Opinión
OPINIÓN POR LUIS ARTIGUE
En un club de jazz de la Plaza Pícara Justina
La vida está llena de historias difíciles de vivir, pero imposibles de inventar.
26/02/2014
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LA NOTICIA ILUMINADA DEL DIA

De hecho tenían que haberla visto a ella en nuestros tiempos de facultad de letras: cuerpo magnético, ojos hipnóticos, pelo mudéjar de princesa mora conformando el inquietante sueño de los viernes noche… Seguro que sí la vieron: ha pasado algún tiempo y, los de entonces, ya no somos los mismos. 

En un club de jazz de la Plaza Pícara Justina, quedamos. Al encontrarnos hablamos tanteándonos y omitimos rechazos, huidas, equidistancias, las cartas de amor que le escribí y ahora parecen facturas impagadas y algunos otros pasajes amarillentos en los que no había vuelto a pensar ni por asomo.

-¿Te acuerdas de entonces, cuando éramos jóvenes y queríamos conquistar el mundo?

-En realidad era cambiar el mundo.

Ella sonríe maquinalmente pero luego inclina los ojos y se le pierde la mirada en la cerveza sin alcohol. Roza el vaso nerviosa con la yema de los dedos. Divaga… Al fin me cuenta con una alegría inquietante que él está a punto de dejarla tras varios años de convivencia porque su eterno amor se ha roto y no saben reconstruirlo con los pedazos resultantes. Bebe. Sonríe. Añade que su trabajo no es fijo y acaba de enterarse de que está embarazada de tres meses... (no recuerdo ahora mismo nada de lo que argumenté yo porque no era en absoluto memorable, pero me queda fresca mi cara de póker). 

Sonaba el saxo refinado y peligroso como un ladrón de esmeraldas de John Coltrane por debajo de la conversación... 

Al llegar a casa redacté unas líneas de alabanza a quienes saben convertir las derrotas en victoria, las cuales terminan de este modo: 

Conocí una vez a un hada atrapada en este mundo. Era hermosa, pero de una manera extraña. Se había quedado embarazada de un antipoético macho alfa que ella había creído poder cambiar, pero esa vez su magia no funcionó. 

Esa hada sentía que la criatura de su interior podía advertir el desamor que ella sentía, por eso se ejercitó pacientemente en el arte de no odiar a su exnovio y, aún más, de estarle agradecida. Muy agradecida. 

En el hospital se sintió demasiado humana, sola, dolorida y frágil. 

Cuando su hija nació con dos alas invisibles a la espalda ella supo que la magia había funcionado.

Luis Artigue

www.luisartigue.es

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