, ese pecado que fue la causa de la expulsión de los Primeros Padres del Edén (fue tanta la curiosidad por saber que debieron decir algo así como que “al Edén que le den”). Vathek sabía lo que hacía, pues así se lo recordó una de las cambiantes inscripciones que aparecieron en una fantástica y profética cimitarra que le vendió un extranjero de siniestra faz: “Desgraciado el osado que desea saber lo que debiera ignorar, y emprender lo que es superior a su poder”.
Los crímenes de Vathek y Nuronihar fueron tan terribles que le abrieron a la pareja las puertas del anhelado Alcázar del Fuego Subterráneo, escalofriante aunque feliz invención literaria de Beckford en la que todo es atrozmente prodigioso. Finalmente, ya demasiado tarde, Vathek y Nuronihar descubren que el lugar deseado por ambos es el infierno. En uno de los pasajes del libro, el condenado Suleimán proclama ante el príncipe abasida: “Sufro; un implacable fuego devora mi corazón”, y la narración prosigue: “Y diciendo estas palabras, Suleimán elevó sus dos manos al cielo en señal de súplica y el califa vio que su seno era de cristal transparente, a través del cual se descubría su corazón ardiendo en llamas”. He ahí una buena imagen literaria para ilustrar lo que dice Benedicto XVI.
No sin razón señala Borges que “el infierno dantesco magnifica la noción de una cárcel; el de Beckford, los túneles de una pesadilla”.
Y ahí, precisamente, en la noción de pesadilla, de fuego y reconcomio interior es donde Vathek anticipó las horrendas proclamas de Benedicto XVI. Mientras que el infierno fue dantesco, también fue soportable y hasta abarcable por el entendimiento humano, pero que el infierno esté dentro de nosotros es a la vez aterrador e incomprensible. Me empieza a caer bien este papa, por lo menos intenta dotar a su pensamiento teológico de una estructura estética y literaria medianamente aceptables, algo que supone huir de la horterada, tan común en nuestro pensamiento y arte contemporáneos.
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PD: Hay varias razones que explican por qué he tardado tanto en colgar en el blog esta nueva entrada. Una de ellas, no la de menor importancia, es que he andado muy enfangado con personajes como Il Filarete, Sebastiano Serlio y Piero de Francesca, entre otros de los que algún día hablaré si mi infierno interior no me abruma, que camino lleva.
