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En manos del barro y el agua
El Alfar Museo conserva intacta la tradición alfarera de Jiménez de Jamuz y el único horno mozárabe que queda en funcionamiento en toda España
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11/05/2008
La localidad leonesa de Jiménez de Jamuz celebró este domingo la novena edición de su Feria de Alfarería, una industria en gran medida artesanal por la que es famosa en toda España. Se trata de un sector que vivió su mayor esplendor a mediados del siglo pasado, cuando prácticamente toda la gente de la zona trabajaba en ella. Sin embargo, sus orígenes se remontan mucho más atrás.

De ello da fe en la actualidad el Alfar Museo, un centro dedicado exclusivamente a mantener viva la alfarería tradicional de Jiménez, que cuenta entre otras joyas con el único horno mozárabe que queda en funcionamiento en toda España.

Creado en 1994, este museo está subvencionado por la Diputación Provincial y gestionado por el Ayuntamiento de Santa Elena de Jamuz, al que pertenece esta localidad. Actualmente su máximo responsable es el Maestro Jaime Argüello, un joven de 23 años que cuenta con el aval de haber sido aprendiz durante tres años y medio del recientemente fallecido Martín, quien era considerado, según el propio Argüello, “el último de los antiguos alfareros que quedaba en activo”.

De este modo, Jaime es hoy en día el depositario de una tradición centenaria que se encarga de transmitir a diario a cuantos visitan el museo, explicando cada uno de los pasos que integran la elaboración tradicional de la alfarería de Jamuz.

Según explica este joven maestro, el primer paso no es otro que “extraer el barro en una zona cercana al pueblo conocida como ‘Los barreros’”. En ella, y tras escarbar un agujero de aproximadamente un metro de profundidad, se obtiene la materia prima de esta industria. Esta labor, antiguamente era llevada a cabo por jornaleros, que posteriormente extendían el barro al sol para secarlo en ‘Los Tendales’, lugar donde hoy se encuentran los jardines del pueblo. Aunque ahora es el propio Jaime el encargado de seguir uno por uno todos los pasos.

Duro trabajo

Así, tal y como él ejemplifica, “una vez seco el barro se guarda en ‘La Toña’ para evitar que se moje y se humedezca”. De tal forma que “a medida que se va necesitando se lleva a ‘la barrena’, una pila donde se humedece durante unas horas y posteriormente se soba para trabajarlo”. Ésta era una de las labores más duras, que en muchas ocasiones correspondía a las mujeres de los alfareros.

De ella se obtiene un montón de barro, ‘la pella’, que se mantiene húmedo y tapado para que no se seque. A partir de ahí “sólo” resta ya dar forma a los cacharros en el torno, con el ‘bolo’ de barro que sea menester.

Es éste el paso clave todavía hoy en día, ya que en él queda patente la destreza del alfarero. Más aún si cabe en el caso del Alfar Museo donde, en palabras de Jaime, “se conserva el torno de toda la vida, el de ‘trabajar a la rueda’”. Éste consta de dos partes, “la superior es la cabezuela y la inferior la volandera, que es la que se gira con el pie, siempre con el izquierdo, porque está más cerca del eje y permite moverlo con menos esfuerzo”.

Se trata de un arte que exige una gran técnica en el tacto, mucha precisión y también una nada desdeñable resistencia física. Tanto es así que, según reconoce el propio Maestro del Alfar Museo, “se necesitan como mínimo dos años de práctica para aprender a hacer algo digno”.

Dominio de la técnica

No en vano, hay que dominar perfectamente los pasos comunes en la realización de todas las piezas: centrar el barro, abrirlo, levantarlo y darle sucesivamente la tijera, la tirada y la forma. Seis fases marcadas tanto por las manos como por la necesidad de emplear la cantidad justa de agua, que mantenga el barro en óptimas condiciones para su modelado. Como complementos en estas tareas la tradición de Jamuz también permite usar un trozo de chapa, ‘tiradera’, para afinar el barro; un trozo de cuero, ‘pieza’, para suavizarlo; un palo de madera, ‘el recorteador’ y un alambre para cortar y separar el barro del torno.

Tras acabar las piezas, se colocan en tablas y se dejan secar bajo ‘los chisperos’ (estufas) durante dos o tres días, para sacarlas más tarde al sol ya que, si se expusieran directamente el barro se agrietaría. Ya secos, los cacharros se almacenan en ‘la casa fuera’ hasta que haya una cantidad suficiente para llenar el horno. El mozárabe del Alfar Museo tiene capacidad para unas mil piezas, por lo que sólo suele hacerse una hornada al año.

 

‘Los pintos’ y ‘el vidriao’

Aunque, antes de la cocción resta un último paso: la decoración de las piezas. Así, como explica Jaime, “la tradicional de Jiménez de Jamuz se lleva a cabo con unas pinceladas de color amarillo llamadas ‘los pintos’, que estaban elaboradas con cal y agua”. Para darlas, la tradición señalaba incluso que sólo debía hacerse con “la pluma del ala derecha de una gallina”.

Sólo resta ya dar la capa protectora conocida como ‘el vidriao’. Ésta consistía inicialmente en “sulfuro de plomo procedente de Linares (Jaén), en forma de terrones”, recuerda Jaime. Éstos “se mezclaban con agua y con ese caldo se bañaban las piezas”. Todo un arte, porque hay que darlas el baño justo. Aunque después llegó el minio, que es el producto que actualmente se emplea en el Alfar Museo. Precisamente por eso las piezas que elabora Jaime no se comercializan, porque se siguen haciendo con plomo, para mantener la tradición, “y el plomo es tóxico”.

En el horno mozárabe, las piezas de alfarería tradicional se apilan unas encima de otras, lo que produce en ellas unos golpes típicos llamados ‘pegaduras’. En la parte inferior del horno está la caldera, que es por donde se atiza. Por encima está la criba, una superficie con agujeros, concretamente nueve ojales, que se tapan con tejas para que el fuego no dé directamente a las piezas. En el centro del horno hay tres agujeros en los que se colocan los tubos denominados ‘caños’, situándose a su alrededor las piezas al tener éstos forma de chimenea para distribuir el calor.

Cuando el horno está lleno, la zona de acceso se cierra con adobes y se revoca con barro para que no se escape el calor, generado también de forma artesanal con urces o brezo del monte. Se da lugar así a un arduo proceso de cocción, en el que hay que atizar el horno entre diez y once horas, hasta que alcanza los 1.000 grados de temperatura que exigen estas piezas.

A falta de termostato, el Maestro se guía contemplando desde las chimeneas del horno las tres fases presentes en este proceso de cocción. Según comenta Jaime, “la primera es la templa del horno”, que dura unas tres horas. En ella “la leña se quema más despacio y los cacharros adquieren un tono negro”.

La segunda fase “dura hasta las seis horas”, y se diferencia porque “el ‘vidriao’ de las piezas hace que se pongan blancas”. Mientras que, “unas diez horas después de encender el horno, los cacharros se ponen al rojo vivo”. Se deja entonces de echar leña, y se espera un día entero para sacarlas.

Acto final

En el caso del Alfar Museo, esta hornada pone fin a un año entero de trabajo, lo que aumenta aún más si cabe su importancia. Sobre todo este año, porque el pasado día 1 de mayo fue la primera vez que Jaime se encargo de ella sin la supervisión de su Maestro, Martín, quien murió hace apenas seis meses. Por lo que en esta ocasión esta jornada tan señalada, en la que recibió la ayuda del responsable de la Alfarería Taruso, Vicente Murciego, tuvo una dedicatoria especial para quien le enseñó todo lo que sabe de su oficio.

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